Jueves, 20 de junio de 2019

La razón de la sinrazón

22/abril/viernes

Violeta se adelanta a mañana, Día del Libro, y me regala una obra muy original de Josep Pla, el gran escritor ampurdanés: “Lo que hemos comido”. Se trata de literatura de la buena sobre el mundo culinario de los dos tercios del siglo XX. Me encanta. Creo que si seguimos el rastro de la alimentación nos encontramos con la historia más precisa y acertada de la humanidad. Primero la andorga y después ya veremos. El libro, además, tiene un prólogo de uno de mis escritores preferidos, Manuel Vázquez Montalbán, catalán de Barcelona, de orígenes gallegos. En su prólogo, el creador de Pepe Carvalho dice que “Pla creó escuela de teóricos del comer, influyendo poderosamente sobre la pedagogía culinaria de Néstor Luján, Juan Perucho o Xavier Domingo”, escritores todos a los que leí en su día en Barcelona, en mis tiempos de estudiante de la Universidad Autónoma, entre 1972 y 1977. Esa lista después se amplió, y en ella estuvo el leonés Máximo Fernández, con el que trabajé en Radio Peninsular de Barcelona, después Radio Nacional de España. Máximo era director, con Luis Bettonica, de un programa de gastronomía y cocina llamado El Pipiripao”, que en castellano limpio significa convite espléndido y magnífico.   

    En esa época a quien leía más intensamente era a Vázquez Montalbán, cuyas novelas eran un homenaje a la intriga, al misterio, a la crítica política y a la gastronomía: “Yo maté a Kennedy”,“La soledad del manager”, “Los pájaros de Bangkok”, “Galíndez”, “Los mares del sur”, “Asesinato en el comité central”...Pero Vázquez Montalbán era un escritor polifacético y renacentista y sus escritos sobre la comunicación eran de lectura obligatoria, sobre todo su libro “Informe sobre la información”, un vademecum para el estudio del periodismo que escribió durante sus tres años en la cárcel de Lérida, donde el metió el Régimen de Franco por sus ideas políticas. A mi este libro me abrió los ojos, y un poco la mente, sobre la mentira que hay detrás del periodismo, falsario y esquelético, que esconde verdades demostrables porque no interesan a los poderes establecidos, maldad a la que se prestan empresarios del sector sin escrúpulos, casi siempre entregado al poder, o al contrapoder por intereses futuros. En estos tiempos del primer tercio del siglo XXI el periodismo sigue padeciendo los mismos dolores,  corregidos y aumentados. Y sin esperanza de arreglo.

    Ya en Valladolid, cuando volví a estas tierras castellanas y leonesas, las mías, pude conocer a Vázquez Montalbán de forma más intensa. Fue en un programa que hicimos en “Canal 29-Televisión Castilla y León”. Yo era el director del canal vallisoletano y responsable de la programación regional, y puse en marcha un espacio que se llamó “Mesa Reservada”. Lo hacíamos en un restaurante y los invitados eran personas de mucha categoría profesional y personal. Además de políticos como Juan Alberto Belloch o Jaime Mayor Oreja, estuvieron Ainoha Arteta, José Luis Dibildos, Antonio Gala, Gustavo Martín Garzo o Manuel Vázquez Montalbán. Una hora intensa de entrevista acompañado de periodistas brillantes como José Luis Guerrero, Julián Ballestero (ahora director de La Gaceta Regional de Salamanca) y Tomás Hoyas.

    Manuel Vázquez Montalbán fue un ejemplo de si mismo: amable, serio y lleno de ironía a la vez, un hombre que miraba la vida desde la emoción y el descreimiento. Siempre se entregó al comunismo democrático, el eurocomunismo de Santiago Carrillo desde el PSUC, siendo un azote en Cataluña de la engreída y “triomfant” burguesía. En su día fustigó, con razón, a Jordi Pujol, a la sazón President de la Generalitat de Catalunya, por que le invitó a comer con tan poca fortuna que lo hizo en un restaurante de medio pelo del Paseo de Gracia, uno de esos lugares de menú de ejecutivo con prisa, lo que disgustó al catalán-gallego: “éste (por Pujol), escribió Vázquez Montalbán, ha pensado que a la gente llana y de la calle no nos gusta comer bien”. Claro, fue un error monumental, porque Montalbán era un fanático del buen comer, de los guisos de siempre, con fundamento, y Pepe Carvalho, y su ayudante Biscuter, lo dejan bien claro en el trabajo culinario que hacen en esta obra - de culto para los amantes de la novela negra - que fue llevada al cine y la televisión. Su libro “Mis almuerzos con gente inquietante” es una delicia gastronómica y política.

