Martes, 27 de octubre de 2020

Barcelona y la Gran Familia

        La corrupción, como la risa, va por barrios. Y cada barrio tiene su estilo en esta materia. Porque allí donde se juntan más de tres seres humanos y existe alguna posibilidad de apropiarse de poder o dinero, surge el deterioro propio de la imperfección inherente a la convivencia, los sinvergüenzas se compinchan y delinquen adaptándose a cada ecosistema psicológico y social. Lo demuestra la Historia con mayúsculas y las pequeñas historias que proliferan en los medios de comunicación. Son particularmente crueles las bandas criminales mexicanas, los cárteles caribeños, las maras de Centroamérica y los grupos del Este, en especial los búlgaros (la URSS recurría a verdugos de esta última nacionalidad como especialistas en tortura). La delincuencia Europea en general es más sofisticada y menos sangrienta. Destaca por su singularidad la mafia italiana. Me autocito: (*) Las organizaciones criminales del tipo de la camorra, origen de la mafia, nacieron también en Nápoles cuando era posesión española y se afianzó durante el reinado de José Bonaparte, quien ocupó aquel trono por designación de su hermano el emperador antes de que lo eligiera rey de España y de las Indias en 1808.

       Lo que últimamente se conoce de modo genérico como corrupción tiene sus matices diferenciales según las regiones. En primer lugar, conviene distinguir la tipología: no es lo mismo robar a tu propio partido político (que es lo que hizo Bárcenas al PP, principal víctima por negligencia, por más que las cadenas zurdas se empeñen en presentar el caso como el paradigma de la corrupción) y otra bastante más grave es apropiarse del dinero de los necesitados (que es lo que durante años ha venido ocurriendo en Andalucía con los falsos ERES y los falsos cursos para desempleados). Y si hablamos de volumen del latrocinio, la palma se la lleva Cataluña. Según las imputaciones judiciales vigentes, Pujol, su entorno y su partido se han dedicado durante tres décadas largas a embolsarse una parte nada despreciable del presupuesto de aquella Comunidad, o sea, de una parte del dinero de todos los españoles.

     [Img #512952] Aquí viene el toque singular al estilo mediterráneo; o dicho de otro modo, al estilo de la famiglia. Y no se trata precisamente de la Sagrada Familia, sino de una Grande Familia política.                                                                             (*) El bandolerismo catalán data del siglo XVI. Según Vicens Vives, ”el bandolerismo es un estado de espíritu de la Cataluña montañesa del Quinientos”. Otro historiador, J. J. Reglá, discípulo de aquél, achaca el fenómeno a “la plenitud demográfica de la montaña, que se desborda violentamente hacia el llano”. Sin embargo, Xavier Torres Sans, de la Universidad de Gerona, matiza que “la miseria y la sobrepoblación no lo explican todo, pues el bandolerismo catalán de la edad moderna se alimentaba de los ricos y poderosos –y de sus disputas particulares– antes que de los pobres u oprimidos y sus dificultades.”

      Acabo de pasar un par de días en Barcelona, donde una vez más he comprobado la amabilidad del ciudadano medio y la tranquilidad del ambiente. Entretanto, donde se cocina cualquier clase de poder, desde el municipal al comunitario, hay gentuza metiendo el cazo, engrosando la buchaca o derivando algún que otro pellizco de nuestros impuestos a paraísos fiscales.

(*) La baraja del Duque de Otranto. Ed. Cervantes, Salamanca, 2008.