Sábado, 7 de diciembre de 2019

La Navidad de mi infancia

Cuando hablo a mis hijos, no digamos a mis nietos, de cómo pasaba yo la Navidad en los años de mi infancia, piensan que les estoy contando un cuento, no cabe en sus cabezas que a una distancia, tan relativamente corta en el tiempo, pudiera existir un mundo tan fantástico como ese.

Para mí, el “pistoletazo de salida” de las navidades, era el sonsonete del sorteo de Navidad. En aquellos años, los niños y chavales de siete, ocho, nueve… años pasábamos la inmensa mayor parte del día en la calle, y estando en la calle, oíamos como desde alguna casa de algún agraciado vecino que gozaba de aparato de radio, provenía esa musiquilla que para nosotros era como el ángel que anunciaba la Navidad.

[Img #517645]Antes de continuar debo decir, que yo vivía en una barriada muy peculiar. Estaba situada a tres kilómetros de Alcalá de Henares, rodeada por un muro de dos metros de alto y solamente se podía acceder a ella por una puerta, más o menos grande, por la que, además de los peatones, entraban los pocos coches que por allí circulaban. Coches que eran recibidos con bastante admiración por los chavales, quienes para espantar el aburrimiento, nos entreteníamos en apedrearlos con el consiguiente enfado del conductor, que en no pocas ocasiones paraba el vehículo para increparnos o algo más. Intento inútil, porque cuando aún no había puesto un pie en tierra, nosotros teníamos lo dos a tal distancia que ni siquiera nos alcanzaba su voz.

Pero volvamos a las frías tardes de los días previos a la Navidad. Habíamos dejado a los niños del Colegio de San Ildefonso cantando el sorteo de Navidad. Ese era el toque para empezar a organizar nuestra peculiar Navidad. Dos eran las cuestiones fundamentales que teníamos que preparar: el belén y los grupos para ir a pedir el aguinaldo.

Para montar el belén era indispensable ir a coger la escoria de la que los trenes, de carbón claro, se desprendían. Para ello, llevábamos un cubo de zinc, que pesaba más de vacío que de lleno, y emprendíamos la marcha hasta las inmediaciones de la estación de ferrocarril, que aunque un poco lejos, tres o cuatro kilómetros, era la zona en la que más escoria dejaban los trenes.

En aquellos años, cuando llegaba el invierno, llegaba. Es decir, que hacía un frío que pelaba. Los remedios para combatirlo no eran los mejores, algún abrigo, una bufanda y unos guantes de lana, pero nada de eso podíamos utilizar para ir a buscar escoria, eso quedaba para ir al colegio o para los domingos ir a misa. Así que cada cual se apañaba como podía para espantar el frío. Ya fuera mediante carreras, saltos, o azotándose con sus propios brazos, cruzándolos por delante del cuerpo, tratando sacudirse la espalada con cierta violencia, o simplemente cambiando el cubo de mano con frecuencia, antes de que los dedos se entumecieran.

Una vez que en el cubo había suficiente escoria, emprendíamos el viaje de regreso. Tres o cuatro kilómetros, con un cubo de zinc lleno de escoria, un frío helador, un niño de siete u ocho años.

La fuerza para hacer el camino, nos la daba, el pensar que al llegar a casa nos esperaba la estufa bien atizada de carbón, tanto que a veces se le ponía la panza roja. Había que arrimar las manos al calor poco a poco, pues cuando, dejados llevar por la necesidad de calentarnos, las acercábamos demasiado, nos entraba un dolor casi insoportable, por el cambio tan brusco de temperatura. Ya lo teníamos bien aprendido, por lo que, cerca de la estufa, sí, pero guardando las distancias.

Una vez la escoria en casa, había que sacar el cajón de madera en el que, protegidas con serrín, estaban las figuritas del nacimiento. Siempre aparecía alguna con un brazo roto, o decapitada, o alguna oveja sin patas… nada que no se pudiera arreglar con un poco de pegamento.

