Viernes, 22 de septiembre de 2017

De lo nacional y lo tradicional

(A modo de exabrupto)

Ya saben que no soy muy de banderas y demás… Soy español y mexicano, por papeles y por convicción, y creo que conozco bastante bien mis dos patrias/nacionalidades/países. Me quedo con lo último, países son, desde luego; nacionalidades, esas las tengo yo, que hay días que me siento un poquito francés, otros días portugués…

Patria, ahí sí, parafraseándome –haciendo autoplagio, como dijo no sé quién– y parafraseando el poema de Pacheco: mi patria son mis amigos –las mesas de los martes, por ejemplo, la mesa del Guadiana, cuando puedo–, los sitios que recuerdo, los que aún no conozco… y tres o cuatro ríos.

Por eso, nunca me han llamado mucho las fiestas nacionales, con énfasis en el “me”. Y por lo mismo, decir a estas alturas del partido que el 12 de octubre se celebra un genocidio es como pedir que rompamos relaciones con Estados Unidos y Canadá porque en noviembre siguen celebrando Thanksgiving Day –me da que en ese momento histórico también salió malparado más de un nativo americano–.

A ver, toledos y colaus, cáguense/despotriquen en/contra lo que quieran –es democrático, aunque de muy mal gusto, sobre todo lo primero–.

Eso sí, me permito señalarles, con todo respeto que me parece que no se dan cuenta de que ustedes pueden despotricar/cagarse pero sus contrapartes, en sentido amplio, lo tienen más difícil: no sé si Leopoldo López, en Venezuela, se cagó en algo, pero sí sé que está en la cárcel por pensar y decir, no por robar o matar…

Señor@s, ya está bien; llevo más de 20 años construyendo mi vida aquí, entendiendo la paradoja del “ustedes los españoles trajeron las enfermedades… ah, y mi abuelito es de Bilbao”; no, dije mal, no la entiendo, la vivo, y a veces, si me pillan de malas, como ya les he contado otras veces, respondo que los españoles que trajeron tantas cosas malas son antepasados de los que aquí nacieron, más que míos.

La España de 2015 no es la de 1492, las independencias en estos países las hicieron criollos que querían dejar de pagar impuestos a la metrópoli… y dejarlos aquí… O quedárselos ellos, que tampoco hay que ser idealistas.

Por su parte, los nativos americanos, que siguen bastante jodidos en su mayoría, llevan unos 200 años jodidos por gente con su misma nacionalidad, la americana en turno…

Y a mí, que vivo aquí, me dan más miedo, aquí, los progres que defienden los usos y costumbres. La tradición –esa palabra que comparte origen etimológico con traición–, está muy bien, siempre que no se quiera imponer, que sea algo gozoso, no una obligación.

Por ejemplo, algunos de esos progres, en no pocos casos, se visten con bellísimas –y carísimas– ropas de origen indígena que los indígenas hace mucho que no pueden pagar. O ponen el grito en el cielo contra Halloween, ahora que son fechas, sin darse cuenta –o sin querer hacerlo–, que las brujitas y calabazas –que a mí, en lo personal, no me gustan– dieron un nuevo vuelo a la mexicanísima tradición del Día de Muertos –el 2 de noviembre– y los niños, futuros guardianes de esa tradición, ya están creando una suya, propia, que une ambas sin mayor complicación. Sincretismo, transculturación, se llama eso. Aculturación, no.

Al respecto, me permito hoy traer una cita de Amarres perros, de Jorge G. Castañeda, libro muy recomendable; el autor se refiere a su madre, emigrante:

“[…] Adoraba al país, como casi todos los que emigran a México.
Le debió a mi padre su derecho de ciudad o de entrada: haberse
vuelto mexicana de cepa, haber penetrado en el espacio blindado
del mexicano, a la vez hospitalario e hipócrita, y adentrarse en el país como muy pocas amigas suyas originarias de tierras lejanas pudieron lograrlo. Pero su enorme afecto por lo mexicano, […], no la enceguecía ante los inconmensurables rezagos de nuestra sociedad o frente a los defectos del carácter nacional, ni le impedía comprobar los vicios y deformaciones del alma mexicana. A ella le debo, la capacidad de distinguir entre el folclor “apantallapendejos” de la cultura local y el verdadero talento creativo del ser mexicano [...]”.

Me encantaría que algo parecido a eso lo pudiera decir alguien de acá de este de la tecla. Y esos progres de los que hablaba son los que se quedan, con cinismo ignorante, en el “apantallapendejismo”, sin dejar de beneficiarse de las desigualdades –parte de la realidad mexicana– que les permiten tener sus casitas en pueblos mágicos con jardineros y personal de servicio muy autóctono del lugar. Esos progres, por supuesto, protestan cuando en esos pueblos mágicos –para ellos–, les quieren poner, por ejemplo, un McDonalds; les ofende la grasosa m amarilla en esos terruños –aunque la empresa se adapte a las normas que le exijan–, pero no suelo ver a los indígenas en los restaurantes, muy modernamente autóctonos, a los que les gusta ir a los toledos, que aquí también hay.

Vamos, que ya ven que soy un impresentable –creía que progre, pero ya ni sé– que quiere para todos –para Maduro y para López, para Pujol, para Urrutikoetexea y para Martín Sánchez– las mismas oportunidades, de vivir, de disfrutar, de aprender, de despotricar, de cagar… Y de cagarse.

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