Viernes, 20 de julio de 2018

Salamanca, silencio y muerte

¿Por qué no se queda la gente a vivir en el pueblo? Cada Semana Santa, desde hace más de tres lustros, me asalta la pregunta en el pueblo de Las Arribes al que vengo a resucitar. Cada día me cruzo con docenas de personas en sus rutas de senderismo. Cada tarde me dejo la garganta gritando a las niñas para que tengan cuidado con los coches que no dejan de pasar en busca del Pozo de los Humos. Cada noche peleo para llegar a la barra del bar. Nada menos que cinco bares en una localidad donde, a diario, apenas viven cien personas. Un pueblo con dos bodegas que producen un excelente vino con denominación de origen, un queso impresionante que -paradójicamente y aunque sea muy apreciado- no se puede comprar aquí. Un pueblo con más de cinco casas rurales, un camping de primera categoría y una posada rural. Un pueblo donde se siguen reformando casas antiguas para dejarlas sin habitar.

El Instituto Nacional de Estadística dice que la población censada es de 449 personas. Mi suegro, que conoce a todos, echa la cuenta recorriendo mentalmente casa por casa y la suma nos da poco más de un centenar. Y con una edad media que supera con creces la de la jubilación. 

Este año han cerrado las escuelas porque no había niños suficientes. El médico cada vez viene menos días a pasar consulta. “La línea”, el autobús que les conectaba con la capital, viene aún menos que el médico. El cura pasa casi más tiempo en la carretera que en la iglesia. Cada vez atiende más pueblos y cada vez con menos gente. La única tienda de alimentación parece que va a cerrar por jubilación y las excepcionales familias jóvenes que habían apostado por el turismo rural como negocio para vivir, no parece que vayan a aguantar mucho más. 

El pueblo se ha convertido en un lugar idílico para las vacaciones de Semana Santa, para pasar algún fin de semana, para dejar a los niños en verano con los abuelos el tiempo en que no coincide el descanso de los padres. Es como si el lugar donde vivían nuestros mayores se hubiera convertido en un parque temático y temporal. En el escenario donde buscamos nuestras raíces y nos sentimos conectados con la tierra, con la naturaleza, con los ancestros… pero para un rato. Ni siquiera con el wifi gratis del ayuntamiento.

No he mirado las estadísticas. Pero recuerdo que hace unos años Salamanca estaba a la cabeza en el triste ránking de pueblos abandonados. También la ciudad ocupaba un lugar destacado en la emigración de jóvenes. 

¿Por qué no se queda la gente a vivir al lugar donde siempre vuelve? ¿Por qué?