    Manuel Vázquez Montalbán murió con 64 años, muy joven, en el aeropuerto de Bangkok. Para todos los que le queríamos y admirábamos fue una triste noticia. Ahora, en este prólogo lo he vuelto a recordar, y disfrutar de su literatura abierta, limpia y cargada de humor. Por eso cuando voy a Barcelona me gusta ir al restaurante “Casa Leopoldo”, en el Raval, por donde le gustaba ir a él y a sus personajes novelescos. En este templo de la cocina catalana, mezcla de mar y montaña, se recuerda en las paredes, a través de dibujos y textos,  con mucho cariño, al ilustre comensal Vázquez Montalbán. Yo procuro frecuentarlo por si se me pega algo de este gran periodista y escritor, también enorme poeta, que obtuvo premios como el Nacional de la Crítica, el Nacional de Narrativa y el Nacional de las Letras, entre otros muchos nacionales y extranjeros.

 

23/abril/sábado 

    Fiesta de Villalar, el día festivo de Castilla y León. La conmemoración de la batalla que en esta localidad de Valladolid libraron las Comunidades con el ejército de Carlos I de España y V de Alemania. La “guerra de las Comunidades” supuso un antes y un después en el devenir de estas tierras. La victoria de Carlos I y sus flamencos fue un golpe que, a la postre, generó un desastre para las gentes de estos pagos de Castilla y León. Se dice que fue una lucha por la libertad, y por eso se celebra, pero hay autores que no están de acuerdo totalmente al considerar que los señores Padilla, Bravo, Maldonado, o el obispo Acuña, no eran pueblo llano, sino señores feudales que peleaban sólo por sus intereses. Los dos conceptos son válidos, pero en muchos aspectos ambos, en el fondo, también coinciden, porque con los matices que se quiera, lo cierto y verdad es que la derrota de los Comuneros, y la posterior ejecución de sus cabecillas, engendró un monstruo aún mayor en Carlos I. Con su madre “encarcelada” en el monasterio de Las Claras de Tordesillas, el de Gante, que es donde había nacido, llenó a Castilla de flamencos sólo preocupados por sus canonjías y cobrar impuestos para pagar las guerras por Europa, además del coste enorme que supuso para España, especialmente para Castilla,  la elevación de Carlos V a los altares del Sacro Imperio Romano Germánico. Fue Emperador, lo logró, después de muchas peleas con Francisco el Rey de Francia, y compra de voluntades, pero a nuestra costa.

    Varios historiadores de prestigio han abordado este tema de tanta trascendencia en el devenir de estas tierras y de toda España, desde el insigne medievalista Julio Valdeón Baruque, ya fallecido, a Josep Pérez, el hispanista francés, o Manuel Fernández Álvarez, que también nos dejó hace algún tiempo. Todas son voces autorizadas, de enormes conocimientos y trabajo de archivo que, partiendo de análisis propios, llegan a conclusiones en muchos aspectos semejantes. Después de leer a todos, aunque nunca lo suficiente, he llegado a la conclusión, particular, nada académica, de que aquella batalla del 23 de abril de 1521 cambió la historia y el devenir de Castilla y León y de España. La cambió negativamente, porque creo, como el poeta del gran libro “Los Comuneros”, Luis López Álvarez, que “desde entonces Castilla no se ha vuelto a levantar”. Carlos V fue un castigo para estas tierras y echó sal sobre ellas. Y a los hechos me remito: la despoblación desde entonces sigue imparable, como el mayor mal que pueda tener cualquier lugar del mundo. Donde la gente no quiere vivir, de donde la gente se va, es que no tiene futuro. La constitución de Castilla y León como comunidad autónoma, ya hace casi 35 años, de poco ha servido: la gente sigue huyendo, buscando otras tierras donde vivir. El paro juvenil supera el 40% y el general está en torno al 20%. Con estos datos lo que me sorprende es que los políticos sigan “predicando”, y diciendo “boludeces”, en expresión argentina. Un propio ha llegado a argumentar que “no importa la cantidad de personas que vivamos en Castilla y León, que de lo que se trata es de que vivamos bien”. Y otro, de más rango aún, ha asegurado que “la Autonomía ha dejado una mejor Comunidad para los jóvenes”. ¿ En qué cosas?, porque esa es la cuestión. ¡Es increíble! Nos vemos obligados a aguantar no sólo políticas nefastas, si no también escuchar explicaciones sin fundamento.

