Viernes, 30 de octubre de 2020

La dictadura de la paternidad: que se parezcan a mí

La familia está llena de paradojas, por una parte es preciso cuidar a las criaturas y al mismo, cuando vayan creciendo los padres deberán cuidarlos, y a la vez, dotarles de la autonomía suficiente para que aprendan a ser responsables por sí mismos.  Las expectativas familiares comienzan desde el primer día de nacimiento: la elección del nombre, la adivinanza sobre los parecidos entre la familia paterna y materna. Identificación que curiosamente se va consolidando, a medida que coinciden los comentarios sobre la fisonomía de la criatura. Pero donde se alcanza la máxima expresión de la influencia familiar, radica en la persistente insistencia de que hijos e hijas sigan la tradición, los gustos, las metas, o los oficios de la genealogía de la familia. John Fitzgerald Kennedy, se educó siguiendo los designios de su padre que, desde el principio, crio a sus hijos con la disciplina propia de quienes deberían ocupar la Casa Blanca.  

El escritor americano Philip Roth, narró la enfermedad de su padre en una novela, en la que recordaba como su profesión había sido motivo de decepción, no era lo que esperaban de él. Paul Auster, aprendió que liberarse de los sueños familiares y asumir los propios conlleva peajes, de ahí el nombre de su novela La invención de la soledad. Simone de Beauvoir convirtió su independencia afectiva en una identidad que contrastaba con la idea de matrimonio de sus padres. Rebeldes o sumisos, así son definidos los hijos que siguen su camino o, por el contrario, aquellos que se pliegan a los deseos de sus padres. Seguro que los ejemplos son numerosos y todos los tenemos en la cabeza. ¿Cuántos chicos y chicas se hacen cargo de un negocio familiar, porque “así ha sido siempre”?. ¿Cuántos estudiantes cursan una carrera universitaria que en realidad han elegido sus padres, bien porque lo estudió su abuelo, o su tío? En suma, porque manda la tradición. Y tratándose del tiempo libre se siguen las mimas reglas; por ejemplo, si los padres escalan, navegan, hacen footing, lo que más les estimula es transmitir sus aficiones a la siguiente generación.

[Img #539600]Ponen un gran entusiasmo en que sus vástagos disfruten tanto, como ellos lo hacen. De tal forma, que si sus hijos se marean en el mar, o sienten vértigo si escalan,  o es una tortura trotar todos los domingos, es seguro que captarán la cara de decepción en sus progenitores, porque nada produce tanta perplejidad como no dar la talla a la hora de cumplir las expectativas familiares. Un esquema afectivo que conocemos muy bien. Por estas razones, el que Fran Rivera toreara una vaquilla con su hija en brazos, es más de lo mismo. Este hecho ha generado críticas, lo que ha servido para que muchos toreros enseñen fotos, donde eran ellos mismos eran los que estaban en brazos de sus padres, en un afán de defender la hazaña. Y lo que todavía nadie se ha planteado es que lo que realmente libra a Fran Rivera, o a cuantos toreros le defienden. Y es que ellos no pertenecen a las familias excluidas, todo lo contrario, están blindados porque provienen de una dinastía taurina. Mientras que para las familias con graves problemas económicos, no caben excusas, y mucho menos se les ocurriría apelar a las tradiciones. Ellos deberán aplicar la sensatez más absoluta, es decir, que en ningún caso se juega con la seguridad de un menor.