Viernes, 20 de julio de 2018

En la carretera

Hace un par de semanas, en un restaurante de carretera camino de León, varios equipos del Club Baloncesto Tormes coincidimos con un conjunto de balonmano que viajaba desde Alcobendas a Oviedo para disputar un partido de la división de honor plata, segunda categoría nacional. Navegando en la página de la Federación comprendí un poco mejor el árbol de competiciones de un deporte en el que somos campeones de Europa: una primera división, la liga Loterías ASOBAL, con un equipazo, tres aspirantes (a ser segundos) y varios conjuntos difícilmente viables en el aspecto económico; una segunda división con equipos de coordenadas geográficas casi antipódicas y, finalmente, seis grupos de una tercera división, la llamada Primera Estatal, organizados, estos sí, atendiendo a criterios de proximidad pero en la que, a pesar de ello, hay desplazamientos de más de cuatro horas en autobús. A estas competiciones habría que añadir las organizadas por las federaciones regionales y las diputaciones autonómicas para terminar de comprender la densidad del tejido que sustenta en última instancia los éxitos de nuestro deporte profesional.

 

Los integrantes de aquel equipo, tres horas después de haber emprendido camino y bien uniformados con el chándal del club, entraron en el establecimiento para comer y tomar un café. Desde las alturas en las que se mueven, segunda división nacional, caminaron delante de nuestros chavales, infantiles, cadetes y juniors de competición autonómica, con una cierta altivez y, tras ser preguntados por uno de nuestros entrenadores, nos dijeron quiénes eran y a dónde se dirigían. Les deseamos suerte –lo que no sucedió a la inversa– y perdonamos su escaso entusiasmo tras hacernos conscientes de la pesadez del viaje y la angostura de los asientos de autobús, más aún para jugadores de casi dos metros.

 

Todo este preámbulo para poner en contexto la endeblez del castillo de naipes en que se ha convertido el deporte amateur tras la crisis. Quebradas gran parte de las empresas que sostenían el chiringuito hace décadas, principalmente inmobiliarias y sociedades complementarias, desaparecidas las cajas y estrechado el embudo de la financiación pública, la supervivencia de estos clubes amateur roza lo heroico. Pequeñas y medianas empresas aportan cantidades sin esperar un retorno efectivo y numerosos profesionales de otros gremios exprimen sus últimas gotas de pasión jugando, entrenando y arbitrando mientras sus hijos se van de cumpleaños, se abandonan otros planes y se consume la juventud a cambio de simbólicas soldadas.

 

Es cierto. Las gradas están medio vacías. Muy pocos ciudadanos están dispuestos a pagar el precio de una entrada a cambio de disfrutar de un espectáculo que, si no están involucrados sentimientos, es fácil definir como mediocre. Urge revisar el modelo, pensar, como sucede en otros debates públicos, en la sostenibilidad en el medio plazo y en el lugar que queremos que ocupe el deporte como eje transversal de la sociedad, en la educación y la cultura popular de un país al que una crisis financiera ha transformado a tal escala que, como sucede tras las remodelaciones urbanas, es difícil recordar qué había antes en el lugar que ocupa ahora este solar.

 

P.D. Ojalá, amigos de Alcobendas, que podamos seguir viéndonos en la carretera.