Viernes, 28 de julio de 2017

Ecuador

La primera vez que me acerqué a “Ecuador” (2002) de Benjamín Prado, el poemario produjo en mí la impresión del resplandor. Ese fuego que consigue despertar quien de pronto nombra de nuevo el mundo, como si no hubiera existido la expulsión del paraíso.

Las palabras generaban con su desplegarse por la página un universo paralelo. “Un hombre que se ríe es una fuente”, comenzaba el libro. La identidad de lo sólido y lo líquido enhebrada mediante el sonido de la alegría percutiendo fluida en quien la escucha. Novelista, poeta, creador original de aforismos, relatos, ensayista, en Ecuador reúne Benjamín Prado la poesía publicada entre 1986 y 2001, ampliada en esta su cuarta edición (2015).

[Img #366538]En Benjamín Prado todo puede ser cualquier otra cosa. Las imágenes suman sensaciones abstractas y concretas: “Yo voy de un lado a otro/ de tu nombre,/ lo mismo/ que un oso en una jaula”. Y el lector tiene que realizar un acto grande de fe en la palabra, esa fe que da la certeza de que a lo que se asiste es a la generación de la poesía en estado puro, ese “doble o nada” del primer poema que también tiene mucho de prestidigitación. Y también de confianza en esas palabras del poema “Defensa de la poesía”, escritas sobre el mar, o sobre un bosque que “son como la huella/ que primero fue parte de la nieve/ después/ parte de un río/ Palabras que querían ser gaviotas/ pájaros solitarios/ que propagan el sol.”

Los poemas incluyen en sí todos los materiales con los que están construidos los edificios literarios, elementos, por ejemplo, de carácter narrativo como el diálogo, pero cuya forma en los textos poéticos de Benjamín Prado adquiere una densidad profundamente lírica:

conversación en la isla

-Escribir un poema es intentar desatarse,

adivinar en qué mano está la moneda

-dije yo-. Tú mirabas

el sol igual que un fuego encima de la isla

y yo dije: -La poesía empieza

cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba

pero aún tienes miedo.

Yo veía

las torres blancas. Tú dijiste: -Es raro,

nos gustaría huir

pero nadie nos sigue. (…)

 

Al fondo de cada texto, las estructuras simbólicas crean espacios de enormes sugerencias, verdades que cimentan los universos escriturales donde la lógica cotidiana cesa y se da cabida a verdades más profundas. Las palabras dichas por los sujetos protagonistas de los poemas se engastan en poderosas armazones emocionales, y crean amplias distancias entre la realidad y su percepción:

 

cambios

Estábamos en Londres.

                        Tú dijiste:

-La lluvia sobre un río se parece a James Joyce.

De eso hace muchos años.

Y otra vez,

mientras íbamos

andando muy despacio por la Red de San Luis

yo pensé: -No lo olvides,

las palabras no pueden volverse atrás. (…)

 

[Img #366539]No defrauda al buen lector de poesía esta nueva versión ampliada de “Ecuador” de Benjamín Prado, libro en el que incluye ahora un buen puñado de poemas inéditos y ese perfecto reflejo de la amistad que unió al autor con Rafael Alberti: la plaquette titulada “Lo que canté y dije de Rafael Alberti”. En ella el poeta joven, tras confesarle al Maestro que no sabe qué más decirle, escribe que “Tal vez que soy feliz, dentro de lo que cabe./ Que algunas veces paso al lado de tu estatua/ en El Puerto de Santa María y siempre pienso/ que tenías razón: hay que vivir/ del lado de la gente, día a día,/ sin perder un minuto, con los pies en el suelo/ y una luz roja en el corazón.”

Si como recomendaba la retórica clásica los dos momentos fundamentales de cualquier discurso y, por extensión de cualquier texto, son su inicio y su final, hay que decir que esta obra es del todo redonda. Del inicio ya hablamos. Y no se puede terminar de manera más hermosa un libro: “si un sueño te tiene, hazte realidad”.