Viernes, 20 de julio de 2018

Inés Luna Terrero, una heredera rica que se adelantó a su tiempo

El 2 de julio se cumplen 133 años de su nacimiento, le dedican una calle en la localidad de  Vitigudino y se estrena un documental

Inés Luna Terrero, una mujer incomprendida antes y después de su muerte

Construir el puzle de la vida de Inés Luna no es tarea fácil. Entenderlo en el escenario y en el contexto histórico de la España y la Salamanca que le tocó, menos. Desde que nació (en 1885, Bagneres-de-Luchon, Francia) hasta su muerte (en 1953, Barcelona) fue cumpliendo una biografía singular, la de una heredera rica que hizo en cada momento lo que lo dio la gana, la de una mujer que se atrevía a hacer lo que no hacían en aquella época otras mujeres. ¿Una pionera? ¿Una adelantada a su tiempo? ¿Una moderna? ¿Una caprichosa? ¿Una excéntrica?

En la sociedad salmantina de después de la guerra civil, rural, atrasada, pequeña, envidiosa, aplastada, no se entendía que una mujer sola, elegante y rica heredera, se comportara como ella hacía: Ni que fumara, ni que se pusiera cadenas de oro en un tobillo, ni que llevara escopeta y supiera tirar, ni que se riera de las costumbres bien pensantes, ni que tuviera un paraíso en el medio de una dehesa, ni que frecuentara los casinos ni que vistiera pantalones, ni que se pusiera al volante de un automóvil en un sitio lleno de carros.  Pero tampoco que fuera mujer leída, viajada, independiente, soltera, culta, muy bien relacionada y cabezota. En la de antes de la guerra, tampoco.

Hija de Inés Terrero, rica hacendada, y de Carlos Luna, un emprendedor buscavidas que hizo dinero poniendo la luz eléctrica en la ciudad del Tormes, cada una de las etapas de su existencia contienen material suficiente para hacer una película: una infancia regalada, entre Madrid y Salamanca, atendida por institutrices inglesas y francesas con veraneos en San Sebastián, en Biarritz o en los balnearios; el principio de siglo de jovencita casadera relacionada con la aristocracia y habitual de las fiestas en la corte madrileña; los ecos de una primera guerra mundial como activa participante en las obras sociales de la nobleza; una cierta Belle Époque de los alegres años 20 con continuos viajes por el extranjero en compañía de su miss inglesa; la República como terrateniente; la guerra civil y la requisa de sus coches por parte de las tropas nacionales; y una rara relación con el franquismo y las autoridades de la rancia Salamanca de la posguerra. Se hablaba en el campo charro de la Bebé, así la llamaban, y nadie pensaba en Brigitte Bardot, era Inés Luna a caballo. Algunos dicen que desnuda. Sobre ella han inventado y exagerado mucho.

Sus lujos, sus luces y sus sombras, sus contradicciones y su idiosincrasia, conforman una biografía nada convencional que incluye una larga lista de entregados pretendientes adinerados y otra no menos cumplida de amoríos posibles e imposibles. Los más sonoros, el conde de Alba de Yeltes, Gonzalo de Aguilera, y el dictador Miguel Primo de Rivera, pero no los únicos.

Era buen partido, pero no fácil. Ninguno de sus muchos postulantes logró abrir del todo su corazón. Posiblemente porque fue una mujer libre, autosuficiente, engreída, capaz y muy superior a quienes probaron a conquistarla. Quizá nadie se atrevió del todo porque pensaron que no tenían la altura suficiente.

El palacete de El Cuartón de Traguntía, donde se refugiaba, y recibía cuando le petaba, su Liberty House, era tan poco usual como la personalidad de Inés Luna.  Agua corriente cuando no se conocía tal cosa en toda la provincia, jardines orientales, luz eléctrica, la primera piscina conocida, cuartos de baño, sauna, calefacción, sala de música, esculturas de mármol, lámparas de Venecia, alfombras de pieles exóticas… un paraíso lúdico, burgués, moderno y extravagante, un choque para el lugar y la época, los años veinte, treinta, cuarenta y cincuenta de aquella España profunda. Unos lujos y unas modernidades inauditas en medio de un mar de encinas en el oeste salmantino.

Allí se escondía, allí volvía de sus escapadas. Organizaba cacerías para amigos y gente de postín o montaba representaciones teatrales, o enseñaba a sus empleados las fotografías y las películas de sus viajes.

