Domingo, 24 de junio de 2018

Formación del espíritu

Hace unos días leía sobre la idea de introducir en los planes de estudios de la enseñanza obligatoria una materia sobre la formación en valores y principios constitucionales a los jóvenes de hoy y ciudadanos de mañana. Se me ocurrieron enseguida tres precisas cuestiones.

Va la primera: ¿De verdad está dispuesto el Gobierno, que goza sin discusión de esa legítima iniciativa legislativa, a que se enseñen los valores y principios constitucionales en la enseñanza primera y/o secundaria? ¿Todos? ¿Y en qué se diferencia eso de la famosa y polémica “Educación para la Ciudadanía” que aprobaron los socialistas y que fue recurrida por activa y por pasiva? ¿En que esta última pretendía introducir criterios morales particulares y la iniciativa del Gobierno no? A salvo de informaciones más concretas permítanme dudarlo. Ambas son susceptibles de parecida tergiversación, o si se quiere en una de las palabras de moda, de convertirse en “adoctrinamiento”. Se me puede responder que hay “adoctrinamiento” del bueno, como ocurre con el colesterol. Y me lo creo. Pero, si es así, no veo por qué no se reconoce. O sí lo veo, pero que se atrevan a explicarlo y luego lo discutimos.

La segunda cuestión que se me vino a la cabeza es más bien memorialística. Y es que esta propuesta dista de ser una ocurrencia nueva. Ya en los años setenta, en los que a mí me tocó cursar la Enseñanza General Básica, tuvimos una curiosa asignatura a la que llamaban “Formación del Espíritu Nacional”. Por supuesto, no fue la mía la primera generación en recibirla, pero lo que tengo claro es que nos la daban descafeinada por completo. Los de mi edad sabíamos de la OJE sólo porque teníamos los recreos en el patio que se llamaba así -el patio de la OJE, que con ese nombre se quedó-. Y del “Cara al Sol” sabíamos también de oídas y muy a medias. No, no se trataba de un colegio de izquierdistas, ni mucho menos. No en vano, el maestro que la impartía -de grato recuerdo-, a los pocos años fue candidato a algún cargo en las filas de UCD.

La tercera advertencia que me vino a la mente regresa al manido término de “adoctrinamiento”. Bien que lo siento, porque mi concepción de la educación tiene poco que ver con la transmisión acrítica de doctrinas o ideologías, sino de una visión respetuosa, pero razonada, de la convivencia; eso incluso en lo que en apariencia podría ser el ámbito más propicio para doctrinarismos: el de la religión, porque hasta en ella debe tener espacio el raciocinio, por mucho que en su centro esté el núcleo duro de la fe. Pues bien, iba a decir que se habla poco de un curioso efecto paradójico de muchos adoctrinamientos: a la vista está que el mayor criadero de ateos y agnósticos ha sido en España la escuela católica y que el mayor semillero de demócratas fue precisamente esa misma escuela franquista, en la que ni el profesor se creía lo que le hacían explicar para formar nuestro “espíritu nacional” y lo dejaba en un dictado de consejos razonables para la buena ciudadanía.

Pero aún hay más, ya que hablamos de “efectos rebote”. Esa escuela, nada extremista, en que estudiábamos todo en castellano y escribíamos sólo en esa misma lengua, fue el mayor vivero de independentistas. Sí; como se dice en los viejos cuentos mallorquines: “Ho puc dic perque ho vaig veure -lo puedo decir porque lo vi-”. No se crean del todo lo que algunos les cuentan sobre los efectos terribles del “adoctrinamiento de las escuelas catalanistas”. No hay más que ver las famosas imágenes del 1-O para entender que muchos de quienes querían ejercer su pretendido derecho a decidir eran bastante más que cincuentones.

En definitiva, lo que quiero decir es que las cosas no suelen ser tan sencillas como nos quieren hacer creer los políticos de turno, y que lo que no debería ser admisible es sustituir ciertos “adoctrinamientos” por otros, que luego no se sabe adónde los lleva el viento.