Lunes, 26 de agosto de 2019

Premios Bravo

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Mira que nunca me ha gustado a mí el asunto de los premios. Supongo que porque jamás me han dado uno y porque apenas me ha tocado elegir como jurado a un par de galardonados. No pierdo la esperanza. De seguir concediéndolos y de que algún día, cuanto menos, me incluyan como nominado.

Lo cierto es que el lunes estuve en la entrega de los premios Bravo. Nada ver con los encastes del campo charro. Se trata de una suerte de fiesta que celebran los obispos de España desde hace 45 años para reconocer el trabajo de periodistas, publicistas, cineastas y comunicadores varios. O algo.

Pues bien, ya estuve el año pasado porque premiaron –muy merecidísimamente, dicho sea de paso y aunque suene al peloteo que es- a mi queridérrimo director Julián del Olmo. Este año no había ningún amigo entre los premiados, aunque sí varios conocidos. No es complicado. En el mundo periodístico de la cosa social y religiosa nos tenemos ubicados casi todos. Tan es así que me animé a ir porque una colega me dijo que ella lo había incluido en su vida a modo de pequeña tradición. Algo así como celebrar el aniversario de boda, ir a la playa en verano o soplar las velas del cumpleaños. Que asistir a los premios Bravo en la madrileña calle Añastro y saludar después a los colegas entre pincho de tortilla y calamar rebozado era todo un ritual que había empezado a disfrutar desde que lo incluyó en su agenda de trabajo. Y oye, que yo me he apuntado. Gracias Elena.

Este año no acudieron dos de los nueve galardonados a recoger su trofeo dorado. Bertín Osborne envió una emisaria de la televisión en la que yo trabajo y el del corresponsal en Londres de ABC lo recogió –sin previo aviso y como preaviso profético- la buena de Laura Daniele. El que más me gustó fue el redentorista Damián Montes. Por lo visto concursó en algo de la tele y le dieron el premio Bravo de música. Al recogerlo se acordó de su abuela y se arrancó en su honor con un Padrenuestro flamenco que me puso la carne del alma de gallina. Muy auténtico y cercano. Casi tanto como el premio al trabajo diocesano que este año recayó en Ávila y que recogió Auxi Rueda dedicándoselo a un compañero fotógrafo recientemente fallecido y a su madre que lo estaría disfrutando desde el cielo.

Y así, entre cocacolas y jamón del bueno, saludamos a unos y otros. Nos dimos besos y abrazos con los amigos, estrechamos la mano de los que aún no lo son y sonreímos con la mueca adecuada a los que no quieren serlo. Todo muy correcto y fraterno.

Por cierto, había unos cuantos salmantinos. No haré listas para no dejarme ninguno. Creo que saludé a todos. Incluso a un zamorano que me pasó un libro de estraperlo y al obispo que de allí fue ordinario antes de pasar por el País Vasco y presidir la Conferencia desde Pucela. “Ya sabéis que sois siempre bienvenidos a esta vuestra casa” se despidió de mí don Ricardo estrechándome la mano. “Muchas gracias. El año que viene regresamos”. Queda dicho que haré lo posible. Aunque ni los demos ni los recibamos.