     Allá por 1984, y años posteriores, fui un asiduo de Villalar, de acudir a su campa, a la fiesta, cuando el presidente de la Junta, el socialista Demetrio Madrid se desgañitaba diciendo “Castilla y León por su liberación” y “Castilla entera se siente comunera”. Era una traca simpática, propia de un adolescente político que tenía visiones. Pero tiempo después yo sólo encuentro pájaros negros, muy propios de nuestros campos: cuervos, muchos cuervos, y urracas, muy negras, con un dulce de falso blanco. Admiro a los que siguen creyendo en los Reyes Magos. Soy ahora un decepcionado de tal calibre que sólo veo en esta Autonomía una estructura para políticos y funcionarios. Lo dicen las estadísticas: uno de cada cuatro personas es funcionario. Y más de la mayoría de los jóvenes de esta tierra tienen por objetivo ser burócratas de sueldo fijo. Creo que lo llevamos en la sangre.

   Castilla y León, como prácticamente toda España, tiene muchas cosas de primera categoría, como las comunicaciones, por ejemplo, pero falta un proyecto, se necesita otro tipo de líderes (los actuales no sé ni como se llaman) y como pueblo está claro que debe imponerse otro enfoque. Siempre me encantaron los versos finales de “Los Comuneros”: “si los pinares ardieron/ aún nos queda el encinar”. Pero ahora ya ni eso. He perdido toda esperanza. ¡Qué se le va a hacer!

   Y escribo esto cuando los campos están que se salen, rebosantes de verde, trigo y cebada, de cereal, cuando se vislumbra un gran año, una cosecha importante para alegría de los agricultores porque la lluvia ha sido generosa. Pero el problema, como siempre, es que si la senara es grande, los precios bajarán, y las explotaciones agrarias seguirán sufriendo las embestidas de la competencia francesa, implacable, o de otros mercados, donde las tierras producen mucho más. Seguimos sin claros en el cielo entre tanto nubarrón, lo que sólo puede arreglar la Unión Europea. Pero en Bruselas hay tanto interés, y tal batiburrillo de nacionalismos egocéntricos, que no será fácil ver la luz. Total: que estas tierras avanzarán hacia páramos hirsutos, solitarios y decadentes. A pesar de la luz que siempre supone para Castilla y León su primavera. No es que sea pesimista, es que los hechos son contumaces y testarudos.

   Hoy es Sant Jordi, santo que la cristiana Cataluña  importó de la actual Turquía. O sea, tienen un santo “xarnego”, porque se mezcló en espíritu con los catalanes. Un éxito, sin duda, a pesar de ser una palabra despectiva. Juan Manuel Serrat, y tantos otros, son “xarnegos” también. Afortunadamente, que la sangre pura es cuestión de tiempos del Santo Oficio. Lo que yo le pido ahora a Sant Jordi es que en lugar de doblegar dragones sacuda con su espada a los corruptos que por ahí tanto pululan. Y que cuando acabe con los de Cataluña, si tiene tiempo, que se pasee también por Madrid, Valencia, Sevilla y otros lugares de esta España ladrona. Y que no dude en cortarles la cabeza; virtualmente, claro.

     Viví diez años, desde 1972 a 1982, en Barcelona. Años maravillosos, por la ilusión, por la juventud y porque aquella era una Barcelona emocionante, de amistades y amores, de libros y de rosas. Siempre recuerdo este día alegre, luminoso, culto, amable. Sobre todo durante unos años en los que iba al Mercado de las Flores a comprar rosas, muchos ramos de rosas. ¿Para qué? Para venderlas desde un despacho como cualquier otro producto. Un amigo mío, Manuel Matellán Galende, periodista y abogado, natural de Faramontanos de Tábara, en Zamora, era – y es- una persona entrañable, y muy lista, que veía negocios en todo lo que tocaba. Un buen día se le ocurrió vender rosas desde un despacho en Puerta del Ángel, céntrico y mítico lugar de Barcelona, junto a la Plaza Cataluña y Las Ramblas. Ponía anuncios en el diario “La Vanguardia” con un escueto “1000 pesetas en horas libres”. Y la dirección. Acudía la gente en masa, hasta formarse colas. Yo les explicaba en que consistía el “chollo”. Nada fácil. Había gente que se marchaba a media explicación. Era ir por las calles, y de puerta en puerta, a vender rosas. A tanto por ciento. Muchos decían que sí, y ganaban las mil pesetas de señuelo, e incluso más. Otros volvían al poco tiempo convencidos de su incapacidad para la venta. Y  unos terceros se perdían para siempre entre el gentío; posiblemente regalaban las rosas. O si las vendían se quedaban con todo el dinero y si te he visto no me acuerdo. Aunque parezca mentira, las rosas las teníamos en una dependencia del despacho a oscuras, en baldes con agua. Desde allí se las llevaban los entregados trabajadores, que en aquella época querían ingresar unas pesetillas para seguir tirando. Le cogimos tanta afición que no dudábamos en pedirles a las novias, amigas, amigos y conocidos que probaran, que nos hicieran caja. Y como hay personas tan buenas, algunas lo hicieron. Aún siento dolor de conciencia.

