Sábado, 21 de julio de 2018

La hermana Soledad

No es una religiosa ni una hermandad, es un modo de estar y a veces incluso un modo de ser. Y como tantas cosas, o como casi todo, tiene ella, la soledad, su cara y su cruz; puede ser una amiga insuperable o una enemiga devastadora. Y desde siempre ha sido hermana y compañera del hombre en cualquier paso o situación de la vida.

Y tiene su qué hablar de la soledad en un mundo hiperconectado como el nuestro, porque puedes tener abiertas todas tus redes y a la vez estar rodeado de soledad tanto por defecto como por virtud, que todo puede ser.

No es lo mismo estar a solas, tan curativo, que sentirse solo, tan peligroso. Y nada de esto tiene que ver con cuánta gente te rodea. Hay soledades, hermosas y conmovidas, plenas de acompañamiento y hay otras, cerradas e impotentes, sin puentes ni puertas.

Hoy no se lleva la soledad y quizás ya no estamos preparados para ella, hemos perdido esa capacidad y el sujeto ni sabe qué hacer consigo mismo solo y sin añadiduras que distraigan. Y es que somos sujetos sociales, animales con compañía, personas que necesitamos vivir la vida con otros, no se puede vivir feliz sin conversación, sin abrazo y sin beso, aunque estas cosas tengan muchos modos y medios como es lógico.

 Las cifras a veces lo dicen casi todo: en España hay cerca de cinco millones de personas mayores de 70 años y de ellos hay un porcentaje considerable, bastante más alto en mujeres que en varones, que viven solos. De ellos habrá sin duda una parte importante bien atendida en afecto y en servicios y habrá, también sin duda, una buena parte sin suficiente atención, tanto afectiva como en prestaciones personales.

Este envejecimiento de la población, que en España, y sobre todo en Salamanca, llega a cifras alarmantes, ha hecho que, por ejemplo, el Reino Unido acabe de crear algo así como el Ministerio de la Soledad, para responder a las necesidades concretas de este bloque tan importante de población, que en muchos casos vive meses y meses sin hablar prácticamente con nadie. Quizás aquí, y parece que con más razón, habría que hacer algo parecido. Aunque hay ya instituciones estatales, autonómicas y municipales que tratan de ofrecer esos servicios. Además de las muchas y variadas formas de iniciativa privada, sobre todo de la Iglesia Católica, que responden también a esas demandas de los mayores.

Se suma también el fenómeno, agresivo y casi epidémico, de la desaparición de muchos espacios habituales donde el encuentro y la conversación eran posibles y habituales, desde la cola del Banco hasta la cajera del supermercado pasando por el trato con los vecinos o las oportunidades de encuentro en una parroquia para gente de cualquier edad o en el jardín del barrio a cualquier hora los días de sol.

Pasando al hecho de la soledad en sí, hay que subrayar que en principio no es ni buena ni mala, como la compañía. Depende. Hay soledades elegidas o asumidas que enriquecen, dan calidad y hondura y son espacio privilegiado para muchas dedicaciones que sin ella serían quizás imposibles. Aunque hay que advertir que esta soledad positiva nunca se da sin una trama afectiva y un entorno favorable; en esas condiciones la soledad, bien administrada, aportará madurez y serenidad, que según van hoy las cosas son dones de importancia capital para una vida feliz y de verdadera calidad a cualquier edad y para cualquier persona.

García Márquez, el autor de Cien años de soledad, escribió también que una soledad feliz exige “un pacto honrado con la soledad”. El problema comienza por no saber bien cuándo ni cómo ni ante quién hay que hacer ese pacto para hacerlo bien y a tiempo. Habría que retomar los consejos de realismo y las cautelas que ya daba Cicerón hace dos mil años en su precioso tratado “De senectute”, sobre la vejez. Ya entonces, por lo visto, con una media de vida bastante baja, era un problema la felicidad de una vida en la soledad de la edad madura.

En todo caso la hermana Soledad nos ha acompañado siempre, incluso a todas las edades, pero en estos tiempos es un reto especial, con soluciones, para las personas mayores. Que los que somos ya mayores las busquemos y los que no lo seamos nos preocupemos de gestionarlas y ofrecerlas a los que las estén necesitando, sea un abrazo, un saludo con sonrisa o una buena plaza en una Residencia de calidad.

Al final la soledad de unos es cosa de todos…