Lunes, 3 de agosto de 2020

Donde reside la fuerza

Marcelo Martín, conocido como "Chichi Martín", subcampeón de Salamanca de boxeo, y subcampeón de España en halterofilia (GALERÍA DE FOTOS)

De todos los barrios salmantinos, es el de La Vega de los que más me enganchan. Fue en la plaza de corridos soportales y con remembranzas rurales de este asentamiento, donde no hace mucho supe de Marcelo. Tiene 73 años, vive en este singular barrio, y aun sin saltar ágilmente a la comba como cuando lo conocí, tiene un aspecto de  ágil y bonachona fuerza empacada.

Nació, sin embargo, junto a la Plaza de San Cristóbal, y  tiene ya deshojadas las muchas hojas de su calendario laboral como carnicero. Así que lo de su aspecto formidable enseguida lo atribuí al trasiego de las canales por los mataderos, a la carnívora alimentación, o a similar conjetura adelantada. Pero no – dijo, como si hubiese leído mi erróneo apunte, otro vecino vegadiano, en el bar donde entreteníamos un par de chatos de vino-, sino al motivo de que “Chichi” había sido boxeador, campeón de Salamanca de los plumas, y subcampeón de España con lo de la fuerza. Esto, me dije,  va a merecer otra ronda, y metidos en ella, y en las siguientes, fui conociendo la historia de Marcelo Martín Diez (Diez, como la decena, me repetía cada vez que yo me empeñaba en desapellidarle en mis notas como Díaz, o Díez), conocido en las actas deportivas y por muchos salmantinos como “Chichi Martín”.

La cosa empezó en sus años mozos de los cincuenta,  cuando le dio por costearse macuto, rudimentaria equipación y zapatillas, y después de su jornada, acudir a hacer pesas al gimnasio del antiguo Botánico, o bajar a las intemperies invernales del Tormes en la Aldehuela, o quedar para unos asaltos en la fábrica de hielo y gaseosas “Salomé” emplazada en la hoy Avenida de los Reyes de España, y terrenos donde hace siglos estuviera la primera catedral de Salamanca: la de Santa María La Blanca. Chichi había empezado  en eso que nuestro  contertulio llamó “La fuerza”, es decir: la Halterofilia. Aún recuerda con cariño a sus compañeros de aquellas sesiones de esfuerzos y gloriosos días de competición. Saca una vieja foto de su cartera en donde aparece junto a 6 de ellos. Me la muestra,  pone su dedo sobre el primer retratado, el que sujeta la copa cuyos laureles no recuerda, se silencia…, me parece que su mirada se agacha, se flexiona,  como si necesitara ponerse en cuclillas para levantar las pesas de su plomizo olvido. Le cuesta unos instantes, pero alza al fin la memoria como en dos tiempos, y allí eleva y mantiene en su voz los nombres de cada uno de ellos. Tan solo con José Luis Parro (el de la perilla, me apunta) mantiene relación merced a la anual tarjeta de Navidad. José Luis era el maestro de aquel grupo que se entrenaba sin directrices ni ciencias, de manera intuitiva pienso, y me los imagino haciendo sus ejercicios forzudos despreocupados, fieros y gozosos como  muchachos que se bañan en un río rompiendo el hielo. Hoy Parro es el preparador nacional de esta modalidad deportiva y vive en Zarautz.

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Luego, continúa Chichi, empezó en el boxeo.  Aquello era ya el año 1963 y en Salamanca se vivía una fiebre de más de 200 licencias de púgiles: lo nunca visto. De similar manera acontecía por España, donde los combates en plazas de toros, barrosos campos de fútbol, en el madrileño  Campo del Gas, o el Circo Price de Barcelona, hacían furor. Aquí ocurría de igual manera en el viejo pabellón  abierto de la Alamedilla, o en cualquier otro lugar donde se organizara una velada sabatina de nobles puños. Nada llenaba tanto las gradas, ni siquiera el fútbol, acaso porque las glorias de la Unión Deportiva Salamanca, que jugaba en el campo de “El Calvario”, aún andaban muy raquíticas.

