Jueves, 23 de noviembre de 2017

Los gitanos y nosotros

Para empezar esta síntesis de un tema que considero amplio y difícil de tratar, miro el imaginario colectivo y mi propia experiencia o percepción pretérita y más cercana: los gitanos, tan ambulantes ellos, nos resultaban extraños, muy diferentes, como extraterrestres que acampaban con sus carros en las afueras de los pueblos o las ciudades; que pedían en las casas materiales viejos de hierro y otros metales; que alargaban sus manos  para pedir limosna a la gente; que –se decía– robaban en los puestos de los mercados, en los corrales (admiré al Lute, cuando leí su autobiografía) e inspiraban recelo, miedo y rechazo.

No conocíamos de verdad sus sentimientos pero es claro que la Libertad les era connatural, pues en su tanshumancia ignoraban leyes y normas externas impuestas por los gobiernos. Desde hace muchos años han existido redadas, persecuciones y encarcelamientos de gitanos. En nuestra propia Guerra Civil mujeres gitanas con algún hijo pequeño cohabitaban con otras presas en los penales femeninos , como la bella Frasquita de Saturrarán y actualmente, aquí, en la carcel de Topas no faltan gitanos y gitanas, a pesar de que el tipo de vida ha cambiado notablemente. Y ya estamos casi en el hoy y yo los tengo en mi barrio, pues naturalmente les han ido acoplando en las periferias, junto a población paya, en viviendas protegidas y subvencionadas, en muchos casos por Caritas. Si el trabajo falta para más de cuatro millones de españoles,  la mayoria de gitanos están entre esos millones.  Los vemos por las calles, conocemos, a algunos muy de cerca, sus nombres incluso. Hace varios años ofrecí clases de alfabetización a varias mujeres  gitanas y las que acudieron a la cita fueron sus hijas quinceañeras que vieron la oportunidad de salir a la calle y poder así ver a sus mozos que acostumbraban a sentarse en un poyo, con guitarra en ristre, junto a la Parroquia. Natural. Atendían a la clase durante diez minutos y después se lanzaban al cante y al baile, hasta que las dos profes, fracasadas en el intento, resolvimos abandonar la inutil tarea. No tardaron un año en casarse en diferentes formas al uso y la mayoría abandonó el barrio. Alguna vez las he visto cargadas de hijos. Podría seguir contando anécdotas como el tiempo que dediqué a un pastor a perfeccionar su lectura, sobre el libro que usaba en sus prédicas: la Bíblia, cuyas crónicas de reyes que pasaban a cuchillo a pueblos enteros con Dios como caudillo, intepretaba al pie de la letra. No resultaba fácil cambiarles la mente, pero eran personas buenas, sencillas que no sólo no rehuían sino que agradecían nuestro trato.

 Lo que más me cuesta entender es lo difícil que resulta la integración, despues de 24 años de convivencia. Si esta fuera normal entre los niños estoy segura de que se favorecería entre los adultos. Pero de una parte, a pesar de que en el barrio existe una escuela pública cuyos maestros son excelentes, casi todos niños payos están escolarizados en colegios concertados de otros barrios; de otra, con todo derecho, la comunidad gitana  se precia,  mantiene y defiende lo que considera “su cultura” que en realidad es un modo de vida y creencias,  muy tradicional, patriarcal, casi medieval. Ejemplos: la autoridad de los más viejos a los que se les ha tenido obediencia casi ciega, la dependencia absoluta de la mujer al varón, su virginidad supervisada antes del matrimonio, realizado tempranamente y celebrado, salvo en excepciones, con ritos arcaicos. Aunque lo llaman su “culto”, sus crencias religiosas y sus celebraciones, en general están asociadas a las confesiones “evangélicas”, bajo la dirección de un pastor que lee e interpreta la Biblia a los que se reunen con él. No siempre coincide el pastor con la gente de su barrio. Todas sus ceremonias son alegres y ruidosas y demuestran su habilidad  en el canto y la danza. Una gran mayoría son analfabetos y aunque ya desde niños acuden a la escuela, es frecuente el absentismo.

