Martes, 25 de febrero de 2020

Así que el año echa a andar

Texto e ilustración publicado en el nº 32 de "El Periódico de la Sierra de Salamanca", producción de María Jesús Gutiérrez

Enero me llega con el  olor de las naranjas, con el blanco sideral de la leche, con luz parpadeante, nostálgica, fluorescente de una vieja estación de autobuses.

Esto tiene su porqué, como las insignificantes cosas que parecen  calderilla en los bolsillos, pero que, sin embargo, son las que nos permiten seguir metiendo en la ranura de la máquina de la vida para echar otra partida en este juego que jugamos cada día.

Ocurre que en este inaugural mes, a mí me da por mirar hacia atrás y hacia adelante como aquel bifronte dios Jano - al que debe su nombre- y cuyas mitologías se saben bien las enciclopedias. Así que acostumbro en estas terneces del calendario a volver la vista a mí ayer, al olor de aquellas lustrosas naranjas que había siempre en los  zapatos el día de Reyes. Eran enormes, como quiere ser todo aquello que se rememora, muy jugosas, y con unos gajos tan bien formados que parecían suertes de bancales serranos. Además, puestos a significar datos, venían vestidas como de domingo con aquel cantarín papel de seda. Habían sido de los regalos más preciados, me decían mis mayores, aunque ya no lo eran en mi infancia. No acababa de entender yo que en una tierra tan frutal: de tanta uva rufete, manzanas, peras, melocotones, cerezas, madroños, caquis, ñoquis, ciruelas…, y demás obsequios de los huertos, se le rindiera  por nuestro oeste tanto tributo a esas esferas engreídas del levante.

Por lo demás, el resto de los regalos que dejaban en nuestras albarcas sus majestades, tenían el glamur apocado y utilitario de las berzas: unas carteras escolares, gruesos calcetines de lana, una navaja para los almuerzos campestres, cuadernos, acaso un librito para colorear y, alguna vez, una caja de rotuladores de mucho empaque que habían llegado de Alemania.

En cuanto a mi antojo lácteo para el mes zaguán del año, la cosa viene también de aquellos entonces. Ocurría que cada día del año, metidos en la atardecida, el primero de los hermanos que llegara a la casa fatigado de sus correrías, había de tomar la lechera de aluminio de dos litros e irse de mandado al recaudo de la leche. Y por lo que sigue, ése era casi siempre el que os entretiene con estas letras. Así que tomaba el recipiente, y arremolinando vueltas por su asa, me acercaba hasta el negocio añoso de la señora Maruja, la panadera de Sequeros. Era ella la que siempre me servía, aunque a veces también su esposo,  Manuel. Era entrar en aquel enorme obrador, y yo sentía el beso de tornillo del calor prófugo del horno de barro, y las remembranzas de la combustión de la leña de roble o de las  encinas de las dehesas. Luego, sobre una mesa de tablas enharinadas de años, Maruja iba vertiendo con su cuartillo en mi lechera, mientras yo regoloseaba los bollitos de azúcar que por 5 pesetas bajamos a comprar en los recreos escolares, o sus cocos de piramidal sabor, o sus mantecados, o los roscones recién devorados, o, cómo no, sus perrunillas enjoyadas con una almendra perlada que ya la quisieran para sí muchas coronas reales. Para mí, con el tiempo, esto de ir por la leche, se convirtió en acto de guardar, pues a menudo me caía algún dulce. Cada día, el momento que más me agradaba era cuando cumplida la cantidad, la buena señora me miraba, me dedicaba una sonrisa crecida; como de miga de magdalena, metía de nuevo el cacillo en la gran caldereta vacuna de cinc, y  vertía en mi lechera un poquito más de leche; eso que se decía “la chorrada”.

