Jueves, 23 de enero de 2020

Hasta siempre, amigos

“Una gran vela, encendida en permanente turno de vigilia cultural, agoniza al soplo de la obligada jubilación del propietario, sin que nadie pueda evitar el portazo, porque el tiempo de vendimia pasó hace años sin que nadie dispusiera una banasta para recoger los racimos de fruta puestos en saco roto por quien hubiera hecho posible la redención”

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Un “edificio dedicado al libro” cierra sus puertas en Salamanca, tras llevar ochenta años poniendo libros en manos de lectores plurinacionales, desde que Germán Sánchez Almeida llegó a la capital de la provincia procedente de Peñaranda para coger por traspaso una pequeña librería en la calle Azafranal, que sus hijos Germán, Jesús, Rosa y Celia, se encargarían de conducir en los primeros pasos, hasta que el segundo de ellos se puso al frente del negocio que ahora cierra con noventa y siete años, ejerciendo de sumo sacerdote en ese templo de la lectura, siendo más librero que empresario.

Una gran vela, encendida en permanente turno de vigilia cultural, agoniza al soplo de la obligada jubilación del propietario, sin que nadie pueda evitar el portazo, porque el tiempo de vendimia pasó hace años sin que nadie dispusiera una banasta para recoger los racimos de fruta puestos en saco roto por quien hubiera hecho posible la redención.

[Img #520609]Desde que pasé por primera vez el umbral de su puerta hace cincuenta años, la librería Cervantes ha sido uno de los refugios intelectuales preferidos, donde se editaron algunos de mis libros, recibí novedades bibliográficas y fui tratado con respetuosa amabilidad por los empleados, haciéndome sentir uno más de la familia librera.

A ellos quiero dedicar mi recuerdo deseándoles toda la suerte que merecen por la profesionalidad que acreditan, aunque algunos de ellos no tengan fácil el futuro en un mercado laboral donde los cincuenta años pesan negativamente como una losa en él ánimo de los empresarios, a la hora de ofrecer contratos a nuevos trabajadores.

Cuando un negocio con treinta empleados suspende la actividad, la historia de la empresa y los servicios prestados por ella pasan a segundo plano, frente a la incertidumbre de los trabajadores ante el dudoso futuro que se abre delante de ellos, en un plazo tan breve que apenas da tiempo a recomponer el ánimo.

Quiero evocar en primer lugar a los que se fueron para siempre, dejando una estela de lealtad a la empresa y un ejemplo de servicio a los clientes. Tal es el caso del administrativo David, el fiel Román de papelería maridado profesionalmente durante lustros con el servicial Chaves, el “científico” Celestino y las incomprendidas Rosa y Celia.

También expreso mi recuerdo a quienes jubiló la jubilación, como Alonso cuya fría profesionalidad justificaba las reticencias de algunos clientes. A Manolo, entrañable impresor que hizo inolvidables fotolitos de mi primer libro. Y a Leo, mano izquierda y derecha de Jesús, norte y sur del negocio, que se dejó la vida en una destartalada oficina.

Otros se alejaron de Azafranal para ventilar su futuro lejos de las estanterías cervantinas, aceptando ofertas de trabajo en otras empresas cortadas a la inglesa, como Juan Manuel y Juan, aunque finalmente sus caminos se bifurcaran, sin posibilidad de reencuentro profesional con los que en Cervantes quedaron atendiendo a médicos y abogados, como Felipe; humanizando las Humanidades con Cele; o informatizando ciencia, José Carlos.

Vaya para estas personas y para el resto de empleados, mi reconocimiento a su trabajo y mi gratitud por las atenciones recibidas en todo momento, desde aquel lejano día en que el Babor de química salió conmigo del brazo, sin prevenir que cincuenta años más tarde tendría que agradecer a la librería Cervantes todos los servicios ofrecidos, que guardo con entrañable afecto en el rincón más íntimo de mi gratitud.

 

Paco Blanco Prieto

Escritor, historiador

Fotografía: Jorge Luis G.