Lunes, 14 de octubre de 2019

Se necesitan leyes justas, centradas en la persona humana

El Papa Francisco nos habla en su carta “Hermanos, no esclavos” de la carta de san Pablo a Filemón, en la que le pide que reciba a Onésimo como hermano (Fil, 15-16). Onésimo, esclavo, se convirtió en hermano de Filemón al hacerse cristiano.

[Img #526474]También nos remite la libro del Génesis, donde se nos recuerda que todos tenemos un mismo Padre y formamos una sola fraternidad. Pero, por desgracia, el pecado de la separación de Dios-Padre, y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en “la cultura de la esclavitud”. Por ello, la comunidad cristiana volverá a ser el lugar de la comunión vivida en el amor con Dios y entre los hermanos (cf. Rm 12,10; 1 Ts 4,9; Hb 13,1; 1 P 1,22; 2 P 1,7).

El Papa nos recuerda, en su mensaje, que hoy no existe “legalmente” la esclavitud, pero sí existen múltiples rostros de esclavitud nuevos: tantos trabajadores y trabajadoras, incluso menores, oprimidos; las condiciones de vida de muchos emigrantes; las personas obligadas a ejercer la prostitución, entre las que hay muchos menores, y en los esclavos y esclavas sexuales; los niños y adultos que son víctimas del tráfico y comercialización para la extracción de órganos, para ser reclutados como soldados, para la mendicidad, para actividades ilegales como la producción o venta de drogas, o para formas encubiertas de adopción internacional. El Papa recuerda, finalmente, a todos los secuestrados y encerrados en cautividad por grupos terroristas, puestos a su servicio como combatientes o, sobre todo las niñas y mujeres, como esclavas sexuales. Muchos de ellos desaparecen, otros son vendidos varias veces, torturados, mutilados o asesinados.

El Papa se pregunta cuáles son “algunas de las causas profundas de las esclavitudes de hoy”. Responde que, hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como “un objeto”. Junto a esta causa del rechazo de la humanidad del otro, hay otras: la pobreza, el subdesarrollo y la exclusión, especialmente cuando se combinan con la falta de acceso a la educación o con una realidad caracterizada por las escasas, por no decir inexistentes, oportunidades de trabajo. Hay que incluir también la corrupción de quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para enriquecerse. Y, también, los conflictos armados, la violencia, el crimen y el terrorismo.

El Papa Francisco nos hace una llamada para asumir un “compromiso común en orden a derrotar la esclavitud”: Los Estados deben vigilar para que su legislación nacional en materia de migración, trabajo, adopciones, deslocalización de empresas y comercialización de los productos elaborados mediante la explotación del trabajo, respete la dignidad de la persona. Se necesitan leyes justas, centradas en la persona humana.

Las organizaciones intergubernamentales, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, están llamadas a implementar iniciativas coordinadas para luchar contra las redes transnacionales del crimen organizado que gestionan la trata de personas y el tráfico ilegal de emigrantes.

Las empresas tienen el deber de garantizar a sus empleados condiciones de trabajo dignas y salarios adecuados, pero también han de vigilar para que no se produzcan en las cadenas de distribución formas de servidumbre o trata de personas. A la responsabilidad social de la empresa hay que unir la responsabilidad social del consumidor. Pues cada persona debe ser consciente de que «comprar es siempre un acto moral, además de económico”.

Las organizaciones de la sociedad civil, por su parte, tienen la tarea de sensibilizar y estimular las conciencias acerca de las medidas necesarias para combatir y erradicar la cultura de la esclavitud.

En los últimos años, la Santa Sede, acogiendo el grito de dolor de las víctimas de la trata de personas y la voz de las congregaciones religiosas que las acompañan hacia su liberación, ha multiplicado los llamamientos a la comunidad internacional para que los diversos actores unan sus esfuerzos y cooperen para poner fin a esta plaga. en en los próximos años.

En resumen, el Papa Francisco nos pide “globalizar la fraternidad; y no la esclavitud ni la indiferencia”

Pone como ejemplo la historia de Josefina Bakhita, la santa proveniente de la región de Darfur, en Sudán, secuestrada cuando tenía nueve años por traficantes de esclavos y vendida a dueños feroces. A través de sucesos dolorosos llegó a ser «hija libre de Dios», mediante la fe vivida en la consagración religiosa y en el servicio a los demás, especialmente a los pequeños y débiles. Esta Santa, que vivió entre los siglos XIX y XX, es hoy un testigo ejemplar de esperanza para las numerosas víctimas de la esclavitud y un apoyo en los esfuerzos de todos aquellos que se dedican a luchar contra esta «llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea, una herida en la carne de Cristo”.

El Papa nos invita a cada uno, según su puesto y responsabilidades, a realizar gestos de fraternidad con los que se encuentran en un estado de sometimiento. Aunque debemos reconocer que estamos frente a un fenómeno mundial que sobrepasa las competencias de una sola comunidad o nación. Para derrotarlo, se necesita una movilización de una dimensión comparable a la del mismo fenómeno. Dios nos pedirá cuentas a cada uno de nosotros: “¿Qué has hecho con tu hermano?” (cf. Gn 4,9-10).

Que la Virgen María, ejemplo de “respuesta de prontitud” hacia el hermano, y el Espíritu Santo, con su luz y con su fuerza nos iluminen en la línea de los solicitado por el Papa Francisco.