Domingo, 24 de junio de 2018

Un real de zuche

Cuando yo era chico, pues, yo también llegué a ser chico de pequeño, mi madre nos freía un huevo a mi hermano y a mí, que pringábamos al unísono, ya que ninguno de los dos éramos ciegos, como sucedió en el pasaje de las uvas de “Lazarillo”. Otros lo pasaron peor, porque sus madres les decían: “Cuando seas padre, comerás huevo”, y se conformaban con mirar al padre. Otro remedio del hambre consistía en repartir una sardina para tres: yo me regocijaba cuando me tocaba la parte de la cola, no sé por qué, pero lo prefería, o arrebañaba las migas de escabeche, que se guarecían en el caldo del cubeto, y que, en mi pueblo, llaman zuche. Y  los había, como ahora, que no tenían nada que compartir: los pobres de solemnidad.

Yo pensé que, con la salida de nuestra gente a la emigración, aquellos tiempos no iban a volver más, que íbamos a vivir como marajás, o, al menos, con dignidad; y que, con la consolidación de la democracia, con la entrada en Europa y en el grupo del euro, íbamos a nacer cada uno con un pan debajo del brazo; y así resultó que, durante unos años, hasta incluso derrochábamos y la alegría del bolsillo se percibía por doquier. En nuestras ambiciones, no se ponía el sol. Y llegó la tormenta, y, mientras ésta retumbaba y rompía el cielo en añicos, recordaba aquella canción de carnaval, que recogía el episodio de la riada del río Margañán de mi pueblo: “Todos pedimos un huerto,/ para poder comer pan,/ luego, vino la crecida /y quedamos todos igual/. (Se refiere a los famosos huertos familiares que repartió Salas Pombo).

Y han vuelto los tiempos, porque la historia se escribe a base de ciclos. Y, hoy, vuelve la doctrina del huevo para dos. Vamos a llamar huevo o sardina a las becas para dos; un jornal, para dos; la dedicación individual también para dos; con esta martingala política, han reducido las plantillas en el hospital, en la atención primaria, en la escuela, en la Universidad, en las instituciones, en la asistencia social y de la dependencia, en el supermercado, en la empresa y en toda organización organizada o desorganizada. Lo del uno, para dos, impera. Y no puedes rechistar, porque te quedas sin el medio huevo.

Y, luego, viene lo del padre que come huevo, y los llamados padres de la patria que llegan a ingerir hasta dos huevos con una buena lonja de chorizo. Estos padres lo consumen todo, y casi todos, por duplicado: ocupan dos o tres puestos; perciben sueldo, dietas, primas, sobreprimas, privilegios, poder e influencia: esto por cuadriplicado o quintuplicado; están, al mismo tiempo, presentes y de ocio: se entretienen, entre otras cosas, con el “frozen free fall”, o sea, que están y no están; y, además, nos ordenan lo que tenemos que hacer y, sobre todo, nos recomiendan silencio y resignación cristiana. Y no pasa nada y el personal tan contento atento al cornetín.