Viernes, 20 de julio de 2018

Ser sal y luz

 

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Cuenta J. L. Martín Descalzo que un agrónomo llegó a una comunidad y preguntó a don Laureano, el más viejo del lugar:

–¿Usted cree que este campo me dará buen algodón?

–¿Algodón? –dijo–. No. Este campo no puede dar algodón. Nunca he visto que dé algodón.

–Entonces, ¿podrá dar maíz, patatas…?

–No, no creo que este campo le dé nada de eso.

–Bueno, de todas formas voy a sembrar algodón a ver que da.

–Hombre, claro, si se siembra…, si se siembra es otra cosa.

«Claro, si se siembra…, si se siembra es otra cosa». Si se siembra se recoge.

Dios nos da la semilla, pero somos nosotros los que tenemos que sembrarla. Él se encargará de hacerla crecer, con nuestra ayuda, claro está. No hay crecimiento sin Dios; pero tampoco hay fruto si la persona no colabora con Dios. Todo o casi todo lo hace el Señor; pero es el ser humano el que tiene que colaborar con él, o por lo menos, dejarle que él haga su obra y no estorbarle.

Dios llama a personas concretas: Abraham, Moisés, para prestar un servicio comunitario; por su servicio todas las comunidades de la tierra serán benditas por medio de ellos (Ex 1,3-6).

Jesús elige a Doce de entre los discípulos para continuar su obra. La misión va destinada, originariamente, a «las ovejas perdidas de la casa de Israel». Su programa misionero comprende dos momentos: el anuncio del reino y la realización de los signos mesiánicos. Palabra y acción. Deberán anunciar con palabras y obras que está llegando el Reino de los Cielos. Para esto Jesús les hace partícipes de la plenitud de su poder mesiánico: «Les dio autoridad y poder para expulsar los espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedad y dolencias» (Mt 10,1), dando gratis lo que recibieron gratis. Jesús manda a los apóstoles a anunciar la Buena Noticia. Y esto es lo que nos manda, también, a todos y a cada uno de nosotros, el ir al mundo entero y proclamar el Evangelio, es decir, llevar la esperanza a los enfermos, a los pobres, a los que sufren, a los huérfanos, a los moribundos, a los que dudan que Dios exista en medio de los seres humanos.

Jesús nos llama a servir a ser la luz del mundo. A cada cristiano, a cualquier edad, le llama Jesús a trabajar: «Ve también a mi viña» (Mt 20,3). Cada bautizado tiene que comprometerse a anunciar el Evangelio, ir por todo el mundo y proclamar la Buena Nueva a toda la creación (Mc 16,15). Este anuncio es mejor hacerlo de dos en dos, unos apoyados en la fe de los otros; pero conviene no olvidar que el Señor está presente en este caminar, pues él mismo nos dijo que está con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Somos las manos de Dios; él nos necesita para seguir bendiciendo, curando, acariciando. Él pide que le prestemos los pies para seguir caminando.

Dios nos necesita, aunque todo o casi todo lo haga él. Martín Descalzo nos dice:

  • Solo Dios puede dar la vida; pero tú puedes ayudar a transmitirla.
  • Solo Dios puede dar la fe; pero tú puedes dar tu testimonio.
  • Solo Dios es el autor de la esperanza; pero tú puedes hacer lo posible…
  • Solo Dios puede impedir las guerras; pero tú puedes no reñir con tu mujer o tu hermano.
  • Solo a Dios se le ocurrió el invento del fuego; pero tú puedes prestar una caja de cerillas.

 

En realidad, ya ves que Dios se basta a sí mismo; pero parece que prefiere seguir contando contigo, con tus nadas, con tus «casi nadas». Jesús  nos invita a ser testigos de su resurrección.