Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Oublie un livre quelque part

O “Pierde un libro”, o “Libro libre”, o “Los libros perdidos”… Hay muchos caminos para echar a andar un libro…

Yo acabo de participar por primera vez en este tipo de iniciativas; y lo he hecho en la del título, a la que me invitaron desde Francia… Gracias, Manon, por la invitación… Merci beaucoup… Y a Marie-Rose Hary, por iniciar, al menos, ese grupo…

En primer lugar, les cuento que me puse nervioso: ¿qué hago?, ¿dónde lo dejo?, si me ve alguien, se puede pensar que es otra cosa… No, no tengo pinta de terrorista, creo, eso no… Ya les digo, como un flan.

Y luego, ¿qué libro? Por aquello del simbolismo, terminé regalando –olvidando, perdiendo, liberando– uno mío… Lo dejé en un banquito, en la calle, cerca de un café, frente a una parada de autobús, en el camino del campus de la UNAM…

Y me pasé el día pensando en ello… Me sentí, lo confieso, en una especie de trasunto positivo de Fahrenheit 451 – y me refiero al libro de Ray Bradbury, pero también a la película de Truffaut, en la que sale una preciosa Julie Christie–. Claro, ya les digo, sería la versión bonita: me sentí en un mundo en el que –al contrario que en el de Montag–, se comparten –olvidan, pierden, regalan– los libros…

Es más, luego me puse marxista y pensé que queremos tanto a los libros que los sacamos del mercado… Marxista de Groucho, claro.

Y seguí pensando y recordando, y me fui a una clase de  Julio Vélez, una en la que, a pregunta –tonta– sobre si Cortázar iba a entrar en el examen, contestó, más o menos, que si eso era lo único que les preocupaba, que no, que Julio –así dijo– era demasiado importante para un examen… Y nos pusimos a hablar de “El perseguidor”… A leerlo en las voces de los otros…

No sé si eso de haber regalado una publicación mía está bien, todavía le estoy dando vueltas, pero, la verdad, me tenía más bloqueado pensar en qué libro olvidar – liberar, compartir, regalar–.

Seguí dando vueltas sobre quién lo habría encontrado; llegué a mi oficina y no pude evitar ponerme a escribir…

La historia de ese libro puede ser de amor, de misterio o cotidiana; quién sabe, a lo mejor nadie se dio cuenta y la lluvia lo echó a perder…

Fuera lo que fuera, sea lo que sea, no deja de ser literatura, ajena, viva; porque en esta historia –que ya nunca será mía; ¿o sí?–, no soy autor sino editor…

@ignacio_martins

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