Sábado, 31 de octubre de 2020

La hostelería de antes

Con el cierre del Hotel Monterrey se cierra, una vez más, otra parte de la historia de Salamanca. Y no me refiero a la historia que ocupa páginas en libros, sino a la que viven día a día los salmantinos y que, de una forma u otra, ha tenido alguna o mucha influencia en sus vidas.

[Img #569182]Conocí el Hotel Monterrey hace más de cuarenta años, sin saber yo entonces que el destino tenía para mí reservado un trocito de él.

A lo largo de estas cuatro décadas, y dejando para mi intimidad las vivencias personales disfrutadas y sufridas, he ido observando el gran cambio que se ha producido en la hostelería, en unos casos para beneficiarla y en otros para perjudicarla, y me voy a referir unicamente al sector de nuestra ciudad.

En aquel entonces, en los hoteles de cuatro estrellas, máxima categoría que aquí existía, había portero, mozos de equipajes y botones. Recuerdo con gran cariño a Enrique, el portero de casi siempre, con su uniforme gris de levita, galones dorados y gorra de plato, siempre sonriente, conocedor de mil y un secretos y otras tantas anécdotas, con ese abrir de puerta al que solo él sabía darle un toque de majestuosidad.

Pepe el mozo de equipajes, uniformado de azul, sencillo y humilde en demasía en su gran corpachón, que inspiraba deseos de llenarle de besos la frente.

Los botones eran otra cosa, vivarachos, espabilados, pero siempre respetuosos, con chaquetilla blanca, comodines para todo y receptores de jugosas propinas que se ganaban a golpe de rapidez y simpatía.

Pesadas lámparas, alfombras de lana, adamascados, muebles de maderas nobles o casi, vajillas de Limoges, cuberterías de plata...

Hoy en los hoteles de cuatro estrellas el equipaje lo carga el cliente, los recados también y la puerta como mucho favor, la ponen giratoria. Impera la funcionalidad en el mobiliario y decoración y dominan los buffets sobre el servicio de mesa.

La proliferación de hoteles en nuestra ciudad ha llevado a una lucha desenfrenada por la captación de clientela en una desbordada competencia, que ha traído como consecuencia la bajada de precios a mínimos, con la consiguiente mengua de la calidad y del servicio.

Se reduce el personal, la ceremonia de recepción del cliente se enfría en ordenadores rápidos e impersonales, se multiplican las ofertas, sucumbe la personalización de la demanda y se pierde, en fin, aquel discreto encanto de la hostelería de pro.

Con el cierre hace unos años del Gran Hotel, y ahora el del Monterrey, se cierra la época dorada de la hostelería de Salamanca.

De lo que queda, sírvase usted mismo.