Viernes, 22 de junio de 2018

Nadie nace odiando

El monstruo imaginado por Mary Shelley grito mirando fijamente a los ojos de su creador el doctor monstruo Frankenstein: ¿Cómo puedo ser generoso con los demás si los demás se muestran implacables conmigo? Si tú me precipitaras por estos barrancos helados, o me destrozaras con tus manos, ¿verdad que no lo considerarías un crimen? ¿Por qué, pues, he de respetar yo a quien me desprecia?

Mamoudu Gassama buscaba un lugar donde ver el partido de futbol cuando escuchó los gritos de un grupo de personas con los ojos clavados en un niño pequeño que colgaba de la ventana de un cuarto piso. Mientras los demás observaban, Mamoudu se lanzó a una arriesgada escalada por la fachada del edificio hasta lograr poner a salvo al chico.   

Procedente de Malí, con sólo 22 años, ya se había jugado la vida con anterioridad cruzando el Mediterráneo desde Libia en una insegura embarcación hasta llegar hace 8 meses a París. Como otros muchos inmigrantes estaba en situación “irregular”, sin papales y sin trabajo. El anonimato fue su escondite para no ser deportado. Era uno de esos miles de personas que vienen a Europa en busca de una oportunidad y a los que las leyes proscriben y persiguen, pero su gesto le situó ante los ojos de todos y eso podría tener consecuencias no deseadas, entre ellas haber perdido la vida en su escalada, pero nada de eso le importo: “No dudé. Vi a un niño en esa situación y no pensé en nada, sólo en que había que salvarlo y, gracias a Dios, lo salvé”. Está claro que el joven Gassama no se hizo la pregunta de la criatura de Mary Shelley ¿Por qué he de respetar yo a quien me desprecia?

Hoy, el espeluznante video de su rescate, gravado por un transeúnte, se ha hecho viral. La gente le admira, el presidente francés, Emmanuel Macron, le ha condecorado, le ha prometido la ciudadanía francesa y le ha ofrecido trabajar como bombero en París. Por fin Mamoudu tendrá lo que con mucho sacrificio vino a buscar. El precio ha sido alto, pues por dos veces tuvo que poner en riesgo su vida, pero en apenas 35 segundos, lo que tardó en escalar los cuatro que le separaban de aquel pequeño, todo fue posible.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de enero a mayo de este año 2018 son ya más de 30.000 los inmigrantes que han llegado a Europa a través del Mediterráneo. Personas que huyen de la pobreza, la esclavitud, la violencia o la guerra. Personas a las que se rechaza, cuando no se odia, contra las que se dictan leyes en Europa en aras de garantizar nuestra seguridad, lo cual es imposible, leyes que no tienen justificación ni social, ni económica ni desde luego humana.

Está cada vez más claro que nuestra vieja y anquilosada sociedad occidental precisa de profundos cambios. Cambios que ni sus dirigentes ni sus ciudadanos parecemos estar capacitados a realizar. Cambios orientados a construir un futuro a medio y largo plazo, imposibles de visualizar cuando se piensa en términos de supervivencia y de próximas elecciones. Por ello esto cambio, yo estoy convencido hace años, tendrá que venir de fuera y deberán tener otros protagonistas. Cambios indispensables que se producirán por las buenas o por las malas, pero que son inevitables. 

La generosidad, de la que Mamoudu nos dio un admirable ejemplo, es en mi opinión una de las cualidades que no distancia de los seres irracionales, que nos hace humanos y como con gran acierto afirmaba Nelson Mandela: “Siempre he sabido que en el fondo del corazón de todos los seres humanos hay misericordia y generosidad. Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su procedencia o su religión. El odio se aprende, y si es posible aprender a odiar, es posible aprender a amar...” Igualmente es posible aprender a comprender y a respetar, pues son los primeros pasos hacia una convivencia humana igualitaria y pacífica. Que las generaciones venideras sean capaces de darlos depende en gran parte de nosotros. Veremos.