Viernes, 22 de junio de 2018

¿De verdad queremos al río Tormes?.

No sé si mi percepción es equivocada, pero creo que los salmantinos nos ufanamos por el rio que pasa por nuestra querida ciudad, que desde luego tiene prestancia. No es ese regato con pretensiones que se nos viene a la mente cuando mencionamos el Manzanares, por ejemplo, para mirar a Madrid por encima del hombro dado que suele existir cierto resquemor hacia ciudades que consiguen ser más que la nuestra. Desde luego que la estampa de la vieja Salamanca reflejada en el rio Tormes resulta espectacular, impagable, y provoca cierta envidia en muchos de quienes nos visitan.

El río Tormes, seguramente el principal motivo de nuestra existencia, tiene apariencia de importante y eso nos hace sentir cierto orgullo por formar parte de nosotros. Otra cosa es cómo lo tratamos, sobre lo que no tengo una opinión muy positiva. Es cierto que las orillas ganan atractivo en algunas zonas frente al maltrato de otras, y depuramos mejor el agua que tomamos prestada antes de devolverla. Aunque aguas arriba cerramos los ojos ante los efectos del riego en la agricultura, que arrastra pesticidas y otras cosas. Y olvidamos que trasladar la toma de agua de la potabilizadora al Azud de Villagonzalo aumenta la paulatina sensación de pantanización del río, pues posibilita reducir de forma excesiva su caudal.

Es indudable que el río está humanizado, lo usamos desde hace incluso miles de años, y un ejemplo muy visible son las pesqueras. Ya vivimos la destrucción de una en Tejares por intereses nada colectivos y que costará dinero público reconstruir. Y ahora la que conforma la imagen de nuestra ciudad ha sido derribada parcialmente por el ímpetu del Tormes en tiempo de lluvias, pero también por el abandono. De “la aceña del Arrabal” ya hay noticias a finales del siglo XV, casualmente cuando desaparece el peligro latente de invasión desde el sur de la Península que tanto ha condicionado la evolución urbanística de la ciudad, la obsesión por vivir durante siglos a espaldas del Tormes.

Y al desaparecer el pequeño azud descubrimos que el agua disimulaba nuestro no tan escondido desprecio por la naturaleza. Porque el río es también un vertedero al que tiramos casi cualquier cosa, cuando tenemos razonablemente resulta la recogida y tratamiento de residuos. Agravado por ese proceso de pantanización que deposita grandes cantidades de arena que paulatinamente lo van colmatando. También vemos que, a pesar de las decenas de páginas que los proyectos de obra dedican a la recogida de residuos que generan, han aparecido restos sospechosos bajo el Puente Enrique Esteban. Que denotan falta de control por quien encarga la obra, pero sobre todo falta de respeto y compromiso de quien la realiza. Que por muy lejos que tengan su sede social, los efectos adversos del maltrato al Medio Ambiente no entienden de distancias ni fronteras.

Ahora sólo falta que, cuanto antes, se reconstruya la pequeña presa y se limpie el río. Pero no olvidemos que cobija vida, en especial sus orillas, y la limpieza no puede ser meter una excavadora y arramplar con todo. La Universidad tiene un “Centro de investigación y desarrollo tecnológico del agua (CIDTA)”, y supongo que algo tendrán que decir. Y ya ha trabajado por aquí alguna empresa especializada y puesta al día en estos temas. Pero sobre todo, tenemos que ser conscientes que no somos los dueños del planeta, sino unos simples usuarios pasajeros, y que es nuestra obligación, aunque sea por el egoísmo de nuestra propia calidad de vida y supervivencia, conseguir que quede de la mejor forma posible. Para no tener que limpiar después, lo mejor es tratar al rio Tormes con respeto, y sobre todo mucho cariño.