Domingo, 24 de junio de 2018

Autobiografía no autorizada de la Semana Santa salmantina (III)

 

Insisto: si decís que “es Semana Santa todo el año” necesitamos una conversación seria. Os entiendo cuando empleáis la fórmula como el antagonismo de esa vivencia, poco más que instantánea, de los que reducen su vida cofrade a las tres, o cuatro, o cinco horas de desfile anual, pero no os comprendo cuando de verdad parecéis creerlo. Soy Semana. De las de siete días, aunque procesionalmente me den un complemento de dos más, y desde este año hasta un tercero. Si decidís llamarme Pascua, acepto que tengo octava, cincuentena e incluso un Día Santo en cada domingo, pero reconocedme que debo ser distinta a las otras cincuenta y una semanas del año.

 

¿No lo notáis en este tiempo de Cuaresma? Se multiplican los actos, a veces preparatorios de la Pascua y otras no tanto. Me llama la atención la proliferación de vía crucis por las calles con algunas de las imágenes que luego van a salir en los días santos. ¿No restan un poco de valor a la procesión? Seguro que para varias personas son una ayuda, pero me atrevo a pedir una reflexión al respecto. Será que me cuesta asimilar que hay quien sólo se plantee participar en su cofradía cuando hay unas andas que mover. Si al menos fueran convocatorias muy arropadas…, pero no es el caso.

 

También es Semana Santa todo el año en las redes sociales. No es que las cofradías anuncien sus actividades, que resulta muy positivo, sino que los cofrades, o para ser más exacto los “semanasantadictos”, derivación enfermiza del “semanasantero”, copan sus muros de facebook con rostros, manos y pies de cristos dolientes que parecieran a punto de salir por la pantalla del ordenador cual puerta de la iglesia, ya sea junio, agosto o noviembre. Que admiro, fomento y ensalzo la devoción, pero moderada y medida es aún más admirable.

 

Y es Semana Santa todo el año si todo el año se está dando vueltas al cambio de itinerario, al manto de la Virgen, a los nuevos candelabros, al estandarte restaurado y al jefe de paso que hay que elegir. Que habrá que pensar en ello, no digo que no. Pero sin descuidar lo más esencial, que puede estar también en asuntos muy materiales y meramente organizativos, en los que se demuestran las prioridades: ¿no sería posible que algunos actos compartidos se sintieran como propios por parte de todos y no tuvieran que convivir con otros particulares, por ejemplo el Vía Crucis de la Junta de Semana Santa del primer sábado de Cuaresma, tan poco concurrido, tan poco diocesano?, ¿no sería lo ideal que ese día “la Semana Santa” (así me llaman algunos), las cofradías de la Semana Santa, ejercieran de anfitrionas y acogieran a toda la comunidad católica de la ciudad presidido el encuentro por el obispo en la Catedral?

 

En fin, que como durante más de cinco siglos he sido Semana Santa una semana al año ahora no me acostumbro a serlo todas las semanas. Necesito sosiego, silencio y serenidad. Un descanso. Una estación. Una parada antes de subir la Compañía, o Tentenecio, o Palominos. Preciso coger fuerzas, que esto de ir contracorriente es fatigoso, y más cuando varios de los compañeros de camino no terminan de tener claro que la senda segura, el recorrido indicado en los programas, lo va marcando la cruz.

 

En la imagen, escena de la Coronación de espinas – frontal de altar de la Capilla de la Vera Cruz, Salamanca