Lunes, 25 de junio de 2018

Jerusalén, Jerusalén...

Jerusalén, Jerusalén, a la que todos quieren dominar, y amenazan con llevarte a la ruina

Ése era el lamento de Jesús viendo la ciudad santa desde el monte de los olivos: “Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas…”. Ahora nosotros cambiaríamos la expresión por aquélla de “Jerusalén, Jerusalén, a la que todos quieren dominar, y amenazan con llevarte a la ruina”. Y contigo a Israel, a Palestina, a Siria, a Líbano y a toda la región.

Jerusalén es una ciudad tenida por santa y reclamada por judíos, árabes y cristianos.

Para los musulmanes, Jerusalén es el lugar desde el que el profeta Mahoma ascendió a los cielos. Y en el rellano del templo mantienen dos de sus mezquitas más notables, después de las de La Meca y Medina. Por eso, los palestinos reclaman a Jerusalén como la capital de su estado, Palestina.

Para los judíos, Jerusalén fue siempre la ciudad santa, capital del pueblo de Israel y, en consecuencia, reclaman que siga manteniendo su capitalidad. En ella se manifiesta lo más sagrado y visible de su religión para ellos, el santo Templo, aunque de él no quede ahora más que el muro de las lamentaciones.

Y los cristianos, sean católicos, ortodoxos, protestantes o de las otras denominaciones, recuerdan los misterios más sagrados de la vida y de la entrega de su Señor y Salvador Jesucristo: la Entrada en Jerusalén sobre una borriquilla, la última Cena con la fundación de la Eucaristía y del sacerdocio, el injusto juicio y la condena a muerte como rebelde y esclavo en lo alto de la Cruz y, finalmente, la Resurrección y Ascensión a los cielos y el envío del Espíritu Santo.

Por eso, los católicos y otros cristianos prefieren que Jerusalén sea una ciudad autónoma, capital a la vez de judíos y palestinos, con un estatuto internacional respetado por todos. Ante las dificultades del reconocimiento mutuo de Israel y Palestina como estados independientes y reconciliados entre si, no parece posible sin resolver la situación autónoma y de capitalidad común de la ciudad de Jerusalén.

La situación sobre Jerusalén se ha visto complicada por la decisión del presidente Trump de los Estados Unidos de trasladar su embajada en Israel de la ciudad de Tel Aviv a la ciudad de Jerusalén. En consecuencia, los habitantes de Palestina se han visto traicionados y reclaman la capitalidad común de Jerusalén, incluso aunque sea dividida como ahora, y lo hacen con mayor virulencia y justificación.

La situación de Jerusalén se ha visto más complicada últimamente al pretender el ayuntamiento de la ciudad cobrar tributos a las iglesias y lugares sagrados de las diferentes confesiones religiosas. Esto ha irritado a todas las confesiones religiosas de la ciudad que, unidas, protestaron por esta decisión contraria a la tradición de siempre, y decidieron, en protesta, cerrar la iglesia del Santo Sepulcro. El cierre del Santo Sepulcro tuvo lugar en respuesta a la iniciativa israelí de imponer tasas en los edificios eclesiásticos y limitar los derechos de propiedad de las Iglesias, según explica el padre Francesco Patton, Custodio de Tierra Santa. Es lo que comentó dicho custodio ante la decisión de las tres Iglesias – ortodoxa, armenia y católica- sobre el cierre del Santo Sepulcro de Jerusalén: “el Santuario más importante de la cristiandad”.

“No tenemos ninguna intención de pelear con el Estado de Israel, tenemos óptimas relaciones y en todas las ocasiones tratamos de cooperar”, pero “ha habido algunas acciones que perjudican nuestros derechos”. “Si hay posibilidad de reunirnos alrededor de una mesa y discutir seriamente, estaremos muy contentos de poder hacerlo juntos. No como comunidades individuales, sino como comunidades cristianas involucradas”.

Ante este plante de todas las confesiones cristianas, y viendo el daño que se produciría para el turismo de la ciudad, que es un turismo fundamentalmente religioso, las autoridades de la alcaldía de Jerusalén han dado marcha atrás en su decisión de cobrar impuestos a los lugares sagrados.

Ni a Jerusalén ni a Israel les interesa crearse conflictos interiores o exteriores, que pueden complicar las relaciones internacionales con Siria, Líbano y los demás estados de la región, que sufren las consecuencias de la guerra y de los atentados yihadistas o de otras tendencias rebeldes de intereses políticos, económicos y religiosos diferentes.