Jueves, 21 de junio de 2018

La hartura de la mujer

Si ya es difícil hablar sobre el misterio del ser humano en general y de la mujer en particular, mayor es reducir toda la complejidad en un artículo periodístico. Quizá el desencanto por la omisión de muchos temas, que con total seguridad es decepcionante para algun@s, quede compensado con el interés que despierten las argumentaciones a favor para otr@s. No obstante, pido disculpa por mi arrojo.

Por ejemplo, si decimos que la mujer, hoy, está más reconocida que nunca, qué queremos decir con ese reconocimiento. ¿Queremos decir que deben consentir el pasito p’alante y pasito p’atrás histórico? No, hay que hablar ya de punto final. La mujer no puede estar permanentemente en el puesto de salida. Basta ya de reconocimientos teóricos tutelares y pásese a la igualdad.

La mujer solo tiene un problema y este se puede reducir a dos palabras: el hombre. Pero el hombre es un ser tan complejo como lo pueda ser la mujer, con lo que todo queda en lo que decía aquella canción: “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedios…”. Esta sería la seriedad de una broma con la que no se trata de decir que no existen soluciones, pero sí es importante tener en cuenta que la atracción entre ambos sexos, respetando la excepción y las diferencias, es tan fuerte como el odio cuando se repelen. ¿Entonces el problema solo existe en el carácter particular de cada uno? Sí y no. Existe uno particular, de carácter e incompatibilidad, y otro social e histórico basado en el egoísmo que ha llegado sin resolverse hasta el siglo XXI.

En cuanto al primero, la belleza, el hostigamiento a la soltería elegida, el contigo pan y cebolla, los celos, el exceso de reuniones con amig@s en solitario, las diferencias económicas, la comparación con otr@s, los estados de ánimo diferentes, el deseo de que nos escuchen a ser escuchados, la culpabilidad del otro en la educación de los hijos y, sobre todo, poner en cuestión por qué entre 7.000 millones de seres que pueblan el mundo tiene que ser esta la persona con la que tengo que convivir…, “pequeñas cosas”, diría don Julio, ya conforman un largo distado. 

Pero todo lo anterior no ocurre a la vez, sino que va tomando forma de dinamita y tarde o temprano acaba por explotar y derrumbar el puente más consolidado del mundo. De ello y por ello he ahí la causa de tanta violencia de género y tantos divorcios. Y ante esto solo existen dos soluciones: el respeto a la libertad cuando no existe compromiso y el diálogo diario en la pareja, aunque no sea permanente, ya que dichosos los que viven toda la vida agarrados de la mano. Pero debe entenderse que tampoco se trata de eso, ya que se puede convivir y a la vez desarrollar carreras totalmente diferentes.

A lo largo de la historia los hombres, no en el sentido neutro hombre/mujer, sino los hombres, han intentado justificar absolutamente todo y, por orgullo, han justificado sus inseguridades tanto como la mujer haya negado, por ejemplo, su tendencia al “celestinismo”, bien que cargado de inocencia. Un ejemplo de justificación del hombre es el “antañoso” cinturón de castidad con el que nos hemos hecho a la idea de que era un tipo de presidio para que ella no se acostara con otro cuando él partía para la guerra. Pues no, el hombre ha dulcificado esos celos y los ha disfrazado diciendo que dicho cinturón no era por desconfianza hacia la mujer, sino para evitar que, caso de que entraran en los pueblos o caseríos, los enemigos no las pudieran violar. ¡Nos lo creemos!

El hombre justifica lo injustificable, pero en el fondo de su ser duerme un deseo de posesión sobre la mujer que nunca se relaja del todo. La mujer de hoy dice “no es no”, pero a lo largo de la historia ese “no” no ha sido suficiente para el hombre. Y hoy mismo aún existen individuos que se agarran como lapas a los tópicos del pasado. Tayllerant, diplomático francés de gran prestigio en el siglo XVIII, realizaba un contraste entre una dama y un diplomático de esta manera: “Si el diplomático dice quiere decir quizá; si dice quizá, quiere decir no; si dice no, no es diplomático. Si la dama dice no, quiere decir quizá; si dice quizá, quiere decir ; si dice , no es dama”. Esto sigue estando presente hoy para muchos hombres que no quieren entender que se trata de un topicazo del pasado.

Nos quedaba por hablar del otro problema de la mujer, más social -aunque no nos queremos referir a reivindicaciones laborales y otras sacadas en pancartas la pasada semana- y relacionado con el egoísmo histórico del hombre basado en su fuerza física y en una mal empleada autoridad que afortunadamente y en general hace tiempo dejó de tener vigencia. Aunque no nos debemos extender en cuanto al número de ejemplos por lo obvio de ser solo un artículo y daremos un par y basta.

Así, la primera mujer que consiguió realizar el doctorado a comienzos del siglo pasado fue María de Maeztu, aunque para ello hubo de ganar un contencioso en los tribunales alegando que el decreto de un ministro de la época de que una mujer no podía alcanzar la categoría de Doctor no valía tanto como una ley promulgada por una “loca” en 1505, la tan injustamente tratada Juana la Loca en defensa de una Educación sin discriminación por género.   

Otro ejemplo, más doméstico, pero no de menor importancia, aún vigente en algunas culturas, ha sido el empleo del piropo. Los hombres han vertido sobre las mujeres lo mejor de su ingenio y lo peor de un procaz vocabulario. La argumentación siempre ha sido: “no, si a ellas les gusta”, cuando la mayoría de las mujeres lo han detestado con la razón de que si de joven era una ofrenda a su belleza -no hablemos de improperios a la menos agraciada-, con el paso del tiempo les hacía pasar inadvertidas e incluso insultadas.

Sobre esto último, cuando alcaldes y gobernadores comenzaron en nuestro país a perseguir el piropo, aconsejaron a la mujer que ante piropeadores indiscretos no dudaran en acudir a los guardias. Pero claro, no todos los guardias eran ajenos a sentir idénticas sensibilidades, con lo que existen anécdotas como la que le ocurrió a una magnífica morena víctima de un pertinaz piropeador, referida en un escrito por Salvador de Madariaga: “Al llegar al cuartel, el guardia, en actitud judicial, preguntó: ‘¿Pero qué es lo que le dice a usted?’. ‘Bueno, pues no hace más que repetir: Contigo al cielo, morena. El guardia se estuvo un buen rato bebiendo con los ojos todo aquel esplendor, y terminó sentenciando: ‘Es que, señora, hay que ver también…”.

Cerramos este apartado con una copla de Rosalía de Castro referida a la turbación del piropo:

Ay miña, nai non me mande
levar o pan a Coimbra,
que dicen os estudiantes
vaya una nena mais linda.