Pero si su vida fue manifiestamente novelable, no lo fue menos su muerte. Murió en Barcelona, el 7 de febrero de 1953, en los brazos de su fiel ama de llaves, Consuelo. Soltera y sin descendientes. Mediante testamento sacramental, repartió su hacienda, sus fincas, sus casas, sus acciones, sus joyas, entre sirvientes y obras sociales y piadosas. El Estado no aceptó tal testamento, y se inició un largo proceso judicial.

“Como ese testamento se revocó, se precintó toda la casa y empezaron a sacar camiones y camiones que veía la pobre Consuelo, con lágrimas en los ojos, cómo se los llevaban. Veía desde la parte de atrás del palacete salir camiones de ropa, de cuadros, de muebles, todo se subastó en Salamanca”. Esto me lo contó hace unos años sor Vicenta.  Era, y es, una monja con buena memoria que me habló de su superiora en el colegio de El Pilar de Vitigudino, sor Pilar Suárez, y de la estrecha relación que ésta tuvo con Inés Luna.

Me dijo que durante el verano de 1955 “un día llamó el obispado, para informar de que venía el obispo, Francisco Barbado Viejo, que era dominico, a pasar visita a los pueblos de Salamanca y que quería parar allí, en el colegio de Vitigudino. Fue a ver a sor Pilar que la quería mucho porque era asturiana y él también. Y uno de los días que estaba allí, claro teníamos que dejar habitaciones, una para él, otra para su ayudante, y le dijo el obispo “oiga sor Pilar y ¿aquella señora, -dijo una frase un poco despectiva-, ¿qué fue de lo de aquella señora amiga suya?” No sé si dijo loca o algo así. Y sor Pilar, como sabía toda la historia dijo, “sí, sí, monseñor, muy rara o extravagante sería, pero de usted y de sus seminarios bien se acordó”. Qué dices, le dijo el obispo. Y sor Pilar, “pues el testamento que hizo y no han aceptado, ahí venía tanto para los maronitas, tanto para el seminario. El hecho fue que, a los ocho días de esa conversación, vino esta noticia en el periódico, ‘Barbado Viejo con Franco’.  Se ve que fue a ver a Franco, y ese testamento se aceptó. Se cumplió al pie de la letra lo que decía la señora Inés Luna”.

No se cumplió exactamente al pie de la letra, como asegura sor Vicenta. Quedaron muchas cosas por cumplir, pero es cierto que Francisco Franco firmó el decreto-ley por el que se instituye la Fundación Inés Luna Terrero, el 22 de septiembre de 1955.  Se conformó un patronato y precisamente el primer presidente fue el obispo Francisco Barbado Viejo.

 El palacete se fue cayendo por la ruina y el abandono, de tristeza y desolación. Nadie se preocupó de cuidar la mansión de respetar la memoria de su dueña. Los objetos se subastaron, algunas de las fincas se vendieron. Lo que queda lo administra una celosa fundación que cumple algunos de los mandatos de Inés Luna y vela por su nombre. Ha reconstruido el palacete y lo ha convertido en un hotel. Parece que se irritaba mucho cuando las cosas no se hacían a su gusto. Hoy estaría muy enfadada.

Dejaba Inés Luna en aquel testamento dinero para el hospital, para residencias de ancianos, para becas a niños necesitados de la zona… Es decir, “el cumplimiento de dos grupos de fines: Culturales y Espirituales, benéficos y sociales”, que es lo que disponía el decreto ley de Franco.  “Y más, algo más”, sigue contando sor Vicenta, “sobre todo que sus restos los trasladaran al Cuartón y nombraran un capellán perenne para su alma”.  Recuerda que esto, “lo del capellán, dijo el obispo, de eso nada, yo no voy a mandar un capellán a cuidar vacas, que es lo que hay allí”. Pero entonces coincidió que a nosotras se nos había muerto un sacerdote muy mayor, don Jesús. Fíjate como era que se quedaba dormido confesando, las chicas del colegio decían “don Jesús que ya he terminado”. Y él entonces decía, “Bueno, hija pues a ser buena”. Bueno, como el patronato nuestro estaba a las tres menos cuarto, pues ese capellán no se sustituyó. Entonces el señor obispo planteó esto al patronato de la fundación y dijo, “los restos se traen, pero se traen al colegio, y se nombra un capellán para esta señora”. Y llevaron los restos de Barcelona al colegio, donde están, y de capellán fue don Teófilo. “Vino al colegio de capellán y profesor de latín y de religión”.