Se habilitaba una mesa, se colocaba la escoria, que a partir de ese momento dejaba de serlo para constituirse en unas esplendidas montañas que rodeaban el portal de belén, así como la gruta en la que nacería el hijo de Dios.

Un poco del serrín, del que protegía las figuras, hacía de tierra, algo de musgo, eso sí, no había problema para encontrar cuanto quisiéramos, un poco de harina por encima de las montañas y ya estaba montado el Belén.

 Era el momento de formar las cuadrillas para pedir el aguinaldo. Cuatro o cinco como máximo, cuanta más gente la formara, a menos se tocaba a la hora de repartir el aguinaldo.

¿Los instrumentos para acompañar los cánticos? pues los de siempre, las tapas de una cazuela vieja, la botella de anís y un tenedor para rascar…, A veces teníamos suerte y algún chico de familia con más posibles, se unía al grupo y aportaba una pandereta y en algunas ocasiones hasta una zambomba.

El día de Nochebuena había llegado, quedábamos en alguna esquina a eso de las cinco de la tarde. Faltaba alguien del grupo, ¡el de la pandereta! Esperábamos y esperábamos, nada, el de la pandereta que no llegaba. Decidíamos empezar por nuestra cuenta. – Mejor- decíamos - así tocamos a más. Luego nos enterábamos de que al niño  de la pandereta, no le habían dejado salir de su casa porque hacía mucho frío. Y era verdad, pero ¿qué pasaba? ¿Que a los que no teníamos pandereta no nos afectaba el frío? La verdad, no lo entendíamos.

Bueno, eso se olvidaba pronto, había que empezar la ronda. Por dónde empezar, pues por el que más cerca nos caía. Llegábamos a la puerta, llamábamos, esperábamos a que abrieran y nos arrancábamos a cantar. Los villancicos eran los de toda la vida; los peces en el río, ande, ande la marimorena... No era demasiado amplio el repertorio, los niños de siete u ocho años de aquella época no teníamos muchos sitios en los que consultar las letras para ampliarlo. Nuestros padres nos las habían trasmitido y ellos tampoco disponían de muchos medios para aprenderlas.

A pesar de todo, teníamos villancicos dedicados a ciertas ocasiones así como nuestros métodos para llamar a las casas. La verdad es que ahora no podría decir de donde aprendimos lo uno y lo otro. Pero el caso es que lo teníamos. Me explicaré: En aquel barrio nos conocíamos todos. Los más pequeños sabíamos de la tacañería de algunos y de lo, más o menos espléndidos, de otros, bien por lo que les oíamos decir a nuestros padres, por la experiencia de años anteriores, o simplemente porque al encontrarnos con otra cuadrilla, nos informábamos mutuamente de lo que habían dado, o si, como ocurría en algunos ocasiones, ni siquiera se dignaban a abrir la puerta.

A los que sabíamos reacios a abrir la puerta, primero llamábamos, guardando sepulcral silencio. Cuando abrían, nos arrancábamos con todo el ímpetu del que éramos capaces. A  veces, a pesar de esta estratagema, nos daban con la puerta en las narices, sin más contemplaciones. Aún, ahora, cuando han pasado tantos años, no he podido comprender esa actitud. La de un hombre o una mujer, que le cierre la puerta a unos críos de seis, siete, ocho años, que ateridos de frío llaman a su casa para cantarles unos villancicos en una noche tan especial y que sólo piden a cambio la voluntad. Claro que, tal vez, la voluntad de esas personas fuera la de cerrar su puertas, y con ellas sus corazones, al espíritu de la Navidad.

A pesar de nuestra corta edad, sabíamos dar respuesta a este tipo de actitudes, y para ellos teníamos destinado un villancico, que más o menos decía:

Estas puertas son de hierro

y los cerrojos son de alambre,

vámonos chiquillos,

que están muertos de hambre.

 

Ande, ande, ande la marimorena

Ande, ande, ande que es la Nochebuena

 

Y nos íbamos en busca de otra casa  en la que fuéramos mejor recibidos.

