Martes, 24 de abril de 2018

Procesiones: hoy como ayer

 

(A Francisco Espinosa M.)

Cuenta Laín Entralgo en sus memorias que los jerarcas falangistas discutían en plena Guerra civil sobre si sus milicias debían acompañar los pasos de Semana santa. Algunos se oponían a ello: querían desfiles, sí, pero más bien patrióticos, es decir, no yendo en formación detrás de un crucifijo, sino del yugo y las flechas y la bandera nacional. Puesto que el franquismo amalgamó lo uno con lo otro, la ortodoxia religiosa y la patriótica, se impuso la opinión de Sancho Dávila, apasionado del folklore religioso, como buen señorito fascista y sevillano: en lo sucesivo habría procesiones con pendones e imágenes, con monjes y guerreros, con legionarios y Guardia civil, y la Marcha real como música de fondo. En esas seguimos.

Acabada la guerra, Franco entró bajo palio en la iglesia de Santa Bárbara en Madrid para ser consagrado como Caudillo de España por el cardenal primado, en presencia de las jerarquías civiles, militares y religiosas, de los embajadores de las potencias del Eje y del nuncio papal; detrás venían soldados y milicias, “moros notables” y “bellas señoritas con la clásica mantilla española” (las jefes de la Sección Femenina). El coro de Santo Domingo de Silos amenizaba el acto y la fauna avícola madrileña se sobresaltó con el repicar general de campanas. Era la apoteosis de Franco.

Algunos notables del régimen, entre ellos el cuñadísimo Serrano Suñer, ministro de Gobernación –que iba detrás de Franco en la procesión–  vieron esta escenografía como algo excesivo, casi sacrílego. El palio se venía usando para cubrir la hostia y las imágenes sacras en las procesiones y no parecía apropiado para una autoridad civil, por muy encumbrada que fuera. Los reproches morales se referían no solo al Generalísimo, sino a una jerarquía católica servil al Nuevo Estado hasta la náusea.

No asaltan estos escrúpulos morales a nuestros actuales ministros populares.

Hemos visto este año a cuatro ministros del Gobierno de España asistir a las procesiones de Málaga, las banderas a media asta y soldados y guardias civiles de gala detrás de los clérigos y de los pasos, una vez más, sin olvidar la clásica mantilla (Cospedal). Y esos representantes del Estado han hecho coro a la Legión cantando a la muerte en una de las ciudades más castigadas por el terror franquista durante la Guerra civil, con miles de víctimas civiles.

Nos preguntamos si esta conducta –“españolizar” creo que se llama– encaja en lo que dice la constitución vigente (“ninguna confesión tendrá carácter estatal”) y si no está más cerca de lo que decía una ley franquista (“la religión católica, que es la del Estado, gozará de protección oficial”). Yo creo que está más cerca de lo segundo y que las autoridades estatales y locales deberían reconsiderarla, estando como estamos en una sociedad pluricultural y democrática. Pero como no creo que vayan a hacerme caso, les sugiero que al año próximo vayan a las procesiones como penitentes anónimos. Aunque lo más propio, en el caso de los del PP, sería que sustituyeran a Dimas y Gestas al lado del Nazareno.

Ya solo falta que la ministra de trabajo, también enmantillada, vuelva a acudir a la próxima romería del Rocío para pedir a la Virgen que resuelva el paro.