             En este 23 de abril no hay medio de comunicación e información que no dé cuenta del 400 aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, vecino que fue de Valladolid, lugar donde escribió “El coloquio de los perros” y, posiblemente, no es seguro, pero parece ser, que empezó a escribir la primera parte del “Quijote”. Todos los homenajes que se hagan a Cervantes me parecen poco. Su obra, el bien que nos dejó en herencia, jamás se lo pagaremos. Y menos sabiendo, como sabemos, que en vida las pasó canutas. 

    Hace unos años la Fundación Instituto Castellano Leonés de la Lengua hizo una lectura actual, capítulo por capítulo, del Quijote. Escritores de renombre, personas de amplia cultura y conocimientos, novelistas, jóvenes y mayores, académicos, profesores y ensayistas, entre otros, analizaron la gran obra de Cervantes. Entre esas personas estuvimos algunos periodistas. A mi me pidieron que cómo veía yo, a la luz de hoy, el capítulo LI. Y así lo hice. El libro se tituló “La razón de la sinrazón que a la razón se hace”, del comienzo del Quijote, y yo titulé mi capítulo “Si don Quijote levantara la cabeza…”. En un día como hoy, en esta fecha especial, recupero algunos párrafos que escribí, que, mal que bien, fueron publicados en un libro de magnífica edición. Y digo: “si don Quijote levantara la cabeza y se viera de pronto en estos tiempos y en estos años creería que había sido de nuevo sometido a encantamiento. Descubriría que las distancias entre ciudades, pueblos y aldeas, además de no medirse por leguas, son diferentes, mucho más cortas, consecuencia del progreso de 400 años. Ahora don Quijote subiría a Rocinante a un remolque, elevado sobre cuatro ruedas de goma, tirado por un coche todo terreno, y lo llevaría los fines de semana a cazar a cualquier lugar de La Mancha liebres y perdices, junto con algún banquero aficionado a la escopeta. Don Quijote no estaría ahora loco de amores imposibles e inciertos, de Dulcineas idealizadas, sino que sufriría las consecuencias de vivir en el estrés de estos tiempos posteriores a los suyos. Como consecuencia de eso don Quijote tendría altas dosis de colesterol del malo, le acosarían los triglicéridos en la sangre y le sería harto difícil mantener su esbelta y esquelética figura ante las viandas que existen en estos tiempos de abundancia. Sancho Panza ahora sería inmensamente feliz…

  Don Quijote es hoy un personaje que se necesita tanto como entonces, o más que nunca. Su idealismo, su obsesión incansable por la justicia, su épica romántica, su sentido de la generosidad o la honradez son valores eternos e imprescindibles. En este capítulo Cervantes habla de un labrador honrado, advirtiendo que esa circunstancia es casi imposible. El concepto sigue igual de vigente hoy en día, por cuanto la riqueza pocas veces se consigue desde la honradez; la condición humana es la que hace que entonces y ahora las cosas no cambien.

  Termino diciendo – y digo -: En definitiva, un capítulo como la vida misma, de entonces y de ahora. Donde se cuenta un cuento en el que caben las cuitas del amor, el sentir de los hombres y las mujeres, las flaquezas humanas, los ricos y los pobres, la concepción de la vida y la óptica con la que cada cual ve y piensa. La vida tal cual, antes y ahora.” 

 

       28/abril/jueves

     Día entre nubes y claros, fresco a ratos, cuando se esconde el sol y salta el agua del cielo. Paseo con Rumbo y me lleno de aire, de bocanadas de campo. Admiro estos días de verdor, de esplendor. Los colores empiezan a matizarse. Ya se vislumbran los amarillos relucientes, incluso hay pequeñas amapolas que luchan desde el suelo por darse a la luz. Brotan los cardos marianos, que no tardando llenarán las cunetas y ribanzones de morados silvestres.

     Pienso en lo que me ha dicho un lector de este “picoteo”: que quiere conocer más mi opinión sobre lo que escribo, que soy muy descriptivo, que me implique más. No me importa, pero creo que es fácil tener opinión, pero ¿ y el criterio? Todas las opiniones valen, pero deben estar asentadas, creo yo, en criterios razonados, argumentados…; todo el mundo opina, pero ¿ opina con criterio o lo hace al tuntún? ¿ Me dedico yo a impartir doctrina de lo que no sé? Bueno, lo intentaré, pero poca agua sale de un pozo seco.