Sábado, 26 de mayo de 2018

Gerundio

Las personas que nacimos en los años 30 y algunos posteriores; hemos conocido los carros tirados por bueyes o mulas, bebíamos leche de cabra o vaca casi directamente desde las ubres y conocimos una sociedad sin automóviles ni semáforos, oíamos el parte de las nueve ayudados por una radio de galena con ruidos e interferencias. Los domingos íbamos a misa y en Semana Santa, a los que vivíamos en el pueblo, nos cerraban el bar. ¡No había televisión! pero llovía… ¡Como llovía por aquel entonces! Sobre todo en abril: “Marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo, florido y hermoso”.

La de esforzados labradores que conocí cuando no había la maquinaria actual y el trabajo personal se tenía que hacer, de sol a sol, siempre mirando al cielo esperando la ansiada lluvia benefactora o la incertidumbre de negras nubes cargadas de negros presagios, que a veces se cumplían.

Y puedo aseguraros que personas como el señor Genaro, con el que yo charlaba en la solana, que lo presentían y me decía categórico… ¡mañana llueve! Y no se movía una paja… pero él detectaba el presagio de una fuerte borrasca y llovía, y ¡cómo llovía! Y si era hablar de frío, siempre me reiteraba: “El tiempo está crudo, yo llevo unos días como baldao, tirando mucho moquillo y con la garganta como encogida, pero no quiero acobardarme”. Y hacía un frío, de los de cuando el “grajo vuela bajo”… ¡y sin moverse una paja!

No, no penséis, que voy a seguir contando “cosas” de las que me narraba el bueno y sabio de Genaro en aquellos tiempos remotos. Entre otros motivos por qué: “Estoy seguro que cada generación tiende a pensar que está viviendo tiempos excepcionales que carecen de precedentes y que jamás, jamás volverán a repetirse”… ¡Ya, ya… después de lo de Puigdemont; se han roto las barajas y también las estadísticas.

Además: “Es indudable que todos tenemos una parte frágil que escondemos”… ¡Qué si hombre, qué sí! Y esta —Reflexión en Voz Baja— me ha venido a la cabeza al pensar que:”Nuestro entorno evoluciona vertiginosamente nos hacemos viejos sin darnos cuenta y el pasado difumina nuestra memoria; todo ello sin abandonar la sensación de perplejidad que nos producen tantos nuevos acontecimientos”.

Volviendo a los tiempos actuales, 73 años han pasado desde mis –charlas en la solana-con la sapiencia de Genaro, hasta esta otra que he tenido con Tano, que tampoco es manco en sabiduría rural y saber estar. Por de pronto, me queda descolocado cuando me pregunta de sopetón y sin miramiento alguno: ¿Tú te echas la siesta?

-Le contesto—Todos  los días y con pijama y orinal como Camilo José Cela, descanse en paz.

¿Y, por qué?—volvió a inquirir Tano.

-Porque para mí la siesta es “media vida” y dicen los que bien me conocen; que no soy el mismo, si no la hago. Además te voy a descubrir un secreto, secretísimo: “Lo hago también porque me libero y soy feliz cuando me “quito”; la dentadura, los audífonos, el ojo de cristal y la pierna ortopédica… ¡Qué alivio!

-Quiero decirle a Tano algo más al respecto: “Todos tenemos una parte frágil, que escondemos”, pero cuando lo intento, ya va huyendo a ¡cien por hora! Por la Calle Mayor del pueblo!

Para vosotros; los que habéis llegado hasta aquí con esta lectura, sólo deciros: “Que seguro ya habréis comprendido que hoy he estado -adrede- un tanto—GERUNDIO—(Persona que habla y escribe con estilo hinchado, afectando inoportunamente, erudición e ingenio). Perdonar, pero también entender lo que os decía hace poco: “Todos tenemos una parte frágil, que escondemos”.

¡Marchando una de GERUNDIO… Pues eso.

                                           Y… ¡ahí lo dejo!