Domingo, 25 de octubre de 2020

El estruendo de los cierres

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Venía yo de Zamora, por aquel entonces ciudad pequeña y más bien anodina, y traía en mi cabeza todo lo que de Salamanca me habían comentado quienes me adelantaban en edad y estudios. Traía sobre todo referentes, muchos referentes, de los que tomé buena nota para saber por dónde pisar y por dónde no. Y por supuesto, el referente de todo a lo que de libros se tratara, era la librería Cervantes.

Cuando yo llegué a esta siempre bendita ciudad, Cervantes era ya la librería “de toda la vida”. De eso hace ya más de cuarenta años, así que coincido ¿cómo no? con todos los que lamentan su próximo cierre, bien por la emotividad que les producen sus recuerdos personales, bien porque lo consideran un indicativo más de decadencia económica.

Salamanca no es la única ciudad en la que a través de los años se van cerrando negocios de toda la vida. Este fluir, porque fluir es y no decadencia, ocurre en todas las ciudades. Negocios que fueron creados por familias, que duraron lo que la familia duró y sucumbieron al paso del tiempo y de los desacuerdos de las generaciones a cuyas manos fueron pasando, o simplemente porque dejaron de ser rentables.

Bajo este punto de vista estrictamente económico (que en realidad es para lo que se crean los negocios), cuando acaban no siendo rentables, los dueños no pueden alimentarse de los emotivos recuerdos de sus clientes. Y cierran.

Cierran unos, pero abren otros. Ya no son familias, son cadenas, grandes establecimientos, o emprendedores con pequeñas empresas, que unas veces salen adelante y otras tristemente, y eso sí que es de lamentar, no pasan de meses. El movimiento económico no muere, pasa de una formas a otras. Y eso es progreso.

Es lógico el lamento de los que sentimos en estas desapariciones el dolor de una especie de rompimiento de nuestros recuerdos. Y así lo manifestamos en tertulias de café, de camilla o en escritos diversos.

Mi último duelo por el cierre de un negocio fue la tienda de Juan, una tienda pequeña de ultramarinos que abrió un entonces joven, al que vimos ennoviar, casarse y tener una hija, igual que él fue viendo el transcurrir de las vidas de los vecinos de Carmelitas. Cuarenta años bajando a la tienda de Juan a por el pan y “los olvidos”, en compras de poco monte económico y de mucha conversación.

Otro cierre de impacto personal, y sin duda de gran repercusión en toda Salamanca, fue el del Gran Hotel. Allí mis recién estrenados veinte años se vistieron por primera vez de largo en aquellas Nocheviejas de gala. Hotel de reyes, de actores de Hollywood, de grandes figuras de la cultura que nos visitaban. Tantas noches de sábados en su cafetería, sumida en conversaciones, con las notas de fondo del piano de cola, tan bien acariciado por el pianista vestido de negro y de pelo largo. Aquellos grandes ventanales a través de cuyas cristaleras veíamos la procesión de la Virgen de la Soledad que pasaba justo por delante de la fachada hacia la Plaza Mayor. ¡Aquellos y tantos recuerdos!

Y en mi reflexión me doy cuenta de que todo es así, como la vida misma: nacemos, crecemos, vivimos y morimos. Vamos dejando nuestras vivencias sembradas en terrenos ajenos y cuando queremos darnos cuenta los tenemos que recoger a toda prisa porque los desahucian. Y es entonces cuando afloran a nuestras mentes. Porque seguro que muchos no se han acordado de escenas que han vivido, en este caso, en la librería Cervantes, hasta que no han oído que la cierran.

En unos días esta librería cerrará, sí. Hoy es estruendo. Mañana caerá en el olvido, como el Gran Hotel, el Teatro Bretón, la tienda de Juan, y todos los cierres que se producen a lo largo de los años.

Todo, al fin, es energía. Y como ya sabemos, la energía no muere; simplemente, se transforma.