Lunes, 23 de septiembre de 2019

El día que murió mi madre

29/diciembre/martes

 

   Día apacible, de tranquilidad vacacional. Por todas partes de la ciudad la gente va y viene cargada con bolsas. Regalos que se guardan para el Día de Reyes. Como en El Concreto con Isidro Navas, Jerónimo Rando y Rodrigo Olías. Un carpaccio de atún del que me guardo la receta y una carne gallega fina y jugosa. Reunión de amigos cariñosos y de esos que entendieron hace tiempo la frase de Aritóteles: “hay algunos que se creen que la amistad sólo hace falta quererla, como si para tener salud sólo bastaría con desearla”. O sea, que amigos son aquellos que te ayudan cuando lo necesitas, los que se comprometen, los que te echan una mano, los que no miran para otro lado cuando tienes un problema, los que están pendientes sobre todo de tus  hijos.

     La amistad, su concepto, su esencia, me fascina. He llegado a pensar el escribir un pequeño ensayo. Pero no lo voy a hacer. Ya son muchos los escritores, nacionales y de otros países, que lo han hecho. Y mucho mejor que lo haría yo. Como siempre, son pioneros y certeros los filósofos griegos y latinos, que hablaron mucho de la amistad y los amigos. Amistad, por eso, tiene raíces fáciles y sencillas: procede del latín amicus, que a su vez deriva de amore, amor.

    Una de las frases más certeras sobre la amistad se atribuye a los griegos: “quien tiene un amigo tiene un tesoro”. Algunos textos judíos también la recogieron. Gran verdad. Y des que a lo largo de la historia de la filosofía y la literatura se han prodigado expresiones y sentencias que serían imposible de recopilar en este breve apunte. Algo semejante si recogiéramos todos los pasajes de la Biblia, y muy especialmente de los Evangelios, donde son muchas las parábolas relativas a la amistad. San Juan (15:12-13) dice, por ejemplo, que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

     Por eso hago un homenaje en este “picoteo” a Isidro Navas y Jerónimo Rando, porque siempre se me adelantan en la demostración efectiva de la amistad. No se quedan sólo en decir que te quieren mucho, lo demuestran con hechos: desde un gran abrazo a una suculenta o sibarita comida. Por supuesto, que la amistad mayor es aquella en la que das y no esperas nada a cambio. Pero la realidad diaria de estos  tiempos prosaicos es que son muchos los que te consideran amigo, pero sólo para pedirte favores. Ejercen la picaresca medieval y las consejas de poetas y escritores que salieron mal parados en sus vivencias, como Quevedo, Cervantes, Gracián o Ruiz Alarcón, aunque no los hayan leído.

    Los hay que no dudan en comprometerte para que les pidas para ellos favores a un tercero. Si ese favor no se produce suelen despotricar y hacer consideraciones negativas de la persona en cuestión, además de valorarte a ti muy a la contra. Pero si el favor se le consigue el interesado te da las gracias y una palmadita en la espalda, al tiempo de decirte que eres un gran tipo; pero el que debes el favor eres tu.

    Hace tiempo que me he hecho malo y cuando algún amigo interesado me pregunta que qué tal relación tengo con fulanito o menganito le suelo decir que mala, o que ninguna, porque ya me imagino lo siguiente: que si le puedo pedir algo. En España ya sabemos que sobran las leyes y los reglamentos, y que lo que prima es la relación y el conocimiento de personas con poder, por eso hay mucho listo que sabe moverse por esos recovecos.

     Mi amigo Antonio Valorio dice que ha contribuido a hacer rico a más de uno, debido a sus buenas relaciones puestas al servicio de otros, y que después ni pago ni agradecido. Y que siempre ha tenido la sensación de ser un incauto. Hemos hablado más de una vez del tema, exponiendo cada uno casos concretos, y tengo que decir que si él es un incauto yo no le voy a la zaga. Por eso tener amigos generosos, además de cariñosos, reconforta. Y siento una necesidad enorme de devolverles con creces la amistad entendida como Aristóteles.  

