Lunes, 18 de junio de 2018

Pepe Somoza, el apuesto novillero zamorano

Por los campos del Yeltes y el Huebra, junto a la amplia comarca de Ciudad Rodrigo, era frecuente escuchar hablar sobre el crimen de Pinilla, el mismo que protagonizó las crónicas de sucesos en la España negra de la postguerra. Ese crimen, acaecido en el escenario de la dehesa de Pinilla –finca situada entre los pueblos de Puebla de Yeltes y Aldehuela de Yeltes-, causó una enorme conmoción social en la época, dadas las dramáticas circunstancias que lo rodearon y la fama que avalaba de asesino, José Rodríguez Somoza, conocido por Pepe Somoza, quien había sido novillero de postín y del que quedaron escritas unas coplas que muchos lugareños, aún, recitan de memoria.

Pepe Somoza era zamorano. Hijo de un afamado fotógrafo –y también crítico taurino de un diario local- que firmaba sus crónicas e instantáneas con el sobrenombre de Pedro Duero y dejó una huella tan enriquecedora que ha llegado a nuestros días. Pedro Duero fue habitual en los callejones de los cosos de Zamora, tanto la capital como la provincia, al igual que también en Valladolid y Salamanca, gozando además de la amistad de destacados toreros, entre ellos Manolete, los Bienvenida, Manolo Escudero o Luis Miguel Dominguín… también estaba unido a la familia ganadera Molero y al Conde de Colombí. Su hijo Pepe Somoza era alto y elegante, con guapura natural, de porte distinguido y unos andares con tanta solemnidad que la gente se paraba para verlo cuando iba camino de su casa y transitaba por las calles de Santa Clara, San Torcuato o la Plaza Mayor. Era un Petronio y hasta las mujeres más guapas de Zamora y Salamanca –donde cursó los primeros cursos de la carrera de medicina- se lo rifaban, porque además tenía arte y simpatía.

Influenciado por el ambiente familiar y la cercanía a varias figuras, un día decide aventurarse en el toreo y, tras prepararse, empieza a actuar en el ámbito de su Zamora, también Salamanca, Valladolid... A nadie pasa inadvertida su trayectoria, donde nadó entre la genialidad y el petardo. Entre el eco de su arte y los habituales sainetes. Con esa hoja de servicios se presenta en Madrid en septiembre de 1946, dejando detalles de su aroma en su primer novillo, mientras que en su segundo sufre un percance y pasa a la enfermería. Esa tarde, en su cuesta abajo artística, marca su devenir, hasta que el seis de abril de 1947, domingo de Resurrección, es acartelado de nuevo en Zamora, mano a mano, con El Príncipe Gitano, frente a novillos de Manuel Arranz. Ambos ofrecen lo peor de sí, sin lograr siquiera matar un solo novillo, por lo que el escándalo es de época, siendo detenidos al final del festejo para pasar esa noche y la totalidad del día siguiente en el calabozo. De entonces se cantaba una copla en la capital del Duero que decía “cuatro calabozos tiene la cárcel de Zamora, dos para Somoza y dos para el Príncipe Gitano”. Tras aquella actuación y una vez recuperada la libertad decide retirarse, al igual que el Príncipe Gitano, quien luego fue figura de la copla.

Entonces ya era novio de Lolita Aparicio, una salmantina rica hacendada a quien conoce durante los años que estudia Medicina –carrera que abandona por el toreo- en la capital del Tormes. Lolita Aparicio, una mujer agradable y bondadosa, era su perfecto contrapunto dado que él tenía mucha apostura, pero ninguna ganancia y, en la mayoría de las ocasiones, la cartera vacía, por lo que siempre tuvo mucha necesidad económica. Ella era dueña de la dehesa de Pinilla, una hermosa finca dotada con magnífica casa solariega donde se instalaron tras su boda celebrada en 1949. Allí él hacía vida de auténtico señorito, que siempre fue su aspiración, aunque trataba de escapar de aquella soledad y eran continuos sus viajes a Zamora, Salamanca, Ciudad Rodrigo, a la cercana villa de Aldehuela de Yeltes o a Tamames. Sin embargo no disponía del dinero que él necesitaba para gastar y vivir alegremente, que era su aspiración.

Recién casado conoce a otra mujer y se enamora. De ella o de su dinero, porque esta le lanza un órdago ofreciéndole dos millones de pesetas si se casa. Y él acepta. Pero en esos tiempos vive el dilema de cómo irse de Lolita Aparicio, quien está embarazada. Avalado por sus conocimientos médicos la convence para ponerle unas inyecciones para aliviar el malestar del embarazo, sin que ella desconfíe el verdadero fin que oculta. Entonces un turbulento día, el veinticinco de junio de 1950, como hacía regularmente, acude a visitar a la mujer don Emiliano Encinas, el médico de Aldehuela de Yeltes, quien además es amigo de la pareja. Don Emiliano enseguida sospecha algo malo al verla en tan deplorable estado y decide que sea evacuada a Salamanca, al sanatorio de don Arturo Santos, haciéndolo en el vehículo del señor Ubaldo, el taxista de Aldehuela de Yeltes. Ingresada nada puede hacer por salvar su vida el equipo médico de la clínica capitalina y fallece a las pocas horas.

Puesto el caso en conocimiento de la Guardia Civil de Tamames, Pepe Somoza es detenido en la misma finca y ‘canta’ ante juez y resto de autoridades cómo asesinó a su mujer y los motivos que lo indujeron a ello; sin embargo en un momento dado se logra disuadir para dirigirse al cuarto matrimonial, donde coge un revólver y, sin perder tiempo, se descerraja la cabeza de un tiro. Cae muerto, sin que los presentes den crédito, mientras lo observan yacido en el suelo con la sangre, humeante, saliendo por el orificio de entrada de la bala.

Poco después se ordena el levantamiento del cadáver y es trasladado al cementerio de Aldehuela de Yeltes en un carro, que es apedreado por varias mujeres. Allí le hacen la autopsia y se procede a darle sepultura en la llamada parte ‘civil’, sin misa, ni funeral. Poco antes de proceder a su entierro llega su padre, el conocido Pedro Duero, a quien entregan los objetos personales que portaba en el instante del suicidio, a continuación besa el cadáver, le corta un trozo de pelo que guarda en su cartera y pide la pala para enterrar a su hijo, desmayándose a la tercera palada.

Muchos años después los restos del antiguo novillero Pepe Somoza fueron trasladados al panteón familiar del cementerio de Zamora, aunque ese hecho no cerró la enorme conmoción que produjo ese crimen en toda la comarca durante años y de él quedaron unas coplas que muchos lugareños, aún, recitan de memoria: “el veinticinco de junio/ este caso ha sucedido/ en el campo del Yeltes/ partido de Ciudad Rodrigo…”.

Paco Cañamero