Domingo, 20 de mayo de 2018

De dormitorios y cementerios

 

A mi juicio el cementerio más grande del mundo está en un lugar en el que no se piensa nunca hablando de este tema.

Y ya sé que hay en el mundo cementerios gigantescos, como el de El Cairo, en el que más o menos se iguala el número de los que viven allí con el de los cientos de miles que están enterrados en él, de forma que acaba siendo simple prolongación de una ciudad que lo rodea por todos los lados; o el de  Wadi Us Salaam en Irak que existe desde hace mil cuatrocientos años y con sus seis kilómetros cuadrados recibe cada año medio millón de enterramientos; y si hay guerra muchos más.  O los dramáticos kilómetros y kilómetros de filas de cruces blancas en las zonas francesas del Marne y Verdún recordando a los soldados muertos en la primera guerra mundial.

Aunque todo esto me hace recordar un diminuto cementerio abandonado junto al río Tormes en la vecindad de la ermita, todavía en pie y mal cerrada, en La Flecha; y repaso las veces que desde un lado y otro hemos pedido a quien corresponda alguna intervención de honestidad histórica y artística rescatando el lugar para una supervivencia digna y para las visitas que quieran acercarse a un sitio tan especial y tan salmantino. Lástima grande.

Todo esto viene por el desierto del Sáhara. Me explico.

Cada año miles y miles de personas, adultos, jóvenes y niños, hombres y mujeres, viven y sufren la sufunzi”, que en swahili quiere decir algo así como “aventura” y que es como llaman los subsaharianos al trayecto de miles de kilómetros (¡tres mil en línea recta!) que tienen que recorrer para atravesar el desierto del Sáhara y llegar a las costas mediterráneas. Es una marcha interminable, por un camino las más de las veces a escondidas y al azar, infestado de peligros de toda clase desde la sed hasta las infecciones, desde la malaria hasta la colitis mortal o los ladrones que merodean día y noche sin olvidar a los  mercaderes de esclavos buscando presas fáciles y jóvenes de las que nadie pedirá cuenta jamás.

No hay estadísticas, pero si se calcula que son unas cuatro mil personas las que han perecido ahogadas el año pasado en el mediterráneo, contando sólo las que han sido detectadas y olvidando a los miles y miles que han desaparecido sin más en ese cementerio marino que es “nuestro mar”, se puede aventurar que es muchísimo mayor el número de personas muertas a lo ancho y largo del Sáhara, desde las fronteras de Senegal, Chad, Mali, Niger o Sudán hasta las costas de Marruecos, Argelia o Libia. Un cementerio de nueve millones de kilómetros cuadrados

Impresiona la cantidad de esperanzas rotas que quedan esparcidas por wads y dunas a una temperatura entre 22 y 60 grados, el dinero reunido con gran esfuerzo y perdido ahí para nada, la expectación de la familia que nunca ya recibirá respuesta ni carta ni wasap del que se fue con ilusión y se perdió con llanto y desconsuelo. No me diga usted, desde esta existencia nuestra tan tranquila, que esto es exagerar las cosas y sacarlas de su quicio. La dureza de la realidad no admite contemplaciones ni siquiera literarias. Es el cementerio más grande que se pueda imaginar y en él duermen (no olvidar que cementerio significa dormitorio, ¡qué ecos guardan las palabras!) millones de sueños violentamente perdidos.

Y cuando me refiero a estos hechos, a los que hay que seguir con interés y rigor en las noticias de cada día, me acuerdo siempre de tantas organizaciones que en el mundo entero trabajan contra esas muertes y contra lo que las provocan; me refiero a organizaciones como, entre nosotros, Manos Unidas, Oxfam, Entreculturas o Sed y muchísimas más que actúan sobre el hambre y las injusticias que provocan la huida de cientos de miles de personas africanas hacia el supuesto paraíso del Norte desarrollado y rico.

Cada proyecto de desarrollo – educación, sanidad, agua, semillas, promoción de la mujer, formación de líderes sociales, microcréditos, etc…- es una valla, sin púas ni guardias ni concertinas, para detener la huida de los que están en su derecho de buscar una situación que no sea miseria y muerte. No es éste el espacio para concretar más, pero habría hoy suficientes poderes y posibilidades de acción para acabar con el subdesarrollo y la guerra y con sus consecuencias al menos en las que son más extremas: muerte en el Sur y/o huida hacia el Norte. Falta, por supuesto, voluntad política, que hoy por hoy es prácticamente imposible.

Mientras tanto en el dormitorio inmenso del Sáhara con sus más de nueve millones de kilómetros cuadrados duermen el sueño de los justos cientos de miles de hambrientos – hambre de pan, de trabajo, de vida en paz, de calidad de vida…-  que murieron miserablemente en el empeño. No me atrevo a decir que Descansen en Paz, hay algo de deshonesto en un final así. Más bien me diría: Que su memoria no me deje descansar en paz. Amén.