   En un tema para tratar más veces en este dietario, pero creo que para empezar hay que dejar claro que una cosa son los amigos, otra los conocidos y una muy diferente los saludados. Y no equivocarse. Tampoco, para ser justos, debemos olvidar que “aquel que busca un amigo sin errores no tendrá ninguno”, una idea nacida del hasidismo religioso judaico que enlaza perfectamente con el sentido común.   

 

30/diciembre/miércoles

 

   [Img #524958]Me paso el día en la cocina. Necesito hacer una cena elegante a unos amigos de diseño humano. Personas a las que quiero profundamente y con las que me encanta compartir mesa y mantel. Son mis compañeros primigenios del Camino de Santiago. Santiago Nájera, ofició en su día de maestro de ceremonias y Amado Aliste y Ventura Zamora me acogieron con todo el cariño. Ellos ya eran expertos en otras rutas y veredas. En la primera jornada del Camino de Santiago me introdujeron en el espíritu peregrino, y en el sigo entusiasmado. La amistad, la generosidad, el sufrimiento y la alegría, todo junto, en todo momento y en todo lugar. Hasta llegar a Santiago Compostela aún nos quedan varias jornadas que esperamos hacer con la misma ilusión que hemos hecho las otras, desde Saint Jean Pied de Port hasta San Juan de Ortega. Estamos a 26 kilómetros de Burgos y deseamos ponernos de nuevo en ese Camino Francés lleno de magia, patrimonio, cultura y religiosidad. El Camino es un mundo en el mundo. En el caben todos los hombres y mujeres de buena voluntad, piensen lo que piensen, crean lo que crean, busquen en sus pasos lo que busquen. El Camino acoge a todos en un abrazo de hermandad y sentido generoso sin límites. Tanto, que me ha acogido a mi.

   En la cena preparé, entre otros manjares, una “esqueixada de bacallá” que les encantó, un tartar de aguacate y salmón y calamares a lo Berasategui, plato estrella que quieren repetir. Estos calamares en la cazuela no prueban el agua, sólo vino blanco, de Serrada, o manzanilla de Sanlúcar de Barrameda, y eso se nota, claro. Las mujeres de mis amigos estuvieron en la cita, tan propia en estos días  navideños. Blanca Palencia, que unos días antes nos obsequió en su casa con una cena llena de sabores únicos, me pidió las recetas de los platos, y es que nada más bonito en la cocina que intercambiar éxitos. Carolina Zafra tomó nota de condimentos y procesos, y se mostró preocupada por haberle puesto el listón tan alto. Aunque en realidad no tiene problema porque tanto ella como su marido, Amado Aliste, son cocineros expertos en platos extremeños y zamoranos. Marta Moncayo disfrutó también toda la velada que ya anticipaba la Noche Vieja. Echamos en falta a Ventura Zamora, de viaje a Australia, donde vive su hija. Emocionado de descubrir un mundo tan distinto, Ventura no dejó de comparar “las delicias australianas” con la nuestras. Ya estaba deseando volver para reencontrarse con la mejor comida del mundo, que es la española. Hay que viajar para descubrir que somos un desastre en muchas cosas, pero que en otras destacamos. Y mucho, como en la cocina.

   Termino el día como lo empecé. Y como lo continué: recordando que hoy hace 19 años que murió mi madre. Sufrió un infarto el día de Nochebuena de 1996. Ingresada en el Hospital Virgen de la Cocha de Zamora no llegó a aguantar seis días. Falleció a las dos y media de la noche, hablando los dos solos, como si la vida fuera a ser eterna. Me pidió que me fuera al pueblo, a Cañizo, que en la nevera había de todo, para que cenara. Era una mujer de las de entonces, siempre queriendo que comieras, que no te faltara de nada, que no sufrieras los días de rigor y austeridad de la postguerra, siempre como fondo permanente de aquella generación que nació en la segunda década de principios del siglo XX. De pronto me dijo: “creo que esta vez me ha pasado algo diferente a otras veces, creo que esta vez es más grave, creo que esto no tiene solución.” Y de pronto, con tranquilidad, cogidos de la mano, se apagó, murió. Me quedé roto, sin saber que hacer. Tuve una sensación de vacío, de soledad, de tristeza inexplicable. Salí de la habitación y le dije a una enfermera que le comunicara al doctor de turno que mi madre había fallecido. El doctor llegó de inmediato y tras verla me dio el pésame. A partir de ahí nada, la vida, de pronto es nada. Me limité a cogerle el anillo de boda y las cuatro pertenencias, nimias todas, excepto para el recuerdo, y procedí a comunicárselo a mis hermanos y al resto de la familia.

