Miércoles, 25 de abril de 2018

Discurso del Presidente Emmanuel Macron ante la Conferencia Episcopal Francesa

 

     El presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, tuvo el lunes pasado un discurso, que podríamos calificar de histórico, ante el Plenario de la Conferencia Episcopal Francesa. El encuentro tuvo lugar en el Colegio de los Bernardinos, en Paris, un lugar de diálogo donde los haya.

     El discurso ha provocado reacciones encontradas, pero no puedo por menos de quitarme el sombrero para saludar la valentía del Jefe del Estado francés. Francia es un estado laico, no aconfesional como el nuestro, sino militante contra la Iglesia, siguiendo la tradición jacobina de la Revolución Francesa, convenientemente reforzada por una fuerte componente masónica, que cristalizó en la famosa “Ley de separación de las Iglesias y del Estado” del 9 de diciembre de 1905. De los tres manantiales de la democracia moderna, el británico, el norteamericano y el de la Revolución Francesa, sin duda este último ha sido siempre el más crítico con respecto a la Iglesia Católica y a todas las religiones en general, apoyándose en el principio político de la laicidad del Estado. Pero algo está cambiando en la sociedad francesa, como se deduce claramente del contenido de este histórico discurso del presidente Macron. ¿Habrán sido los atentados yihadistas de Niza y París, el asesinato del párroco octogenario. P. Hamel?

     Una tragedia aún más reciente está en el fondo de gran parte de las reflexiones del presidente de la República Francesa, el asesinato del coronel Beltrame. ¿Cuáles fueron los resortes secretos del heroísmo de este militar, que el 23 de marzo pasado entregó su vida para salvar la de una rehén? El presidente enumera tres: su vocación militar, su fidelidad republicana proveniente de su pasado masónico y “su fe católica ardiente”, pues era un converso relativamente reciente al catolicismo. Todas estas dimensiones, continúa el presidente Macron, están tan íntimamente interrelacionadas, que son imposibles de deslindar. Apoyándose en esa traumática experiencia reciente, pasa revista a la contribución que los católicos franceses han hecho, a lo largo de toda la historia, sirviendo a la patria para engrandecerla, “impulsados por su fe en Dios y por su práctica religiosa”.

     El presidente Macron, como no podría ser de otro modo, no reniega de la laicidad, pero advierte que la función de la laicidad no es negar la dimensión espiritual de la vida y de la sociedad, ni mucho menos la erradicación (matar las raíces) de lo sagrado, “que alimenta a tantos de nuestros conciudadanos”. Pero va más allá: las raíces pueden estar muertas, lo que importa en verdad es la savia y, añade, “estoy convencido de que la savia católica debe contribuir todavía y siempre a dar vida a nuestra nación”. La República espera mucho de la Iglesia francesa y le pide, le sugiere, que continúe proporcionando a la República tres dones: la sabiduría, el compromiso y la libertad.

     En cuanto a la sabiduría, no se trata de la solidez de los principios de la sabiduría acumulada por la Iglesia durante tantos siglos, que también, sino de hacerse conscientes de la fragilidad que nos interroga a todos, de la incertidumbre que emana de la cuestión sobre el sentido de la vida humana, de la pregunta acerca de la salvación que se plantea con crudeza en épocas de crisis como la nuestra, ante lo desconocido, ante los nuevos retos, ante las decisiones que afectan a lo más profundo del ser humano. Ahí es donde la Iglesia siempre ha hecho su aportación a la sociedad. Y debe seguir haciéndola, con coherencia entre pensamiento y acción, siendo fieles al principio cristiano de la Encarnación. “Ustedes (la Iglesia) son hoy una de las componentes más fuertes de esa parte de la nación que ha decidido no pasar de la otra parte, sino precisamente, al revés, ocuparse” de los enfermos, de los que están solos, de los excluidos, de los presos, sean cuales sean sus orígenes étnicos o su confesión religiosa.

     Referente al don de la libertad, que el presidente de la República pide a la Iglesia, precisa que se trata de la libertad de ser intempestiva, profética, denunciante, políticamente incorrecta, a contracorriente. Debe ser también una libertad espiritual que, sin despreciar lo material, lo rechace como lo único y asegure la pervivencia de la sed de lo absoluto –San Juan de la Cruz asentiría-, sin abdicar de la razón ni del principio de realidad, ni de lo que Simone Weil llamaba principio de efectividad. Esta libertad consistiría, a juicio del presidente Macron, en que los católicos seamos lo que somos, sin buscar complacer ni seducir, sino cumplir nuestra misión en la plenitud de su sentido, dando lugar a un pensamiento fuerte, una teología humana, una Iglesia que sepa guiar tanto a los creyentes más fervorosos como a los no bautizados, a los pudientes como a los excluidos.

     Pensando en nuestro panorama político y en sus cabezas pensantes, en nuestros ideólogos, una cierta envidia me da, la verdad. Políticos de segunda fila hay entre nosotros que pueden entender e, incluso, compartir estos planteamientos, pero mucho me temo que nuestros “primeros espadas” no están por la labor, tengan o no másteres de prestigio. ¡Ojalá me lleven la contraria y tenga que pedir disculpas!