Miércoles, 18 de julio de 2018

Auschwitz

Volaba un pájaro sobre nuestras cabezas y rompía el azul electrizado de un horizonte a gritos. Cómo explicar esa extensión de tierra, plana, ancha, vacía de la posibilidad de decir algo, cualquier cosa, que la describa. Cómo hablar de esa línea que fue cruzada por los seres humanos después de la cual nunca podremos volver a ser los mismos jamás. Cómo. Los edificios son todos iguales. Ladrillos rojos, techos a dos aguas, ordenados en una red de ángulos rectos, con número al lado de la puerta.

Entrar, como visitante a salvo una vez que ha pasado el tiempo, entrar con el ceño fruncido y con los pasos queriendo devolverse, entrar para intentar qué cosa. Entender no. Entender nunca. Cómo entender ese proceso documentado en las fotografías que muestran cientos de rostros llegando, bajando de vagones de carga sin ventanas, cientos de mujeres, de hombres, de niños viajando kilómetros días de pie, desfalleciendo de oscuridad y de sed. Más adelante: una imagen borrosa de mujeres desnudas caminando hacia las duchas falsas de las que no salían. Morían en menos de veinte minutos hacinadas en un espacio en el que los encargados arrojaban, sin que nadie los viera, bolitas blancas. Aquí, a la derecha, en esta vitrina, una muestra de dichas piedritas blancas, cada una del tamaño de una alubia, letales al calor de los cuerpos humanos, sublimadas en gas asesino. Aquí, a la izquierda, en esta vitrina, los documentos llenos de números firmados por alguien. Firmados. Por alguien. Cómo. Por qué. Alguien firmaba la cuenta de los cuerpos humanos sin vida que serían llevados a la siguiente cámara, los hornos. Después, usaban la ceniza para fertilizar los campos porque nada podía ser desperdiciado, funcionaba como una industria, dice la mujer que relata lo que los documentos cuentan. Alguien firmaba. Doscientos treinta y tres, en ese día de 1944. Y cada día, cientos. Entender, no. Entender, nunca. Cómo.

Ahora subiremos, dice nuestra guía, será difícil, si alguien quiere quedarse volveremos a bajar por este sitio, las escaleras son estrechas. El hecho de que cada peldaño esté ahuecado en el lugar en donde caen los pasos al subir me estremece con violencia. Allí están los escalones hendidos por el desgaste de los miles de pisadas que hicieron ese trayecto, y tu pie cómodo vestido en zapato de turista encaja allí, en esa cicatriz del cemento atenazada de dolor por los pasos que entraron para no salir jamás. Unos detrás de otros en ese espacio diminuto, somos cuarenta visitantes y nuestros hombros se rozan. En aquel tiempo fueron seiscientos, setecientos, que habían sido escogidos para trabajar en la fábrica, como esclavos, escogidos para no morir aún en la cámara de gas. Mi pie encaja en el peldaño y algo en mi adentro se resiste con fuerza, ya no quiero subir pero detrás de mí hay veinte personas y no tengo opción de volver sobre mis pasos, su empuje me obliga a mirar. A mirar. Con los ojos como platos asidos al terror. Hay vitrinas que dicen lo que jamás podrías imaginar cuando lo lees y sabes que fue horrible pero no lo dimensionas, cómo podrías si todavía no has visto esos miles de maletas marcadas con el nombre de los que fueron llevados hasta allí. Si todavía no has visto esa vitrina que tiene dos toneladas de pelo humano —lo quitaban de la cabeza de los cuerpos inertes antes de quemarlos— si todavía no has visto, en mitad de ese océano de cabello, una trenza con su lazo cuya dueña entró allí sin saber. No sabían a dónde entraban ni por qué.

Hay un salón entero repleto de zapatos, una montaña de zapatos y, entre ellos, uno pequeño, rojo, con una flor para adornar. Hay una vitrina llena de zapatos de niñas, de niños. Entraban a la cámara con sus madres, dice la mujer que nos lo cuenta, para que no lloraran, no querían desorden en el campo. Quiénes eran esos que no querían qué. Cómo cruzaron esa línea que separa, para siempre, al ser humano de sí mismo, por qué. Usaban el pelo para hacer tejidos y la ceniza como fertilizante, porque nada debía desperdiciarse. Cómo cruzaron esa línea, cómo mordieron los nervios hasta rasgar todo vestigio de empatía, de ternura. Había niños también. Niños. Y llegaban directo a la ducha porque no servían como esclavos para trabajar en las fábricas, los recibían, con sus muñecas y juguetes. Sabían que los iban a morir. Cómo cruzaron esa línea cómo, con cuáles bocas o colmillos, con cuáles ojos firmaron sin temblor en el pulso, con cuál estómago sabían lo que estaban haciendo para no enloquecer. Para no enloquecer. Para no.

Bajamos por las mismas escaleras ahuecadas y nos llevan, a los visitantes, a otro edificio que llaman de la muerte, a las celdas sin luz y sin aire en donde se secaban, los allí recluidos, de hambre y de sed. Allí gritaban a oscuras. El aire era espeso y los gritos quedaron encastrados en huecos de tiempo, se oyen todavía cuando pasas. Y te llora la imposibilidad de entender. Pero te llora sin lágrimas porque el horror es seco, abisal, mudo. Ese horror, la vitrina que protege una montaña de monturas de gafas que usaban las personas que entraron en este edificio hace setenta y cuatro años, fue ayer apenas. Cómo. Este horror. Auschwitz. Que te obliga a decir cómo ha podido, por qué, no lo olvides, no puede repetirse, es terrible, y que te llena el cuerpo entero de porqués sin alguna respuesta. Este horror. Auschwitz. Que te corta de tajo las palabras.

Varsovia, 29 de junio de 2018