      Murió mi madre a los 80 años, todos dedicados al trabajo, al esfuerzo increíble de aquellos tiempos de escasez, penurias y dolores. Preguerra, Guerra Civil, postguerra, tiempos de franquismo, días de esperanza, democracia, Adolfo Suárez, aquel hombre de UCD que empezó a preocuparse de las pensiones de los olvidados, especialmente aquella gente de pueblo que sufrió la durezas de las represalias en la retaguardia de los pueblos y que nunca recibió un recuerdo de nadie.

   Llegada el alba, me puse a la labor de dar sepultura a mi madre aquel mismo día. Debían pasar veinticuatro horas, obligatorias por ley, pero conseguí que se hiciera el mismo día. A las cinco de la tarde fue el funeral en la iglesia de San Pelayo de Cañizo y a las seis el entierro. Cuando pasé por delante de nuestra casa, la que construyera mi tío abuelo Aniano, la casa de mi abuela Gerarda y mi abuelo Josué, camino de la iglesia, haciendo de guía a la funeraria, lloré como nunca he llorado. Y sentí, con una profundidad impensada, el comprobar cómo tanto esfuerzo, tanto amor puesto en algo, en esa casa como enseña, se evapora en un suspiro, de pronto, en décimas de segundo, porque la muerte es el final. Mi madre odiaba la muerte. Nunca quiso ir de negro, de luto, se negaba a representar la tristeza. Era una persona muy positiva, entusiasta siempre, generosa en exceso, celosa de amor por sus hijos. Yo no quería que muriera en Nochevieja. Tal vez por eso se adelantó un día.

    Hoy, en esta crónica de adelante hacia atrás, de ida y vuelta, quiero resaltar este día que me marcó para siempre. Fallecido mi padre, sin cumplirse el año, la muerte de mi madre me generó la idea de que ya nunca a nadie debía darle explicaciones de nada. Cuando vive el padre o la madre, o los dos, siempre tiene uno la sensación de que hay alguien al que le debes una respuesta de tu quehacer diario, por muy independiente y mayor que seas, y aunque nadie te lo pida.

    Era, en definitiva, el final de una etapa; iniciaba otra, diferente, huérfano, alejado de las querencias maternales, esas clavadas para siempre, esas que se llevan de por vida como una herencia pegada en lo profundo del alma.

 

31/diciembre/jueves  

  

   Día de preparativos, de expectación, días claros, de luz blanca, dedicados a la noche, a los fuegos artificiales, a los cohetes, a las doce uvas. Nochevieja: final de una etapa, frontera virtual de un tiempo, paisaje de imágenes dejados atrás, final de un camino. Cumpleaños de mi amigo Alfredo Benavente, periodista que sigue creyendo en un oficio que hoy más que nunca está volcado a la farándula, e incluso a algo peor, al cinismo. ¿Por qué dijo Kapuscinski que los cínicos no servían para este oficio? O se equivocó o esto de ahora no es periodismo. Aunque bien pensado tal vez este periodismo sea el mejor para retratar el desmadre catalán - sin gobierno y sin norte, abocado a nuevas elecciones - o la locura española, donde todo puede empeorar, que ya es difícil. Mas, la CUP, Rajoy, Sánchez, Ciudadanos...¿quién da más? Diversión tendremos, eso sí, ¿ pero a qué precio?

    Feliz Nochevieja, adiós 2015. Se acabó.