Jueves, 13 de diciembre de 2018

Si yo fuera usted

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Y no tuviera mujer (marido) ni hijos (hijas), ni mascota (hermano pequeño) ni videoconsola. Si no fuera a proponerme esta noche perder veinte kilos, conseguir un trabajo estable o salvar el universo. Si no tuviera planeado enamorarme cada mañana de la mujer –siempre es la misma mujer– que me sirve el café con esa maravillosa indiferencia. Si no le dedicara varias horas cada jornada a envolverme en el vacío de las redes sociales. Si no cayera cada poco en el ensueño de la trascendencia y la inmortalidad, haría lo siguiente.

Empezaría el año viendo el Informe Robinson con Rafael Nadal, tratando de averiguar por qué la temporada pasada, por primera vez en su carrera, se sintió como un vulgar ser humano con miedo a fracasar. Después saldría a correr; a pensar sobre ello y a quemar los excesos navideños. Días más tarde, seguiría atentamente sus evoluciones en el Open de Australia para poder comprobar –ojalá– que el mal fue pasajero. Después, volvería a correr para pensar sobre ello y seguir quemando los excesos navideños. Ya en primavera, observaría con detalle su actuación en Roland Garros. El primer domingo de junio comería un pollo asado, vería la final y saldría a correr; para pensar sobre ello y ultimar la operación bikini.

Mientras tanto, en esos primeros seis meses del año, me habría aventurado en las arenas del desierto de Atacama fingiendo ser piloto en el Dakar (lo único de africano que conserva este mítico raid). Y habría participado en la distancia de ese evento que todo el mundo sigue para fardar de ello horas más tarde en la oficina o el instituto; la Superbowl. Y me habría alistado en uno de esos ejércitos modernos que gritan himnos y se dejan la vida por un oval y unas cuantas cervezas al final de cada partido en el Seis Naciones. Y habría hecho una visita al Masters de Augusta para mimetizarme con el paraíso, sabedor de que todo lo que me espera al final de mis días es el calor del infierno. Y bueno, estaría atento a lo que puedan hacer los Golden State Warriors con uno de los registros más míticos que se conservan en cualquier liga profesional; el 72-10 (victorias-derrotas) de los Chicago Bulls de la temporada 1995-1996.

En la segunda mitad del año, después de haber ignorado hasta entonces, como terapia, todo lo que oliera a fútbol, seguiría la Eurocopa sintiéndome profundamente francés en solidaridad con las víctimas del 13 de noviembre. Apoyaría a les bleus –allez la France!– incluso contra la mismísima España que, aún en junio, seguirá sin gobierno y preguntándose sobre su propia unidad e idiosincrasia, debates ambos –para bien o para mal– inconcebibles en Francia. Y ya que hemos cruzado los Pirineos, vería también Le Tour, para no tener que leer la Odisea –lo siento, Homero– ante la necesidad de épica que de vez en cuando nos asalta. Y, por supuesto, vigilaría atentamente cada disciplina olímpica en esa desmesurada y gigantesca “villa” de Río de Janeiro, en esos Juegos Olímpicos que, aunque marcados por la corrupción y la improvisación, nos dejarán gestas improbables y gestos de sincera deportividad; en esa cita que cada cuatro años tenemos con los de siempre (los jugadores profesionales de baloncesto, los tenistas y ahora también los golfistas profesionales,…) pero también con los de nunca; con esos deportistas que en cada brazada en la piscina, en cada pedalada en el velódromo o en cada arrancada en el gimnasio, persiguen silenciosamente su sueño olímpico.

Y el último día, de aquí en 366 amaneceres, si yo fuera usted y no tuviera hijos, esposa, etc. volvería a acercarme a esta columna y haría balance de todo lo en ella contado. Y saldría a correr, para pensar en ella y quemar todos sus excesos.

 

FELIZ AÑO 2016