Sábado, 21 de septiembre de 2019

Cervantes

[Img #524537]Descubren este mismo año los que parecen ser los huesos ciertos del escritor después de trabajos arduos y aquí, en nuestra ciudad, ahí al lado, se nos muere una librería con su mismo nombre. Puede que también dentro de unos siglos se busquen con igual ahínco los restos que aquí deje ese hito local de la cultura que ahora desaparece.  

                Cervantes en nuestra ciudad era por antonomasia un edificio dedicado al libro. Así lo supimos desde el principio y hasta su mismo final. Presumíamos los salmantinos cuando en otras ciudades de fuste no tenían nada semejante a esto. Era una especie de bandera de la cultura. Y libro que no tuviera el estante cervantino es que no debía existir. Había de todo y debidamente ordenado. Buscaras lo que buscases. Que si de filosofía, allí estaba, que si de arte, también, si de horticultura, igualmente, de mecánica, de poesía, de todo había. Todos los libros como una biblioteca de Babel. Y la de horas que pudimos pasar los jóvenes de mi generación viendo, revisando, conociendo nuevos títulos y raros libros.

                Hasta el edificio que ocupaba (ocupa aún), es singular. Una especie de torre estrecha de cristal, que nos parecía entonces llena de modernidad, novedosa, como un ascensor acristalado hacia el cielo de la cultura. Y allí que se encontraba siempre uno con gente afín, curiosa y rara. A veces personajes de relevancia. Y don Jesús reordenándolo todo desde su continuado ir y venir por cada piso. Como un director o gerente afable, con sonrisa fácil, que podía responderte cualquier duda sobre libros. Y abajo su hermana, ejemplo de eficacia y responsabilidad cara al público. Nunca se me va a olvidar, junto a otros amigos comunes, el regalo de un ejemplar de “Dos días en Salamanca”, esa excelente guía de la ciudad de fines del diecinueve de don Pedro Antonio de Alarcón, que el bueno de don Jesús tuvo a bien entregarme hace un montón de años. Ese puede ser el librito que más veces haya regalado en toda mi vida. Editado por aquel primigenio Centro de Estudios Salmantinos, y que salió de los estantes casi sagrados de ese mágico ascensor al cielo de los libros que era nuestra librería, y que vino a mi bolsillo de la mano del señor Sánchez Ruipérez. Ahora ya todo eso más recuerdo de un pasado brillante y añorado que de futuro. Como tantas cosas que iremos perdiendo por el camino. Un pena.