Lunes, 25 de junio de 2018

Amor y no sacrificios

La globalización contemplada en su conjunto supone un cambio de civilización. Queremos decir que esta sociedad está siendo penetrada profundamente por los valores y actitudes del mercado. Asistimos a una mercantilización de la vida: Las relaciones económicas influyen poderosamente en la forma de las relaciones humanas.

J. M. Mardones.

La idea de Jesús es clara. Dios no es como nosotros. No sigue nuestra tendencia a discriminar a los malos. Dios no es propiedad de los buenos. No pertenece solo a los practicantes. Su amor está abierto a todos, también a los malos. Esta fe de Jesús en la bondad universal de Dios hacia todos sorprendía y escandalizaba a no pocos.

J. A. Pagola

En el artículo anterior afirmábamos que la religiosidad es un elemento constitutivo de nuestro ser en el mundo. Vivimos en una sociedad postmoderna y globalizada atravesada por un proceso de descomposición social de lo común y comunitario, donde la privatización se adentra hasta los rincones del alma (Chul Han). Parece que el mundo y el mundo del mercado son idénticos, profanando lo más sagrado de nuestra existencia y expulsando todo lo que no sea trabajo, beneficio, capital, eficiencia y rendimiento.

En medio de esta histeria productiva, no es fácil encontrarnos a nosotros mismos en nuestra originalidad. Vivimos en una realidad donde el encuentro con otras personas se ha mercantilizado, con lo que estamos alejados de nuestra propia esencia. Participamos en nuestro mundo según los valores de mercado, “compro, luego existo…”, pero para ser consumidores primero hay que ser producto (Bauman). En esta situaciónse está despersonalizado el mundo y todo aquello que forma parte de lo que somos. Estamos inmersos en un vaciamiento de la realidad reducido al beneficio, no hay espacio para la gratuidad, para la donación, para el amor.

En este gran mercado de la vanidad, se nos presenta un hombre lleno de “nada”,  todo se compra y se vende, se mercantiliza lo religioso, incluso nuestra relación con el misterio, nuestra relación con Dios. La diversidad de oferta espiritual y su competitividad entra dentro de la oferta y la demanda, las religiosidades van perdiendo su carácter normativo y se convierten en una opción de elección individual. Es muy común en la demanda sacramental una “religión a la carta”, conformando un menú individualista de mercantilizado y de una práctica de vida. La religiosidad se vuelve una cuestión  de consumo más, con un amplio espectro, desde una espiritualidad para satisfacer lo inmediato, pasando por el turismo religioso o una teología popular versión Semana Santa.

Es nuestra Europa de los mercaderes, al igual que en otros lugares de la abundancia, no parece hacer sitio para Dios, se habla incluso de la “crisis de Dios”. En esta realidad, solo cuenta la ganancia y el interés, no se tiene en cuenta a los necesitados, se cierra las puertas a los refugiados y los que sufren, no hay sitio para el verdadero Dios. El anhelo de la trascendencia se apaga y las exigencias del amor se olvidan, solo queda una religiosidad ritualista, con un culto vaciado de su verdadero contenido de vida. El individualismo ha impuesto una religiosidad que se dilucida en una relación entre Dios y yo. De ahí se deduce una preocupación por una vida personal correcta, más que por luchar contra el mal y el sufrimiento del mundo.

En los muros de nuestros espacios religiosos resuena con más intensidad las palabras del profeta “Yo quiero amor y no sacrificios” (Oseas 6, 6). El profeta, que denuncia y anuncia, nos presenta una religiosidad liberadora asociada a la paz, el amor y la justicia en el conjunto de la sociedad, Una imagen muy distinta de ese Dios mercantilizado e individualista. La cantinela de los profetas y del propio Jesús es una constante preocupación por los más débiles de la sociedad, en los que el sufrimiento y la injusticia se han cebado con más facilidad. Los profetas, nos presentan una imagen de Dios inquietante y molesta para todos aquellos que se refugian en su religiosidad intimista, donde han mercantilizando su propia salvación y viven de espaldas a la realidad del mundo. Apuestan por Dios molesto que no puede encubrir una religión tejida de intereses y egoísmos. Pero es Dios misericordioso, Padre o Madre, al que solo se da culto “en espíritu y en verdad”, trabajando una comunidad más humana, solidaria y fraterna.

En este tiempo de gracia nos preguntamos: ¿Qué religión es la nuestra?, ¿alimenta nuestros propios intereses o nos pone a trabajar por un mundo más humano? Es fácil olvidar que Dios es amor y el amor ni se compra ni se vende. En un mundo mercantilizado es difícil hablar de gratuidad, pero ella es el signo más genuino del amor. El Dios de Jesús, el Dios que habita en nosotros es de todos y para todos. No hay elegidos ni excluidos, los únicos preferidos son los más necesitados. El Dios de Jesús es solidario y nos impulsa a vivir en solidaridad, el gran principio del Reino es la atención al prójimo en necesidad. Dios es amor, pero también es solidaridad.