Era aquel el año en que España volvía a tener a otro  campeón de Europa después de que Fred Galiana consiguiera en 1955 el de la categoría de peso ligero. Esta vez era el del peso gallo logrado por el melillés Mimoun Ben Alí; y también en el que  se le escapó el campeonato europeo de los pesos medios a  Luis Folledo: un púgil con vocación de torero que lo perdió con el húngaro Laszlo Papp. En Estados Unidos, mientras,  un joven de 21 años llamado Classius Clay saltaba a las cuerdas  como un ciclón, y se entretenía en provocar nada menos que a Sonny Liston. Y todo esto, me comenta Chichi, lo veíamos en el Nodo, en las revistas, lo oíamos en la radio, en la parpadeante televisión en blanco y negro…,  así que por eso sería que nos dio por aquí por tanto combate, y que saliera para el boxeo gente tan buena en Salamanca como “El Tigre”, Julián García Esteban “La Pantera”, Manuel Artiles, “El Zurdo”, Jesús Antonio “El hijo de Balta”, “El león de Pizarrales”… o tantos más que le niega su memoria en ese asalto, pero por los que sabré merced a un libro que él mismo me presta días después: “Medio siglo de Boxeo salmantino, 1963-2013”, del autor César Hernández Barreña.(Edición de la Diputación de Salamanca, 2014)

[Img #561743]Chichi combatió en el peso pluma, solo 16 veces, obtuvo un subcampeonato provincial, y de sus pugnas ganó 14, una fue nula y otra la perdió contra un púgil portugués. Los expertos hablan de que era boxeador de fuerza y no de técnica ni de agilidad, y debido a su desarrollo muscular, él mismo me comenta, sin asomo de petulancia, que notaba que le duraban poco en el ring. Perteneció a la Selección Nacional de Boxeo cuya sede residía, precisamente, en Salamanca con el nombre de “La Guardia de Franco”. Pero fue en 1965, o sería en el 66…, que dejó el boxeo por un reto que sabía no podía ganar: el ultimátum de su novia, y hoy su mujer María Socorro Martín, cuando le dijo que o las peleas o ella.

Así que Marcelo tiró la toalla, siguió con su buen oficio del suministro de la carne alimenticia, y se centró en la halterofilia, donde llegó a conseguir el subcampeonato de España en la modalidad llamada “Fuerza”. Le pregunto cuándo fue aquello, en dónde, que me dé  algún cómo del hecho insigne…, le pido, pero de nuevo siente que la levantada de los datos de su cabeza le vence.

Un domingo posterior quedamos para que me llevara a su casa a ver sus trofeos y medallas. Llego a la cita y espero media hora. Llamo a su mujer para asegurarme, y me dice que hacía una hora que Marcelo había salido de la casa camino de nuestro encuentro. Pregunto y me dicen que sí, que hacía rato que Chichi había estado por allá y por acá, como paseando avispas. Camino por el barrio, y en la plaza de la Vega  me lo encuentro. Nos vamos a su hogar donde tiene  dispuestos sobre la mesa del salón numerosas copas y cajitas. Conozco a su esposa y me atrapa su encanto, serenidad y la dulzura con que habla al antiguo campeón cuando éste apenas recuerda datos y ella se los ha de aportar contínuamente. Y, sobre todo, cuando cae en la cuenta de que había  equivocado la cita conmigo…Y Marcelo sonríe como un niño pillado en una travesura chica, y nos reconoce que sí: que últimamente siente que muchas cosas se le van de la cabeza.

Y ella le pasa la mano por el hombro, y observo cómo se miran.

Es entonces cuando sé que los brillos de los oros, platas, bronces y diplomas de sus éxitos deportivos que me está mostrando, son insignificantes; como los datos, las fechas, y demás…, pues lo que más aprecia, los de más valor, lo que con la fuerza más olímpica quiere en su interior, es la mirada de su mujer.

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