Jueves, 14 de diciembre de 2017

Él te habita

[Img #444740]

XIII


Se me ofrece: un cielo
de apolos y vencejos, ese lugar
que transitan las nubes en el espacio
final de los telediarios, o un cielo
de arcángeles sin sexo —el epiceno—
que bailan en eternas, melifluas
bodas reales, insípidas (como
las nuestras), vestidos todos
de etiqueta y pedigree, con adargas
y casullas, áureas
libreas de vasallos (con su sobrefalda
y su canesú...), ¡qué horror,
como las nuestras!
Yo me apunto, Teresa, más bien
a ese otro cielo tuyo
—abrasada toda en amor—
hecho de tierra dulce, agria,
dulciagria, que dibujas
como estado de gloria de tu corazón
cuando Él te habita. Pero también
construyéndose poco a poco, a tientas,
con los frutos, agridulces, claro,
que nacían de tus manos: hecho
de pequeños palomares, de carretas,
de horas de pluma y fundaciones.
Necesito, Teresa, un cielo
rebajado hasta mi altura, que haga
juego con mi talla
de enano. Por eso
no quiero paraísos
demasiado lejanos.

Reniego
de esos cielos deshilvanados de la ropa
que usamos cada día, la que huele
al sudor por el trago
amargo de la vida. Indago
a tientas, desesperadamente,
una silueta de Él —un rumor— construida
de barcos desahuciados, de humos
y llanto de suburbio en las megalómanas
ciudades infernales donde habita
el Becerro. O de milpas y tubas
de maíz en algún ranchito párvulo,
sediento, desangrándose, de El Salvador
—donde vive Ángel, mi amigo,
que te lee y te manda, Teresa,
sus saludos—.
Sencillamente lucho
por un cielo de dardos incendiados
que nos ardan y empujen a poseer
la Tierra a los desheredados.