Sábado, 17 de noviembre de 2018

Lo nuestro es más la lectura que el libro

Un lugar donde pensar de manera transversal, en esta época en la que saberes, las funciones, los espacios, las generaciones, los tiempos de la vida están compartimentados, fragmentados, y donde las artes, por el contrario, franquean cada vez más las fronteras. Un lugar donde apropiarse de las tecnologías punta y las antiguas leyendas, de los escritos, imágenes y músicas de comarcas cercanas o tierras lejanas. Donde hacer lugar tanto a la luz como a la sombra, a las experiencias más íntimas como a los momentos compartidos.  

Michèle Petit

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Acabo de terminar el libro Biblioteca Pública: mientras llega el futuro, un opúsculo (sólo en extensión) del bibliotecario de pueblo Fernando Juárez (así se presentaba cuando lo escuché por primera vez), responsable de la biblioteca de Muskiz (Bizkaia).

Lo de terminar el texto es una forma de hablar, porque no paran de bullirme ideas sobre cómo se podrían desarrollar las potencialidades que admite un espacio como éste, referidas a la lectura en todas sus manifestaciones, y al encuentro más allá de fronteras, si es que la biblioteca alguna vez las tuvo.

El texto, que se dirige a una hipotética bibliotecaria para establecer cercanía en sus propuestas y reflexiones, se apoya en lo que el autor denomina omnicanalidad, palabro que no significa otra cosa que la posibilidad (presente, que no futura) de constituir las relaciones humanas a través de diferentes canales (presenciales o no) en cualquier momento. Y como se da la circunstancia de que la biblioteca tiene una vocación particular de ser el lugar de los vínculos, en palabras de Petit, y es un lugar agradable donde el intercambio es posible, según nos confirma, y algunos damos fe de ello, Violaine Kanmacher, sería (es) uno de los lugares idóneos para llevarla a cabo.

Se me viene ahora a la cabeza la conversación que en su día mantuve con una responsable cultural de la embajada de un país de ese norte de Europa que, dicho sea de paso, creo que nos obsesionan en exceso; me refiero, claro está, a esa suerte de mantra que algunos no se quitan de la boca respecto a las bondades de aquellos lugares.

Pero volvamos a la amigable charla con la europea norteña; hablábamos de bibliotecas, y en un momento de la conversación me confesó que las escaleras mecánicas de un gran almacén de Madrid  le hacían recordar las bibliotecas de su ciudad. Yo pensé inmediatamente (igual que usted ahora) en cómo serían las dimensiones y la modernidad de aquel lugar. Pero, pasado un cierto  tiempo, me di cuenta de que lo más sorprendente de su  comentario era el hecho de que en una situación tan trivial y cotidiana como es la de una compra cualquiera se acordara de... ¡la biblioteca!

¿Cuál sería la razón, el motivo de esa añoranza? Una posible respuesta podría ser su vinculación con [Img #560499]aquel espacio, fruto posiblemente de la frecuencia en sus visitas para cubrir ciertas necesidades informativas o culturales. O dicho de forma más explícita y hermosa: Muchas bibliotecas se convierten en el espacio donde cruzar los libros y las artes, la literatura y la ciencia, donde vincular lo impreso y lo  digital, generar eventos, pero también recibir de manera permanente nuevas formas de sociabilidad cultural que se desarrollan por todas partes, en  cooperación con otras instituciones y asociaciones. Dicho de otro modo, el lugar público, antes de ser el de las colecciones, como leí a Michèle Petit hace algunas semanas.

Esto es, el lugar público, la plaza pública de la que también habla Juárez, el sitio para el encuentro, inclusive mucho antes de convertirse en el espacio que contiene los materiales, librescos o no, que podemos necesitar en una posible consulta.

Pero se da la circunstancia (parece) de que todas estas herramientas culturales pueden hoy estar también a nuestro alcance sin tener que desplazarnos necesariamente a estos lugares, lo que según algunos harían inoperantes a las bibliotecas.

Es partir de esta afirmación que nuestro bibliotecario de Muskiz  teje su reflexión y propuestas, dándoles un sesgo mayéutico, es decir, preguntándose con el lector (recuerden, la bibliotecaria) sobre la verdadera función y puesta en práctica de este profesional, que trastoca sustancialmente ese lugar común, desconozco si muy extendido, que proclama lo obsoleto de este espacio 'porque todo está en Internet', al igual que antaño cantara Vainica Doble aquello de que todo está en los libros.

Para hacer efectivas sus propuestas, trae al papel una serie de reflexiones que van desde una nueva consideración de los servicios bibliotecarios, adjetivándolos con acierto como una experiencia, y preguntándose para dejarlo claro: ¿prestamos libros o suministramos lecturas? ¿Cuál es la piedra angular de la biblioteca el libro (producto) o la lectura (servicio)?, descubriendo su respuesta en el título este artículo.

Se pregunta también por un nuevo perfil de usuario, que pasaría de ser mero receptor de servicios a colaborador en la construcción del nuevo andamiaje bibliotecario: nuestro concepto de cooperación es bibliocentrista […] llevamos años cooperando y poco tiempo colaborando.

Redimensiona el concepto de usuario: ¿No te parece que referimos a lo presencial  y lo virtual como si fuesen algo completamente diferente sin darnos cuenta de que son las caras complementarias de una misma realidad?, se pregunta Juárez. Y añade: El usuario no es presencial; el usuario no es virtual. El usuario es una persona que debe tener la posibilidad de relacionarse con su biblioteca a conveniencia.

Nos habla de los nuevos profesionales y de sus nuevas competencias: comunicación digital, liderazgo distribuido, gestión de redes y comunidades, competencias colaborativas y aprendizaje continuo...

Lo hace también refiriéndose a lo que denomina nuevo libro (el digital); a la velocidad del cambio en las TIC y cómo poder afrontarla, de la memoria local en la biblioteca y la posibilidad que ofrece para tender puentes entre el usuario y la biblioteca.

Y por último, refiriéndose a algo que me parece fundamental y que impregna el desarrollo de toda la obra que, dicho sea de paso, resultará también muy útil al ciudadano de a pie para descubrir o redescubrir qué es HOY una BIBLIOTECA, afirma: Si la biblioteca quiere personalizar sus servicios necesita ‘sembrar’ conversaciones, propiciar complicidades, captar momentos y reconvertir a la persona que viene a por un libro en un lector que recomienda y fomenta la lectura.

Todas estas reflexiones están atravesadas por las posibilidades que ofrecen esos nuevos servicios (colaboraciones), construidos entre los profesionales y los usuarios mediantes las oportunidades que ofrecen y propician las TIC.

Por cierto y para terminar, no les contado cómo conocí a Fernando; fue a cuenta del ya casi obsoleto correo electrónico. Publicaba un blog desde su biblioteca de pueblo, donde hablaba, entre otras cosas, precisamente de la memoria local. Me interesó mucho lo que contaba, y después de un tiempo de intercambiar mensajes, pudimos ponernos cara. Hoy continuamos interactuando a través de las redes sociales, y de cuando en vez, nos vemos. No sé si con esta anécdota me explico..., mayéuticamente hablando.

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Rafael Muñoz