Viernes, 22 de septiembre de 2017

José G. Moreno de Alba (1940-2013)

Como dice Moreno de Alba, las academias, no una sola, sino todas, no renuncian a su papel fiscalizador, pero sobre todo son registradoras con marco teórico: notarios, no jueces y mucho menos policías.

A primeros de agosto se cumplió el segundo aniversario luctuoso de José Guadalupe Moreno de Alba, uno de esos personajes que marcan, aunque muchos no se den cuenta. Por eso quiero honrar su memoria retomando el artículo que escribí entonces y que se perdió en el limbo de Internet.

Sus libros Minucias del lenguaje y Nuevas minucias del lenguaje han de estar –no tengo el dato exacto– entre los libros más vendidos del Fondo de Cultura Económica. Y eso es significativo porque déjenme explicarles que en México abundan las “reglas” de gramática, ortografía y demás. Dije bien, abundan, o sea, cada uno maneja unas cuantas –las que algún maestro, algún jefe, algún… les enseñó-pasó-encasquetó–, aunque pocos se preocupen de buscar un diccionario o de entender qué pasa con esa herramienta que es de todos. Por si fuera poco, cada uno maneja unas cuantas… y no suelen ser las mismas.

Unamos a este punto de partida que México es tierra que gusta de tótems y tabúes; uno de esos es el de la “Madre Academia”, o sea, unos “viejitos” españoles que quieren hacer que todos hablen como ellos. Hombre –y mujer, y mujer–, no digo yo que el DRAE vaya a velocidad de vértigo, que no tiene por qué, pero coño, el consenso entre academias ya se daba cuando vine a México, hace más de 20 años, por lo que podríamos ir rompiendo con esa idea… Como dice Moreno de Alba, las academias, no una sola, sino todas, no renuncian a su papel fiscalizador, pero sobre todo son registradoras con marco teórico: notarios, no jueces y mucho menos policías. Insisto en esa idea.

Sin embargo, esto es “poco vendible”, es mejor tener a quien echar la culpa y seguir burlándose, por ejemplo, de quien pide un vaso de agua; me explico: un ejemplo de las “reglas” a las que aludí es que entre las clases altas –y sobre todo “cultas”– de México, es común pedir un vaso “con” agua y poner caras –e incluso corregir con mirada condescendiente– a los ignorantes que pedimos un vulgar y simple vaso de agua.

Espero que este enxiemplo ilustre la fábula anterior, cuya moraleja es que en este maravilloso país, que lo es, se da un cierto exceso de filologoides que contrasta, como Moreno denuncia en un texto, con el poco prestigio social que tienen las disciplinas humanísticas (“De filología y filólogos”, en Minucias del Lenguaje, FCE, 1998).

La moraleja de este artículo es que en México nació, creció, se desarrolló y no murió, porque ahí sigue su legado, el doctor Moreno de Alba, él sí filólogo, no como uno, que simplemente estudió Filología. Entre muchos logros, destaco que fue director de la Academia Mexicana de la Lengua y los mencionados libros, imprescindibles –creo yo– en cualquier biblioteca, para resolver esas dudas sobre nuestro idioma que nunca deben dejar de asaltarnos cuando escribimos. Todas las dudas, no las más importantes. Y a la vez que resuelve, rompe con esos tabúes y les dice, a los filologoides, que no es por ahí. Por eso la muerte no pudo acabar con un legado imprescindible, porque lo único que hizo alguien como don José G. fue cuidar el idioma por nosotros...

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