Lunes, 11 de diciembre de 2017

Hablemos de sexo

Se me queja un buen amigo, entre cerveza y cerveza, de que mis artículos son demasiado culturales para su gusto. Y pone énfasis en la palabra culturales al decirlo. En ese instante, cómplice de su protesta, otro amigo toma vela en nuestro entierro y, apurando su trago, entre reproches y bromas, argumenta –lo cito literalmente– que él también me leería con más complacencia si en vez de tanta poesía, tanta música y tantos comederos de cabeza hubiera más sexo.

[Img #294309]Es justamente al pronunciar la palabra sexo, cuando dos amigas y un amigo más se nos suman a la conversación, improvisando, entre risas, los próximos temas sobre los que podrían tratar mis siguientes artículos. (Temas que, por respeto a mis lectores más impresionables, omitiré en su totalidad, pues no suenan igual citados en un texto de prensa que entre amigos, un sábado de cañas). En ese instante, el coloquio ya ha tomado un cariz de guasa general y hasta el camarero, saliendo de otra conversación sobre fútbol, levanta la voz desde detrás de la barra y opina, muy seriamente, que si hubiera más sexo en los periódicos, la gente los leería más.

Las miradas de medio bar me buscan, como indirecto causante de las críticas y el cachondeo. Atención general que aprovecho para argumentar, también entre bromas, y acompañando mis palabras de cierto fingido ademán de ponente académico, que el sexo, como cualquiera con cierto criterio existencialista, prefiero practicarlo antes que teorizarlo sobre un papel, y que para hablar de una materia tan crucial y compleja ya existen muchos estudiosos (demasiados, quizá) más entendidos que yo. Y, en este punto, hago una pausa y agrego irónicamente: al menos en lo referente a la teoría

Hay risas y opiniones para todos los gustos. La guasa avanza de forma espontánea y todo el que va llegando al bar parece encontrarse encantado con la conversación. Pero mis amigos, que me conocen bien, no quedan satisfechos del todo con mi respuesta y me retan a sorprenderles, llegando a firmar a siete manos, sobre una improvisada servilleta de Cruzcampo, un acuerdo por el que me comprometo a hablar de sexo en mi próximo artículo, dejando estipulado incluso el que será su título, homónimo de aquel famoso programa de televisión de los noventa: Hablemos de sexo.

Finalmente, rubricamos el pacto con un brindis. Y hasta el camarero promete comprar el periódico para que todos los clientes sean testigos del resultado del contrato. Nos despedimos hasta la semana siguiente. Mis amigos se marchan a sus casas con ciertas sonrisas maliciosas y las miradas pícaras de quienes saben que cumpliré mi palabra.

Pues bien, aquí estoy. Ningún tema me es ajeno. La literatura debe reflejar la vida, y sin sexo no habría ni la una ni la otra. Si hay que escribir de sexo, escribiré de sexo. Y no voy a andarme por las ramas. Iré al grano, al epicentro, a la guinda del pastel, al meollo del tema… Empezaré por el final: hablaré del orgasmo. 

(Y, para introducir el tema, debo agradecer la inestimable ayuda de un libro entre muchos: “The science of orgasm”, es decir, “La ciencia del orgasmo”, del cual he rescatado para la ocasión una deliciosa definición básica y la sabiduría de siete teorías sobre sexo y salud que me gustaría –y deseo que todos los derivados de la palabra gusto sean bien acogidos en este texto– compartir con mis lectores; en especial, por supuesto, con mis amigos y también con todos aquellos que echan de menos más sexo entre las heterogéneas temáticas de las que alguna vez ha tratado en esta Locura ordinaria. Pretendiendo, de paso, que tan sólo lo echen en falta como lectores)

 

LA DEFINICIÓN

El orgasmo puede definirse como el punto máximo de placer que experimenta una persona. (Donde se lee placer, entiéndase placer físico). Se consigue estimulando no sólo sus áreas genitales sino cualquier otra zona erógena, aunque a veces basta con mantener un pensamiento altamente placentero para alcanzarlo. (Cabe decir que la tercera posibilidad, a la que nombraré libremente como “la posibilidad de Santa Teresa”, no está al alcance de todos). Y su manifestación se puede descubrir de forma individual o en pareja. (Aquí podríamos aceptar otras muchas variantes, pero no vamos si quiera a suponerlas) 

 

LAS SIETE TEORÍAS

Estos son, según mis anotaciones sobre este libro, los ocho últimos descubrimientos sobre el orgasmo como beneficiario de nuestra salud, obviando el ya consabido de la quema de calorías (tres veces más, por cierto, si lo experimentamos es en la ducha y no en su más clásico terreno de juego: la cama):

 

PARA ELLAS:

1.- El orgasmo estimula ciertas hormonas femeninas capaces de rejuvenecer el aspecto de la mujer, nutriendo la piel y oxigenando el cuerpo. 

 

PARA ELLOS:

2.- Un estudio de diez años de seguimiento por parte de investigadores británicos contempla la relación entre orgasmos frecuentes (uno o dos por semana) y el índice de mortalidad en varones. Demostrando que los hombres que tienen orgasmos frecuentes corren un riesgo de muerte 50% más bajo que los hombres que tienen orgasmos con una menor frecuencia (menos de uno al mes).

3.- Estudios a 2000 hombres menores de 70 años por parte de investigadores australianos demuestran la conexión entre los hombres que eyaculan con regularidad (cuatro o más veces por semana) y una reducida incidencia del cáncer de próstata.

 

PARA AMBOS:

4.- Otro tipo de investigaciones han defendido el efecto de atenuación energética y relajación natural que tienen en las personas la oxitocina y otras endorfinas que se liberan durante el orgasmo, así como los efectos protectores contra el cáncer y las enfermedades cardiacas de la dihidroepiandrosterona.

5.- El orgasmo puede aliviar fuertes dolores de cabeza, descongestionar la nariz y ayuda a combatir algunas alergias.

6.- En el momento del orgasmo, el cerebro se relaja con gran intensidad, favoreciendo la inhibición de malos pensamientos, recuerdos tristes y sensaciones de estrés y ansiedad.

7.- Un estudio realizado en la Universidad de Wilkes (Pennsylvania) observó que las personas que llegan al orgasmo asiduamente (cinco o más veces por semana) presentan en un 30% más un anticuerpo que ayuda a fortalecer el sistema inmunológico. 

Y para los que están pensando en el onanismo como método de salud placentero, agregaré un consabido octavo punto, muy importante: Llegar al orgasmo en pareja reprime la sensación de soledad y abandono. Y cito aquí uno de los más conocidos aforismos del poeta Vicente Núñez: ¡Oh sexo no engendrante, oh sexo como cura!

En fin. Se me quejaba un buen amigo, entre cerveza y cerveza, de que mis artículos son demasiado culturales para su gusto. Deseo, al menos, que este le haya sido placentero.