Una de aquellas noches, cuando nos despedíamos en su puerta, ambos mirábamos la gran luna llena que, como una gran masa para hornear en nuestros ojos, fermentaba en la oscuridad. La señora Maruja hubo de advertirlo en mi cara no menos blanca, y me dijo: “No sabes que la luna de enero es la más vistosa del año, y sus estrellas, cuando ésta se apaga, de las que más guiñan sus ojos, y son días en que si sabes pedir con corazón, siempre te conceden tu deseo”. Y nada respondí, recuerdo, pero acaso pensaría que hombre, en mis años de chiquillería, no me entretenía yo en esas observaciones. Claro que…, sus palabras me calaron hasta hoy, y será porque si venían de ella, mujer a la que yo tenía como gran sacerdotisa; la sabia de mullidas manos, la que en ese templo que me parecía su tahona nos obraba la homilía diaria de su  pan, y la más festiva de los hornazos dulces o amarillos por los abriles cuaresmales, y nos asaba un tostón o un cabrito cuando teníamos visita o celebración, pues…

Es también en este primer apeadero del año cuando el b¡fronte dios que ya conoces, gira su cabeza y mira hacia adelante: hacia el mañana que quiere ser cada hoy. Y me veo siempre en el silencio de una cocina, entre el rumor sordo de las ollas, de las cacerolas dormidas, de las sartenes que escondían su culo corrupto de tantos guisos, y bajo la llovizna de una bombilla de 60 donde ovilla la escasa luz una polilla. Siempre me llega también enero con pensamientos viajeros, como me llegó tantas veces en mi juventud apenas el año echaba a andar,  cuando después de la visita navideña había de partir a alguna parte: Oviedo, Salamanca,  Principado de Andorra, Burgos cuando el Servicio Militar, Segovia…, o esa provincia donde uno siempre es extranjero y que es otra forma de ser uno mismo.

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Sí, enero significaba partida,  peregrinación a algún lugar donde ganarse las legumbres. Era entrar en una  madrugada de farolas legañosas en la que te sentías como en camisa que  queda chica, como  en zapatos que muerden con su apriete. Así era para mí, y para tantos, acaso por esa recurrente vocación migrante que parece tener el serrano. Cuántas veces, rota la  maldormida de la última noche, alguien  se ha sentado en un escaño de tabla dura a esperar sobre la mesa pobre, pero solícita, que le sirvan el café con leche y achicoria, y unas rebanadas de pan frito en manteca. Mientras, se oye al fondo la voz oracular de una mujer –una abuela, una madre, una hermana, una esposa- que trajina apresurada por las alcobas, rematando la maleta y comentando que  había remendado el último pantalón y puesto coderas a la chaqueta el día anterior, zurciendo -dice con orgullo que se advierte y sabe a agua de caño- hasta las tantas. Pero el viajero solo atiende al crepitar de los sarmientos de la lumbre incipiente y sufre porque el fuego ya no será para él. Y escucha por las huídas del silencio el motor del viejo frigorífico como buscando latidos al corazón del instante que se le está muriendo en el quirófano de la hora que le trastierra otra vez.

Recuerdo cuando subíamos la calle en aquella hora de éxodo hasta la parada poco antes de que el coche de línea llegara desde Villanueva del Conde, lento, tozudo y mecánico como un cangrejo de río, pero que aún  no sé por qué en mi memoria va liviano y feroz como bólido.

Es ya la hora: el monstruo de grandes fauces ha llegado.

Mi madre saca de su pañuelo un billete azul Zuloaga tan bien dobladito que tardaré meses en canjearlo aun cuando lo necesite. Sueltas tu macuto en el buche de la bestia, y en un descuido, ella mete una castaña en tu chaquetón. “Que trae suerte..., ¡mi prenda!”, dice con cara helada de medalla de acero. “¡Ande madre, quite, quite…, que yo no soy de estas chorradas…!”, pero comienzas a cuajarte como una quesada, y para disimular sonríes con el poco lustre de una baratija, o acaso porque te acuerdas de lo que ella te contó: de aquellas dos hermanas de La Alberca que mercadeaban lugares anunciando: “¡Las mejores castañas de la Sierra de Francia: la mía…, y la de mi hermana…!”

Ahora, en una cocina urbana, de nuevo 7 de enero. Lamento que estos silenciosos frigoríficos de última generación no le pongan el pálpito que requiero a la madrugada, y que mi silla esté demasiado acolchada, y que la  cafetera de cápsulas haga tan buen café, y que falte la consagración de un fuego de chimenea, y que el pensamiento se me llene con las cenizas del ayer. Aprieto, si embargo, en mi mano una castaña, miro por la ventana un cielo sin luna, pero se la pongo bien llena, la más grande del año ha de ser, oronda y cumplida como una buena naranja, y luego saboreo su luz cítrica y vitamínica que hará -me dijeron una vez-  fructificar los sueños que quedan por soñar.

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