He hablado con muchos testigos como sor Vicenta, vecinos, trabajadores, también con los miembros de la fundación, si bien estos son menos colaboradores, como si no quisieran que entrara el aire en las estancias cerradas. Con la recopilación de testimonios, la consulta de vivencias, la revisión de documentos, de catastros y padrones, de la correspondencia que se guarda en el Archivo Provincial, la lectura de los trabajos que se le han dedicado, pretendo comprender quien fue. Voy constatando que fue una mujer excepcional, impensable en estas tierras y en aquella época. Pero sobre todo compruebo que no fue comprendida, ni en vida ni después.

Pude entrevistarme también con don Teófilo Alonso Alonso, el capellán. Me dio una visión muy particular de Inés Luna, de su existencia, de su manera de ser, de sus atuendos y de sus amistades. No era hablador pero tenía las ideas muy claras en el encuentro que tuvimos en su propia casa, del barrio de San Bernardo. Contestaba a mis preguntas de manera rotunda y la palabra que más empleó fue, rara.  “Tenía unos gustos muy raros, pero muy raros”. ¿Pero en qué sentido?, “Pues hombre, muy extraños muy fuera de lo normal. Esa relación que tuvo con los maronitas, por ejemplo, pues llamó la atención bastante”. Pero sí era  religiosa, “Si, pero la forma de comportarse no era normal. Igual que hablaron de sus relaciones con la miss, son extraoficiales, habladurías”

Incluso se había fijado bien en su forma de vestir, llamativa, “ella traía vestidos o cosas distintas de fuera y se los ponía, cosas que aquí nunca se habían visto. La gente la veía rara”. Quise saber si eso provocaba admiración o rechazo, y don Teófilo estaba convencido que “Más rechazo. Normalmente no se le tenía cariño. Había algunos que sí, o algunas que sí, pero normalmente no. A la burguesía le daba poco más o menos. Entre la gente del pueblo había rechazo. Por muchos no era bien vista”. Le pregunté qué imagen guardaba él de ella, “Era un personaje muy llamativo en su época, muy fuera de su contexto normal. Hacía su vida. Tenía unas ideas que  no se conformaban ni reajustaban a la época”. Lógicamente pregunté a qué ideas se refería, “Ideas políticas, estéticas, de todo tipo. Era de armas tomar, no creas tú que ella se achicaba por las buenas. No era nada desvalida”. También curioseé sobre qué le parecía su relación con la directora del colegio, sor Pilar, “Mejor hubiera sido que no se hubiera acercado tanto. Porque eso no era bien visto por bastante gente que sabía que existía esa relación. Y una monja debe de tener una forma de ser y de actuar que lleve a otro trato distinto. Muchos no tenían idea de la relación entre ellas”.  Ahí le pregunté si de eso él habló con sor Pilar, “Ella sabía que yo no estaba de acuerdo en algunas cosas, pero muy poquitas veces hablé yo con ella”. Parece que las dos mujeres habían conectado muy bien, “sí, era gran defensora de la señora. Ya lo creo, y ella se portó muy bien con sor Pilar. Tonta no era  Inés Luna Terreros, era una persona con una personalidad muy acusada”. A lo que se ve, sor Pilar también, “Ya lo sé yo. Eso pudo ser, que conectaran”.

También tenía opinión el capellán de lo que había a su muerte en el palacete de El Cuartón, “de todo, y de oro y de plata: Había unas lámparas preciosas y valiosas. Y una biblioteca buena. Yo creo que la mayoría fue a manos privadas”.

Don Teófilo dijo mucho sin decir. Evitó algunos nombres, rodeó ciertos acontecimientos, pero, como el obispo, tenía una idea formada de Inés Luna: que sobre todo era rara. Quizá lo que quiso decir en el fondo es que fue distinta. Siempre estuvo acostumbrada, desde niña, a que a su alrededor se hiciera su voluntad. Así que como no tenía que dar explicaciones a nadie, no las daba. Eso chocó mucho.

Y sigue chocando. Dicen que han hecho un documental para cuidar su imagen. Inés Luna no necesita que le laven la cara ni que endulcen su fama. Lo rechazaría. Siempre hizo lo que le quiso, le gustaba ir a la contra, no le importaba que se escandalizaran con su vida. Sospecho que le gustaría que la descubrieran en todos sus matices, que la entendieran. Sólo hubo una persona que la quiso, que se entregó a ella, que supo de verdad, que no la cuestionó, que la aceptó como era: fue su fiel Consuelo. Su maleta, donde guardaba recuerdos y papeles, está llena de secretos. Confirma que Inés Luna tuvo una vida de novela que ni se ha contado ni se ha entendido.

Miguel Ángel del Arco
Escritor
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