Domingo, 16 de diciembre de 2018

Peón E-4

[Img #527558]

 

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

reina, torre directa y peón ladino

sobre lo negro y blanco del camino

buscan y libran su batalla armada”

 

(Jorge Luis Borges. Primer cuarteto del segundo soneto de su poema Ajedrez)

 

Es posible que el contenido de esta columna bordee los límites tácitamente pactados para la misma. Quizá debería firmar estas letras un pedagogo, tal vez un filósofo o quizá un artista. Incluso puede que un historiador o, por qué no, un matemático, un psicólogo o un informático. Y es que el ajedrez sobrepasa las fronteras del deporte y se interna en múltiples campos del saber al ser capaz de encerrar en una partida miles de años de historia, diferentes disciplinas y una única realidad totalizadora: la vida.

 

En la preparación del ajedrecista, como indica Miguel Illescas en este programa de Redes, tres aspectos son fundamentales: el físico, el técnico y el psicológico. Por otra parte, parece ser que para ganar en el ajedrez se necesita echar mano de los tres principios clásicos del arte de la guerra: la unidad de mando, la concentración de fuerzas en un punto y en un momento determinado y un deseo inquebrantable de victoria. Asimismo, el buen jugador de ajedrez ha de ser un auténtico estoico demostrando en cada entrenamiento y en cada duelo paciencia, sacrificio, generosidad y capacidad de renovación.

 

Y no solo eso. El buen jugador de ajedrez debe conocerse a sí mismo, dominar no solo el centro del tablero, sino también su propio centro. Conectado en su génesis con el brahmanismo, el ajedrez exige máxima concentración y espiritualidad. Más aún, el ajedrez demanda capacidad de empatía, habilidad para anticiparse a las reacciones del otro, de aquel que se sienta en frente con la capacidad de dibujar infinitos movimientos distintos, tantos que el número total de partidas posibles alcanzaría el doble del número de átomos de que estaría compuesto el universo. Por eso mismo, la toma de decisiones en un corto espacio de tiempo exige no solo de capacidad memorística y de cálculo, sino también de grandes dosis de creatividad.

 

Por todos estos valores implícitos, pero también por su carácter esencialmente democrático –“el ajedrez es como un mar en el que puede beber un mosquito y bañarse un elefante”, reza un proverbio hindú–, el partido socialista elevó una proposición no de ley a la Comisión de Educación y Deporte del Congreso de los Diputados que fue aprobada el pasado mes de febrero y según la cual el sistema educativo español quedó obligado a promocionar e implantar esta actividad siempre bajo el respeto al reparto competencial y la autonomía de los centros.

 

Así, aunque tradicional alegoría de la lucha entre la luz y las tinieblas y pese a haber simbolizado en diferentes épocas históricas distintos desafíos entre el capitalismo y el comunismo (partida entre Fischer y Spassky), entre la apertura y el conservadurismo soviético (Kasparov-Karpov) o entre el hombre y la máquina (Kasparov-Deep Blue); el ajedrez recupera con su implantación en la escuela la idea de que el damero nos hace iguales y de que la única y verdadera lucha es la que libra el hombre contra sí mismo.