Lunes, 18 de diciembre de 2017

Salamanca, la negra

En todas las ciudades hay un patio que ver, alguna casa, un niño enfermo, dos o tres museos. En todas las ciudades hay una calle antigua, prostitutas, jubilados, cementerios rotos, azafatas que miran con un silencio aéreo.

En todas las ciudades hay turistas, abogados, legionarios de Cristo, transeúntes, chatarreros y mujeres sin prisa con el pelo rojo.

[Img #296606]En todas las ciudades hay borrachos y palomas y casas con geranios y señoras gordas y gimnasios caros y academias llenas y extranjeros.

Cada ciudad esconde tras de sí otra ciudad muy diferente. Y esa ciudad, de la que viven los cronistas de sucesos, tiene otra historia y otra vida y otros hombres que pagan sus impuestos o sus culpas.

Aquí también hay dos ciudades. La Salamanca culta y limpia de los folletos de turismo. La muy noble, leal, apacible y hospitalaria. La Salamanca blanca. La renaciente maravilla  de Unamuno. Y la oculta e impía. La negra. Esa otra ciudad sumergida que se obstina en vivir y morir cada minuto. Que enseña sus escrúpulos y no deja dormir a sus  paisanos que sueñan con políticos. La Salamanca del hambre y la miseria, la droga, la violencia, el abandono y la incultura. La Salamanca que no dejar ver el bosque, la derrotada por el tiempo, la que empaña el color de las postales, la que calla y otorga. La Salamanca de Chamberí. La Salamanca de los pueblos fronterizos. La Salamanca de las inmobiliarias. La Salamanca de los curas. La Salamanca de los botellones y despedidas de soltero. La Salamanca de la barra libre. La de charanga y pandereta, la sucia, la negra.

Aquella otra, la de la copla, era mantenida por cuatro carboneritos de los que entonces llegaban de la Sierra con el mineral para ayudar a pobres y estudiantes a vencer el frío (no es casualidad que en la Iglesia de Sancti Spíritus haya una imagen del Cristo de los carboneros y que el más antiguo de los Colegios Mayores fundado en la Universidad se llamara del Pan y Carbón). La negra, en cambio, se mantiene sola, pura, intacta, ajena a la cultura y la política. Lejos de toda pretensión. Lejos de toda prisa.

Hay ciudades de vivos y de muertos. Ciudades con historia y con futuro. Y hay ciudades (adiós, señor alcalde) que aprenderán un día.

Fotografía: Pablo de la Peña