Miércoles, 22 de noviembre de 2017

¡Espérenme, castañeras!

Uno de los problemas de las ediciones on line de los periódicos es que, si estos llegaran a acabarse en su versión de papel, ¿cómo harían los cucuruchos las castañeras? ¿A que no se lo habían planteado, eh?

Como imagino que las castañeras siguen siendo una tradición de estas fechas, espero que todavía queden algunas ahora que, en unos días, me dé una vuelta por la patria chica… ¿No les había dicho?

En México, la verdad, no es fácil encontrar castañas. Incluso, cuando a la hora de comer tienes 25 o 26 grados –aunque refresque bastante por las noches­­–, es difícil que te apetezcan unas castañitas asadas. Desde luego, tengo amigos, no tan jovencitos, que me cuentan que no hace tanto tiempo había castañeras por la calle y, según me las pintan, no eran tan distintas de las de allá. No me consta.

Por mi parte, cuando las veo en el súper, a las castañas, me compro un puñadito, tomo la única parte de la vaporera que alguna vez he usado y me aso unas castañitas para Pilar y para mí… Hasta hago sus correspondientes cucuruchos españolizantes, que para eso compramos El País

Eso de que, al menos tiempo ha, en el centro de la Ciudad de México hubiera castañeras puede ser ejemplo de algo que compruebo a menudo en mi calidad de charro de acá y de allá –ponga cada quien el acá o el allá que le convenga–: me hace darme cuenta de que somos mucho más primos –en el sentido familiar– de lo que pensamos; también me hace ver que a veces lo que ocurre es que nos dejamos llevar por esa idea de pensar que todo empieza con nosotros, que antes no había nada, que todo lo acabamos de inventar –mostrándonos ahí como primos, en el otro sentido–.

Por eso, cuando aquí me preguntan que si echo de menos lo de allá, contesto a la gallega, con una respuesta que suena a pregunta: "puede que sí, pero allá echaría de menos olores, sabores, luces, amigos... de México"; la idea de patria, para mí, ya les he dicho muchas veces, es algo tan pequeñito que me cabe dentro y, desde luego, no sabe de fronteras. O no le importan mucho, la verdad.

Así que, como la memoria es un territorio que permite eso y más, si en los próximos días ven a un tío canoso por la Rúa, con cara de frío, una sonrisota de niño y un cucurucho de castañas calentitas, probablemente sea su servidor camino de la que fue su facultad… Y saboreando la infancia... Y la vida…

@ignacio_martins

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