Martes, 10 de diciembre de 2019

El río de la vida

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
Jorge Manrique: Coplas por la muerte de su padre.

La mayor parte de su vida había quedado atrás. El río transcurría lento, con aguas apacibles, y allá, no demasiado lejos, en el horizonte, se adivinaba la inmensa llanura del mar. La desembocadura del río de la vida estaba próxima.

[Img #533151]Atrás habían quedado muchos kilómetros por los que había pasado de todo, desde el lejano nacimiento, del que apenas guardaba recuerdos, al transcurso rápido, violento, entre peñascos y corrientes vertiginosas, en las que el pensar era imposible, sólo se podían vivir los escasos segundos que duraba la violenta cascada de la vida. Segundos que parecían eternos, que nunca terminarían. Pero antes de que quisiera darse cuenta, aquello se terminó, se terminó para siempre. Había llegado a un apacible valle, por el que las aguas discurrían serenas. Miró atrás, y vio en la lejanía, aquellas montañas por las que, no hacía tanto tiempo, había atravesado, por las que había descendido por vertiginosos barrancos, serpenteado inmensas rocas, por las que había saltado con una agilidad olvidada, de una a otra, sin pensar, sólo disfrutando del instante. Miró atrás con nostalgia, quiso revivir esos momentos, pero hasta la memoria le fallaba. Los recuerdos se fueron haciendo cada vez más borrosos, más confusos, hasta que terminaron por desparecer del todo.

La corriente de la vida le empujaba sin parar, sin lugar para el más mínimo descanso, nunca le permitió hacer un alto en el camino. Deprisa, deprisa, no te pares, no es posible, sigue, avanza, corre, no te quedes a tras… Todo sucedía a gran velocidad, estaba prohibido pararse a pensar, prohibido echarse a la ribera para contemplar el paisaje. No pienses en el pasado, mira al frente, avanza para alcanzar el siguiente horizonte, que se perderá antes de llegar a él, para dar lugar al siguiente, y a otro….Es imposible recuperar el cauce perdido, no hay posibilidad de que las aguas retrocedan a esos lugares, que ahora sólo habitan en su memoria.

Las aguas le van empujando hacia la desembocadura, sin la más mínima posibilidad de parar su lento pero seguro caminar. Veía como pasaba la vida por sus orillas, como iba quedando atrás todo lo que había amado. Trató de no perderlo, de mantenerlo aunque sólo fuera con la vista, pero poco a poco, se iba alejando, haciéndose cada vez más pequeño, hasta desaparecer de forma definitiva, para siempre.

En ese último tramo del río, cuando las aguas discurren con resignada calma, de repente, sin buscarlo, sin saber cómo pudo suceder

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.

 

La resignación se convirtió en rebeldía, no aceptó continuar con la resignada apacibilidad que exigen los últimos kilómetros de la vida. Puso todas sus fuerzas para que el río remontara su cauce. Al menos que se detuviera, retrasar lo más posible su llegada a la desembocadura. Se le despertaron las ganas de vivir, esas ganas que pensaba habían desaparecido para siempre, pero que estaban ahí, esperando la mano de nieve que supiera arrancarlas de su letargo. Un letargo demasiado largo, que ahora le era imposible sacudirse. El río seguía inexorable hasta su final, hizo esfuerzos titánicos por pararlo, trató de remontar el cauce, pero oleadas y oleadas de agua seguían bajando y le arrastraban hacia el final cierto. Trató de agarrarse a las orillas, clavó sus uñas en los cienos de la profundidad, para que evitar el avance, pero todos los esfuerzos fueron inútiles. Lento, con aparente apacibilidad, el río siguió su indiferente curso. La desembocadura apareció a la vista, ya nada podía hacer. Esa vida, que surgió al final de su vida, nunca la pudo vivir, tuvo que dejarla atrás.

El río, con enorme dolor, volvió por última vez su mirada. Atrás quedaba para siempre su vida. Se adentró en el océano, y se perdió para siempre en su inmensidad.