Viernes, 25 de mayo de 2018

Madres de todos los Días

 

Alfredo Pérez Alencart y su madre, Rosa Alencart, en el Aeropuerto de Maldonado (Perú, 2008)

 

Todos los días de la existencia son el Día de la Madre. No mañana ni ayer: todos…

Allá por 2002 publiqué en Salamanca mi libro Madre Selva. Dentro acopié un poema dedicado a mi madre, Rosa Alencart, hija de brasileño y peruana. Por entonces decía, y sigo diciendo, que las bendiciones más hermosas surgen de los labios de una madre. Y es que por entonces recordaba, en medio de esta pétrea Salamanca, el día que me despedí de ella para cruzar el Atlántico. Años después, al final del poema, invocaba: “¡Deja, océano, que me llegue al menos/ la música de sus labios!”.

Todos los días de la existencia son el Día de la Madre, al menos para mí. En el verano de 1994, un 13 de agosto, asistí al parto del ser que es mi unigénito. Dicha mañana, ya en la habitación del Hospital de la Santísima Trinidad, caí rendido tras toda la madrugada acompañando a Jacqueline en el dolor de sus contracciones. Las enfermeras entraban a la habitación y se reían de mí, echado en la cama, diciendo: “Miren a este, parece que tuvo el parto”. Jacqueline Alencar también sonreía, sentada en una silla, contemplando a esa criatura que la había convertido en Madre. Era su primer día de Madre, si es que no contamos los nueve meses anteriores. Entre sueño y sueño, atiné a tomar esta fotografía. El poema permanecía inédito hasta hoy.

 

Jacqueline y José Alfredo (13-8-1994)

 

PRIMER DÍA DE MADRE

(Jacqueline)

 

En verdad,

en verdad deseo

que nunca se borre

momento tan dichoso,

 

viéndote acariciar

a la encarnación

de nuestro Amor.

 

Yo no invento

lo que miro:

        ahí estás

con tu criatura,

más allá de cualquier

agosto.

 

Tú, colmada de

primicias, posees

la contraseña de este

 

milagro.

 

En 2012, cuando cumplí cincuenta años, y viendo esta fotografía, escribí el texto que va como pie de foto. Fotografía y texto se publicaron en el libro ‘Arca de los Afectos’, aparecido dicho año por gestión de la poeta Verónica Amat.

 

Madre e hijo en la Avenida León Velarde (Maldonado, 1964)

 

MADRE

 

Madre mía de los pasos primeros,

de aquellos días guardados dentro.

 

Me nutre tu amor, caliente todavía.

 

Memorial de Tierraverde es un libro mío publicado en Lima el año 2014, gracias a mi buen amigo y editor Aldo Gutiérrez. Allí aparecieron un largo ‘Díptico para la mujer amada’, de donde extraigo estos versos. También el poema siguiente, dedicado a mi madre.

 

Jacqueline y José Alfredo, ya en nuestra casa a orillas del Tormes (Tejares, 14-8-1994)

 

¡TODO NOS AMPARA, ESPOSA DE MI ATARDECER!

(…)

¿Qué nos sigue sino el unigénito y la luz

primera? El hijo, sí, derivado de sangres

que por la Amazonía se asentaron. La luz,

sí, barajando sus haces, convidándonoslos.

 

¡Todo nos ampara, esposa de mi atardecer!

 

Alfredo y su Madre, en Puerto Maldonado (1964)

 

MADRE

 

No ha de guardarse más el salmo infinito

que despierta para ir junto al corazón

de la madre dadora del puro amor

que nunca desfallece.

 

Oh vivientes cuidados de la infancia

y de todos los entretantos de la existencia.

Aprisa este niño ya no visible

se uniforma como cuando iba a la escuela,

seguro de ancestrales afectos.

 

Nada amargo se remueve en mi memoria

y sí un inventario de alabanzas

confirmando sus nutrientes.

 

Por venas copiosas se acumula la filiación,

se incorpora a mi destierro y repite

canciones de cuna capaces de calibrar

esta madura respiración magnetizada

por miles de horas latiendo entre las piedras.

 

Cuando las horas totales se sumen,

deberán apilarse con las otras que son llaves

maestras en abrir mi pecho,

con las verdeantes horas de tres lustros

cazando luciérnagas bajo la atenta mirada

de la madre de esta vida entera.

 

Oro genuino reluce de las imágenes

que desfilan en esos pedazos del camino

lleno de soles y lluvias, de sensible

comprensión del mundo,

de desvelos protegiendo la enredadera

del llanto.

 

Pronto supe de la fuerza suprema del amor

al primogénito. Pronto surcó su voz en mis mañanas

de selva y calles polvorientas. Pronto

me impregnó con sus aires de dulzura.

 

Si a su regazo fui feliz,

como un gran bálsamo resulta su presencia

en este mediodía de mi ser. Su testimonio

de madre es oxígeno suficiente

para las más altas escaladas.

 

Madre mía, me coso a ti con el hilo

indestructible del amor que no se evade,

el mismo amor que a los dos

nos va sobreviviendo.

 

A ambas Madres, a todas las Madres:

Gracias, gracias, gracias…