Hojeando los datos históricos de la “Fundación Secretariado Gitano” y otros estudios, es justicia reconocer que son la minoría “étnica” ( si todavía tenemos que seguir hablando de etnias) que más ha padecido en España problemas de segregación racial. Desde el siglo XV en que llegaron los primeros gitanos, más de 250 edictos se proclamaron contra ellos y hasta la Constitución de Cádiz (1812) no se les reconoció como ciudadanos españoles. La Constitución española de 1978 les ha ratificado su igualdad en el plano jurídico, aunque en la práctica se  sigue constatando  la discriminación real de la mayoría, que es pobre.

Recientemente en declaraciones de las Naciones Unidas se recogen expresiones que hablan de la discriminación y el racismo contra los gitanos y el creciente populismo y extremismo en muchos países con poblaciones gitanas ahondando las divisiones, lo que ha causado más estigmatización de las comunidades gitanas y ha hecho resurgir mitos inaceptables sobre la criminalidad y la inferioridad del pueblo gitano.

Nos congratulamos de que en la próxima sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, se presente un informe sobre la situación de los gitanos en el mundo, y especialmente en Europa.
Por otra parte, la Real Academia de la Lengua Española ha aceptado la petición del Consejo Estatal del Pueblo Gitano para retirar de la última edición del Diccionario la acepción “trapacero” que aparece en el término gitano.

Los cambios socioeconómicos del último medio siglo han cambiado bastante las costumbres y condiciones de la vida y trabajo de los Gitanos. Con la industrialización de los años setenta se suprimieron muchas de sus ocupaciones como la cría y venta de ganado (“chalaneo”), herrerías, cesterías, mano de obra estacional en el campo, etc. El pequeño comercio y la venta ambulante, han sido prohibidas o limitadas en muchas ciudades. Por todo ello, una parte de los gitanos ha acabado en los puestos más bajos de peonaje asalariado del sector agrícola y construcción, mientras otros, sobre todo los más jóvenes, se han quedado desempleados. En el chatarreo y la venta ambulante, su principal ocupación, la competencia de los “payos” en situación precaria por la crisis, es cada vez mayor.  Sólo una minoría de gitanos ha logrado éxito en sus actividades tradicionales: anticuarios, comerciantes y sobre todo artistas muy mediaticos y aplaudidos.

Los problemas sanitarios son muchos y graves: mayor incidencia de enfermedades infecto-contagiosas, como hepatitis B y C. ; del VIH, principalmente en personas consumidoras de drogas por vía intravenosa. La alimentación y nutrición es deficiente, en los adultos se caracteriza por un consumo excesivo de café y grasas que se percibe en la obesidad de las mujeres a partir de los 16 años. Quizá por factores genéticos y culturales (la endogamia) son más probables las malformaciones congénitas. En las mujeres gitanas existe una elevada tasa de fecundidad, con embarazos y partos a edades muy tempranas y hasta edades avanzadas. Existe poca información en cuanto a planificación familiar y se ponen pocas medidas preventivas para evitar enfermedades ginecológicas. Con frecuencia las mujeres gitanas tienen excesivas responsabilidades dentro y fuera del hogar, con la consiguiente aparición de síntomas de depresión, angustia y ansiedad en algunos casos.

La presión por la supervivencia y la pérdida las pautas culturales tradicionales (el antiguo respeto a los mayores, el nuevo afán de consumo, etc.) han llevado a una parte menor de ellos a adoptar salidas extremas como la mendicidad, la prostitución, el tráfico de droga y otras prácticas delictivas; conductas incompatibles con las leyes gitanas:  la prostitución de sus mujeres, el caso de nuevos “capos” del tráfico de droga en determinados barrios cuya autoridad se puede sobreponer a la estructura del linaje y al respeto a los “patriarcas”. Finalmente, es lamentable que encuentren tantas dificultades todavía, hasta para comprar o alquilar un piso, por ser Gitanos.

No se si ellos están perdiendo “su cultura”. ¿Tenemos los payos aprecio a la nuestra? Creo que estamos equiparados y quizá es el momento propicio de encontrarnos, porque somos iguales, somos hermanos, hijos del mismo Dios.