Jueves, 22 de agosto de 2019

La realidad no basta para producir lo verdadero*

 

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Fotograma de Una Jornada particular

Siempre le faltará algo a quien no haya conocido el escalofrío sagrado que acompañaba al oscurecimiento de la sala y la iluminación progresiva de la pantalla, donde unas figuras sobrehumanas por su tamaño y por su notoriedad empezaban a llevar su grandiosa vida. Abrumados por tanta majestad, los espectadores quedan sumidos en una noche que se parece mucho a la nada.

Michel Tournier

(*) Robert Bresson, director de cine

No para de morir gente, me escribía una persona muy cercana refiriéndose a la reciente desaparición del escritor Michel Tournier y del director de cine Ettore Scola. Se puede pensar que la frase muestra lo obvio, porque cierto es que todos los días se va gente de nuestro lado y de más allá. Pero si nos detenemos unos segundos en ello, caeremos en la cuenta de lo que nos estamos diciendo, como si de una salmodia se tratara, es que van desapareciendo nuestras referencias, nuestros anclajes en el mundo, al igual que para los que vivimos en esta ciudad, el cierre de una conocida librería donde nos procurábamos los libros del francés, o las salas de cine donde descubrimos las películas del italiano, nos produce la sensación a todas luces real de que el suelo se mueve bajo nuestros pies.

Curiosamente, en el mismo intervalo de tiempo en que me llegaba el whatsApp de marras (de nuevo el azar me muestra su cara), yo me encontraba viendo en DVD la última película del director de la grandísima Una jornada particular que, dicho sea, unas palabras suyas leídas en estos días de pérdida, donde afirmaba que el pesimismo es mucho más progresista que el optimismo, encierra más fe en el futuro, me parecen un acertado resumen de lo que nos ofrece esta cinta imprescindible.

Pero volviendo a la película de la que les hablo, dirigida cuando contaba ya con 82 años y titulada Qué extraño llamarse Federico, en ella nos acerca, en forma de biopic personalísimo, su estrecha relación con Fellini. El film comienza contándonos sus primeros pasos en Roma como dibujante y guionista en una revista satírica, pero fundamentalmente es el relato de su amistad con el autor de La Strada, que vamos conociendo a través de la mirada cinematográfica sobre el maestro de Rímini.

Se trata de un film donde la palabra está muy presente: es la que cuenta, pero también la que pregunta y cuestiona. Un ejemplo antológico (hay más) es la secuencia en la que paseado una noche con el insomne Fellini, recogen a un pintor de ‘tiza y suelo’, de esos que nos hablan sin pretenderlo, de lo perecedero de ciertas actividades creativas, manteniendo el siguiente y jugoso diálogo sobre cómo se gestan estos procesos de la inventiva humana.

La escena se desarrolla en la madrugada romana; Fellini conduce su Mercedes con Scola al lado, y detrás, intentando aclarar sus ideas a base de lingotazos de Chianti, el pintor se queja de no haber conseguido culminar con precisión su obra. Es entonces Fellini quien le habla, tratando de apaciguar su desazón:

—Pero el desorden las ideas también ayuda. La certeza de las cosas mata la inspiración. La creatividad no tiene sus reglas.

—Sí, la creatividad es una forma de enfermedad. No es que uno pueda pensar en tener la gripe, te viene en un cierto momento. Es una cuestión de suerte.

—En el momento en que hago mi trabajo. El momento en que me convierto en cineasta, me posee un inquilino oscuro, que dirige en mi lugar. Y yo dejo a su disposición solamente mi voz, mi sentido de la artesanía, mis tentativas de seducción, o de plagio, o de autoridad.

Pero el pintor de lo popular y efímero sigue acosado por la queja mientras se mira las manos sin comprender qué le pasa, mientras le escuchamos decir:

—A mí también me posee un habitante, pero no me convence. Esta noche, por ejemplo, no sabía ni cómo sostener la tiza…

Me gusta pensar, posiblemente de forma equivocada, que la devoción de Scola por Fellini pudiera deberse a que este último pensaba a menudo con las imágenes, mientras que el primero lo hacía sobre todo a través de los textos, de la escritura.

Esto es lo que curiosamente los vincula (a los dos) con Tournier, además de la cercanía en su muerte. Sabemos que el francés es un escritor muy relacionado con la filosofía: en muchos de sus libros, quizá en los más [Img #535343]conocidos, reflexiona con el lector sobre los grandes asuntos, los grandes temas. Tal es el caso de su conocida novela Viernes o los limbos del Pacífico, donde reescribe (no ha sido el único) el famoso libro de Defoe y reflexiona desesperanzando sobre el ser humano en  muchas de sus facetas: Robinson Crusoe, eres tú, soy yo, es todo el mundo. [...] Cada uno se siente en una isla desierta.

Y no contento con ello, vuelve a reescribir la novela de forma más desnuda y depurada, quizá pensando en hacer llegar su texto a un público más amplio, tal vez teniendo presente a los más jóvenes: el autor galo, como también se evidencia en algunas de sus obras, siempre se ha sentido muy vinculado con este mundo.

Pero hasta el momento hemos hablamos de su relación con las palabras, y conviene recordar que el escritor galo también la tiene con las imágenes, como podemos observar en el texto que inicia este artículo, y de forma muy especial con la fotografía. Cabe decir que tiene publicados algunos libros sobre esta materia, y en muchos otros reflexiona sobre el doble y la relación especular, que tanto tienen que ver con el mundo de la instantaneidad fotográfica.

Tournier es también un apasionado de los mitos, que resultan ser el sustrato de muchas de sus obras. Su trabajo consiste en manipularlos creativamente hasta conseguir un nuevo texto que contiene una mirada nueva y original. Un ejemplo claro es su Robinsón, pero no es el único. Ese enfoque nuevo, distinto y rompedor, tiene que mucho que ver con esa otra pasión ya mencionada, la de la fotografía. De ella dice que si le interesa es por lo que tiene de re-creación. No es baladí precisar en este momento que fijar la mirada supone comenzar a ver lo que no nos ha sido en un principio desvelado.

Palabra e imagen se dan también la mano con este autor como en el caso de nuestros dos imperecederos italianos. Para convencerles del todo, ltambién les invitaría a acercarse a su novela La gota de oro, donde estos dos signos de escritura conforman el desarrollo de la historia.

¿Y a dónde nos puede conducir todo esto? En mi caso a pasar el fotograma de FIN, y a compartir con ustedes la certeza de que los únicos realistas son los visionarios, como leí hace unos días en un tuit al escritor Hilario J. Rodríguez, que al mismo tiempo nos ofrecía la posibilidad de enlazar con este sublime corto (8 m) de Scola, que da carta de naturaleza a estos visionarios de la palabra y la imagen:

Rafael Muñoz