Viernes, 23 de junio de 2017

Saber de grillos

“Y que pueda salvarnos/ una brizna de hierba.// Esta verde de aquí,/ la que me ama”

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SABER DE GRILLOS

de Vicente Gallego

Quizá sea esta la única forma verdadera de saber, por más que nos empeñemos en otra cosa. El inicio es ya una buena toma de postura. Emily Dickinson nos recuerda en el pórtico del libro “Que el amor es lo único real, eso es cuanto sabemos del amor”. Y, después, las señales, las certezas expresadas en cada poema. El afecto frente al conocimiento. No es una mala apuesta.

[Img #333883]El primer poema, “Saber de grillos” condensa todo lo que después se irá dispersando en el resto del poemario. No en vano da título al libro. El grillo sabe todo lo que hay que saber: el canto, la nota, “lo nuestro más diáfano”… Ese cuchicheo (atención a la sonoridad onomatopéyica del término) al que también dedica su armonía ese otro poeta grande, Eugenio de Andrade, quien en su texto “las madres” hablaba de la chicharra (de nuevo la fonética haciendo de la palabra realidad) y su oficio –el mismo que el de los poetas– consistente en transformar la luz en canto. Glorioso destino este entonces.

Del libro de Vicente Gallego lo rescataría todo.  La mirada, la música, el aliento, la palabra, la luz. Y la certeza de esa defensa tan propia del último Vicente Gallego de que todo es todo. Y de que todo de todo participa. Esa es la esencia del poetizar y sus metáforas. El sonido, lo rumoroso: “Eso que suena al fondo de las almas,/ eso que carda el cielo y pone piel/ de gallina a los mares,/ ¿no es lo rumoroso, lo más nuestro?// Ahora te escucho, carne:/ rumor de las partículas, ¿quién puede/ decir que en ti no danza, que no rueda/ en la rueda de oro de armonía?” (p.15).

Dónde empieza, pues, el mundo y dónde termina el hombre. El poemario apunta a esa realidad que la física cuántica lleva descubriendo desde hace tiempo y la nombra con poesía. Y también hace teología: “Y que pueda salvarnos/ una brizna de hierba.// Esta verde de aquí,/ la que me ama” (p.39). Precioso.

Las  hipérboles no lo son, por tanto, sino que en ellas se vierte una manera privilegiada de sentir que percibe la realidad más profundamente. Que siente lo que es más verdadero. De nuevo las cigarras: “Se crecen las cigarras, sordas./ Está trenzando el sol, con agua y luz,/ su rubia crestería sobre el río.// Chiribitas el mundo, y el espacio/ reflejos de reflejos, un calambre,/ un racimo de muda claridad.// Y qué otra cosa vive,/ qué habrá que no lo pueda/ dejar aparte un hombre/ para entrarse en su alcoba con el cuerpo/ sin más de la mañana: esta hermosura” (p.67).

Detrás de la materia sólo está lo hueco: “Para intentar ponernos a resguardo,/ decimos que es un pino este radiante/ abismo que es un pino en la mañana” (p.17). Y entregarse a esa intemperie es el estado natural del hombre. La apuesta de Vicente Gallego, como también lo es la de otros poetas como Hugo Mujica, es construir su hogar en ese abismo en el que la única palabra posible sea la poesía y el caminar entregado a tal bondad. Después de la tormenta dice: “Ya prende la oración/ de mis pasos sin huella” (p.79).

Termino. Es este Saber de grillos de Vicente Gallego un libro auténtico, que habla de las pequeñas cosas que refulgen, a pesar de nuestra ceguera, de lo pequeño que nombra su verdad y la pregona ajeno a la escucha, y que no busca más sentido que el puro ser: “cómo puede/ despertar tanto amor tan poca cosa” (p. 70). Hacía tiempo que un libro no me hacía tan feliz.

Asunción Escribano

Catedrátiva de Lengua y Literatura de la Universidad Pontificia de Salamanca

Fotografía: Cervantesvirtual.com