Lunes, 18 de junio de 2018

O´Rei Cristiano

Hay que tener valor para acusar a Cristiano Ronaldo, máximo goleador de la Champions League por sexto año consecutivo, dominador de toda suerte de remates desde todo tipo de distancias, estilete incomparable en una época sin nueves. Si con algún eslogan se recordará a este equipo cuando el tiempo reduzca a polvo anécdotas y titulares, disculpe pequeñas ofensas y colmate de sedimentos los ríos de declaraciones y rumores, será el de “El Madrid de Cristiano”. El “Madrid de Cristiano”, sí, como el de Di Stefano, que no el de Puskas, Gento o Kopa, por si hubiera alguien tentado de hacer un ejercicio improvisado de reparto de méritos con Ramos, Isco o Benzema, por buenos jugadores que estos sean.

Comprendo que sus declaraciones tras el pitido final pudieran parecerle “poco generosas” a Vicente del Bosque, eterno candidato al Premio Nobel de la Paz, y que el aficionado madridista las tildara de egocéntricas desde su bloque de propietarios o en una de las cuatro habitaciones que se alquilan en el extrarradio de Zaragoza o Albacete. Es más, puede que fuera el momento del equipo, y que Cristiano hubiera podido exteriorizar las dudas acerca de su continuidad más adelante, limitándose a ofrecer el discurso de manual al que estamos acostumbrados: estoy muy feliz por el equipo, el mérito es de todos, desde el utillero hasta el presidente, sin olvidarme del embajador de la fundación en el Congo. Pero no, Cristiano no quiso ocultar su decepción por no haber marcado, su oficio, y por no haber sido suficientemente condecorado por un club del que todos sabemos que arrastra una historia negra de despedidas amargas, marcadas por el silencio y la vergüenza del que es consciente de la mezquindad con la que trata a sus ídolos cuando se aproxima su último baile.

Solo así, siendo brutalmente sincero consigo mismo, los suyos y cualquiera que le ponga un micrófono en la boca, ha conseguido Cristiano ser quien es. Y es que en Madeira, donde el honor sustituye al dinero, solo gana el que juega de verdad, el que reniega de su suerte y su destino y lo pone en juego en cada lance. De ahí esa arrogancia que, vista desde fuera, lo incluye en el vagón de los apestados, en el de los intensos y malditos. Si fuera tan mal compañero como lo tachan quienes lo juzgan con una severidad que nunca osarán emplear para sí mismos, no hubiera recibido de sus compañeros ese cariño sincero que perdona la chiquillada y la pataleta, errores minúsculos al lado de tanta grandeza.

Pero aunque todo lo recogido en los párrafos anteriores tenga algo de cierto, cuéntenme, a pesar de todo, entre los valientes que no jugarían nunca en el equipo de Cristiano Ronaldo, que se negarían a ponerle un centro preciso, como los que le sirve Marcelo, en la bota o en la cabeza, entre los que no moverían un músculo, como hace Keylor, para parar un balón en la portería contraria a aquella en la que marca el glorioso astro portugués. Si jugara con Cristiano no recorrería, como Casemiro, treinta metros al sprint para hacer una cobertura, ni festejaría, como todos sus compañeros esa estupidez que, de tan paródica, solo puedo imaginar sobreactuada, muy lejos de su verdadera versión en el vestuario. O eso quiero pensar, a punto de acostarme en un barrio de Salamanca, muy lejos del palacio donde habita O´Rei Cristiano. Con cero Copas de Europa.