Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Paciencia

El poeta y novelista Julio Llamazares afirmó, en una ocasión, que la literatura es una forma de vencer al tiempo. Un poema bien construido, un cuento o una novela son diferentes estrategias para burlar sus trampas. Pero no todos sabemos manejar el tiempo.

No todos tenemos la suficiente serenidad para organizar nuestra prisa y nuestra espera.

[Img #536975]Pensemos en la generosidad del que planta un árbol centenario; o imitar a los agricultores que, año tras año, siembran las tierras para pasado un tiempo cosechar; o a quienes repueblan los bosques arrasados por las llamas con nuevos árboles.

También escribir es un trabajo de reforestación permanente, una manera eficaz de dar forma a las semillas de nuestra imaginación. Pero para que el resultado sea satisfactorio, tenga sentido y sea verdaderamente natural, hay que ser pacientes.

Toda precipitación es mala y mucho más en la literatura. No hay que tener prisa por llegar a ser o publicar. El objetivo de la escritura es mucho más íntimo y personal. No se escribe para lograr un reconocimiento o un premio. Se escribe por placer. Y con ese mismo placer se debe entregar a los otros aquello que se escribe.

Un poema olvidado en un cuaderno o guardado con excesivo celo no son sino una pequeña huella de nosotros mismos. Un poema en libertad, incubado en nuestra memoria y repartido de mano en mano es, en cambio, una parte importante de nosotros mismos; nuestra seña de identidad. Porque escribir no es únicamente desahogarse. Escribir es la manera de pronunciarse frente al mundo, un ejercicio de libertad y de compromiso, una forma de vida.

Si alguien se desesperó esperando, si creyó que sus trabajos tienen fecha de caducidad, deberá buscar en la paciencia el mejor instrumento para poder ser un buen escritor.

La vida, al igual que la literatura, es un aprendizaje continuo. Pero la literatura, a diferencia de la vida, es de hoja perenne. Si un escritor perdura en nuestro recuerdo y en nuestra emoción es por su obra. De ahí que un buen texto perdure como el amor constante de Quevedo: más allá de la muerte.

Hay que administrar bien la prisa. No dejarse llevar nunca por el “aquí y ahora”. No ponerse retos a corto plazo. Ser exigentes. Repartir los textos como la lluvia; confiar en ellos; y nunca, nunca, perder la paciencia.