 

También nos habíamos informado, o nuestros padres nos informaban, de aquellas casas en las que recientemente había ocurrido alguna desgracia y teníamos la precaución y el respeto de no ir a pedir a ellas.

 

Teníamos villancicos para empezar el repertorio, una vez abierta la puerta, como ese que decía:

 

A esta puerta hemos llegado

con deseo de cantar,

si nos dan el aguinaldo

ya podemos empezar.

 

Ande, ande….

 

Si se demoraban mucho en darnos el aguinaldo le cantábamos el que decía:

 

Denos, denos, denos,

si nos ha de dar.

que la noche es corta

y hay mucho que andar.

 

A las afueras del barrio, extramuros, había una casa, “Casa Blanca” la llamamos, que tenían fama de ser muy espléndidos. La verdad es que la casa nada tenía que ver con las casas en las que vivíamos nosotros, era una especie de mansión, una casa de esas que luego, pasados los años, he visto por el norte de nuestro país, esas llamadas de los indianos. El caso es que era de visita obligada. Siempre nos encontrábamos a algún grupo, que venia o que iba, a la “Casa Blanca”. Llegábamos a la puerta, no era preciso llamar, empezábamos con nuestros villancicos directamente con la certidumbre de que nos abriría, y nos abrían. A veces, tal vez, apiadados por nuestras caras de frío y el tembleque de las manos al hacer sonar las tapaderas de las cazuelas, nos invitaban a entrar, nos sacaban una bandeja con turrones y mazapán,  cogíamos algunos para tomar allí mismo y otros para guardar. Antes de irnos nos pedían que cantáramos algún otro villancico y nos despedían haciéndonos entrega de una peseta a cada uno. ¡Una peseta! Los ojos se nos encendían, hasta el frío se nos quitaba con aquella ilusión.

 

La noche se echaba encima enseguida, el hielo bajaba y cubría los árboles, los charcos formaban capas finas de hielo. El frío se hacía cada vez más difícil de soportar. - Una casa más y nos vamos- decíamos ateridos de frío.

 

Con las manos metidas en los bolsillos, las tapaderas o las botellas, sujetas con los brazos contra al cuerpo. Sumergida la cabeza todo lo que podíamos en el cuello del jersey, que no daba más de sí, tratando de proteger las orejas, que empezaban a doler y a ponerse rojas, nos encaminábamos a la casa de alguno de los componentes del grupo. Una vez allí, y después de entrar en calor, sobre una mesa de camilla bajo cuyas faldas se consumía algo de cisco en el brasero, vaciábamos el talego en el que habíamos guardado el aguinaldo de toda una tarde de ir de casa en casa.

 

El “botín” era muy variado, desde unos cuantos higos, algunas castañas, bellotas, nueces,… algunas monedas de cinco y de diez céntimos, algún real y sobre todas ellas, brillando con luz propia, las pesetas de “Casa Blanca”. ¡Una para cada uno!

 

Se repartía aquel tesoro con la mayor equidad posible. Cada cual cogía su montoncito y a casa, a contar las peripecias y a recibir la bronca de las madres por el frío que habíamos pasado y a esperar la cena de Nochebuena, en la que, a buen seguro, comeríamos un suculento pollo, luego los turrones, eso sí, bien dosificados, todos sabíamos cuál era nuestra parte. Hasta una botella de sidra se descorchaba aquella noche.

 

Eran tiempos muy duros, vistos ahora, con el paso de los años. Tiempos en los que no sabíamos que existía la tele, tiempos en los que el turrón, el mazapán, las peladillas…. Eran verdaderos lujos que había que dosificar. Tiempos en los que el frío se metía en las casas y sólo se podía combatir con el calor del brasero o la estufa. Tiempos en los que la humedad subía por las paredes de las habitaciones y las ablandaba hasta el punto en que era posible meter el dedo en ellas y sentir el frio y la humedad. Tiempos en los que un niño tenía que hacer trabajos que ahora habría reparos para encomendárselos a un hombre.

 

Tiempos, por los que daría todo lo que tengo, para volver a ellos.